Caminar a la escuela con 15 grados bajo cero, abrir las puertas, recibir a los alumnos cubiertos de nieve, izar la bandera y entrar al aula para dar clases. Así comenzaban los días de Blancanieves Torrecilla, una docente rionegrina —que junto con su pareja y profesor de música, Christian Rodriguez— afrontó, durante el 2002, el desafío de enseñar en la única escuela en la Antártida.

Blancanieves, quien hizo honor a su nombre, vive desde hace casi 20 años en Tierra del Fuego y en 2001, a los 36 años de edad, decidió junto con Christian vivir una experiencia única: enseñar en la Escuela Nº 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín (ex Presidente Julio Argentino Roca), instalada en la Base Esperanza, Antártida. Participaron de un concurso organizado por la Secretaría de Educación de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, que todos los años propone llevar a una pareja de docentes al continente antártico. Resultaron ganadores y viajaron con sus cuatro hijos, una guitarra y los juguetes de los chicos, que en ese entonces tenían entre 2 y 13 años de edad.

 

Alumnos abanderados en la escuela Nº 38 en Base Esperanza (2002)
Alumnos abanderados en la escuela Nº 38 en Base Esperanza (2002)

 «Es difícil explicar lo que se siente al pisar suelo antártico junto a tu familia para cumplir la hermosa misión de enseñar. El blanco profundo de la nieve y el hielo te convocan a la emoción de saber que pocos maestros pueden acceder a esa experiencia y estás dispuesta a disfrutarla al máximo por vos y por todos los que de una u otra manera te acompañan en ese desafío», explicó la docente.

Durante el transcurso de un año, la pareja de docentes se organizó para enseñar las distintas materias a más de 20 estudiantes de nivel inicial, primario y secundario. «Durante la mañana, Christian se hacía cargo de Ciencias Naturales y Sociales, y yo me hacía cargo de Lengua y Matemática. En el turno tarde, entre los dos enseñábamos Educación Física, Plástica, Artesanías, Música, Tecnología e Inglés», detalló Blancanieves. Cabe destacar que la docente contó con la ayuda de «dos mamás que colaboraban con el aprendizaje de los chicos de preescolar y los adolescentes del secundario». Estos últimos se formaban bajo la modalidad a distancia.

La escuela como generadora de actividad social

A diferencia de otras escuelas del país, la Escuela Nº 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín —que depende del Ministerio de Educación de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur— abre sus puertas los fines de semana para brindar talleres de música y salidas recreativas destinadas a los alumnos y sus padres. La escuela es un verdadero centro social y educativo que se enmarca en una «comunidad aislada ya que es la única institución con la que cuenta la gente que vive en la Base Esperanza, no solo para aprender, sino para socializar».

Alumnos juegan en la única escuela de la Antártida (2002)
Alumnos juegan en la única escuela de la Antártida (2002)

Desde la Antártida hasta Alaska con las TIC

Asimismo, Blancanieves resaltó cómo la utilización de internet «contribuye a reducir el sentimiento de soledad y aislamiento en los niños y adolescentes ya que ayuda a mantener vínculos afectivos y permite hacer nuevas amistades». El acceso a internet en la escuela abrió muchas puertas y les permitió realizar trabajos pedagógicos en conjunto con escuelas de distintas provincias argentinas y de España, FranciaMéxico e incluso Alaska.

Uno de estos trabajos se llamó «De Polo a Polo» y fue realizado junto con una escuela de Alaska. De esta manera, los alumnos compartieron actividades educativas sobre el medio ambiente. «Estar conectado con el otro, compartir y aprender a pesar de las distancias geográficas rompe las barreras naturales», explicó Torrecilla.

 «La experiencia de haber ido a trabajar a la Antártida es difícil de explicar. Solo los pocos maestros que fuimos sabemos lo que se siente al arriar la bandera el último día de clases con la alegría del deber cumplido, la tristeza de la despedida y las lágrimas retenidas al dejar ese paraíso», concluyó Blancanieves.