Mónica Jurjevcic
Mónica Jurjevcic

—¿Qué fue lo que la motivó a utilizar las nuevas tecnologías en el aula para enseñar literatura?
Mónica Jurjevcic: —Este proyecto surge a partir de la cursada de un Postítulo de Especialización en Literatura Infantil y Juvenil dictado por el Cepa, donde se problematizan distintas cuestiones acerca de la literatura. A partir de estas nuevas inquietudes, del estudio de la relación entre soporte textual-texto-lector, aparece la idea de trabajar con las nuevas tecnologías. Trabajar para aprovechar ese caudal de experiencia que traen los chicos acerca del tema (del cual yo me transformé en receptora) y para confirmar que, lejos de aparecer como prácticas antinómicas, los procesos cognitivos que favorece el uso de las TICs no son distintos de los que favorece la práctica de la literatura. Las inquietudes que generó la cursada de este postítulo –por demás rico en contenido– en la forma de interpelar la propia práctica, dieron como resultado este proyecto donde se aúnan mi propio gusto por la literatura y por las nuevas tecnologías.

—¿Cuál fue el desafío ante la frase hecha “los adolescentes no leen”?

—El desafío era comprobar que, efectivamente, esa es una frase hecha. Habría que problematizar qué se entiende por leer, en un sentido más amplio del que comúnmente se utiliza. Los chicos leen textos literarios, y leen también otros tipos de textos y manejan una pluralidad de soportes que nos supera. Tranquilamente los adolescentes pueden pararse en la vereda de enfrente y decir acerca de muchos adultos que “no leen”, sólo porque no comparten los espacios y los soportes de lectura que ellos privilegian: las páginas web, el chat, las revistas, los CD ROM, etcétera.

—Trabajó con alumnos de diferentes edades. ¿La apropiación de las nuevas tecnologías variaba según la edad?

—No, en general, no. No cambia la cantidad de conocimientos de los cuales ellos se apropian (hablamos de aquello a lo que se acercan fuera del aprendizaje formal de la asignatura Computación), sino la finalidad. A los más chicos se los nota enganchados con los juegos de rol; los de segundo y tercero priorizan el chat; los más grandes, suman la búsqueda de información para la escuela, etc., pero no hay reglas generales al respecto.

—¿Cuál fue la respuesta de los alumnos? ¿Hubo resistencias a utilizar las herramientas tecnológicas?

—No, no hubo resistencia pero sí cierta sorpresa porque esas herramientas se usaran en la escuela. Creo que muchos no lo vivieron como una situación de aprendizaje porque no tenía el carácter formal que ellos asignan a esas situaciones: pareciera que una actividad carente de la seriedad de una clase tradicional no sirve para aprender. Sin embargo, el chat y el intercambio de correspondencia con escritores, la construcción de hipertextos, la escritura en los foros, fueron ricas como situaciones de aprendizaje, pese a que muchos de los chicos, creo, no lo percibieron así.

—¿Cómo se hace para modificar la idea de que internet no es un nuevo enemigo de la lectura?
—Los que sostienen esa idea no hacen más que demostrar desconocimiento e ignorancia acerca de la Web: es el reino de la palabra escrita, es imposible no leer. Al contrario, creo que revitaliza esa acción ya que exige la utilización de otros procesos: la revalidación de la información, la lectura múltiple, el manejo de distintos formatos textuales, etcétera. Representa un estadio nuevo en el proceso de alfabetización. La estrategia contra los que padecen tecnofobia debería ser la creación de situaciones de aprendizaje, de redes de formación docente, la difusión de trabajos con la integración de internet. No basta usar la red para obtener información sobre algún tema: ese es el uso más popular pero también el menos rico entre todo lo que se puede hacer con internet. No disfrazar la pereza de tecnofobia es el primer paso; capacitarse, el segundo; pensar estrategias para que internet se transforme en un soporte que dé lugar a nuevos contenidos y nuevas formas de adquirirlos, el tercero y fundamental.

—Se habló mucho sobre cómo sobrevivirá el libro tradicional frente al advenimiento y la penetración cada vez mayor de los libros digitales y la cultura digital. Esto responde a una visión apocalíptica de que todo medio nuevo reemplazará al anterior. Tenemos pruebas suficientes de que no es así: seguimos admirando fotografías, yendo al teatro, al cine y viendo TV sin que ningún medio haya reemplazado al anterior.¿Cómo se dio en los alumnos la convivencia de la lectura tradicional con la lectura en pantalla? ¿Se incentivó de algún modo la lectura tradicional?
—En el caso de Imágenes de papel, lo que traté de hacer es legitimar todo lo que los chicos saben acerca de la cultura digital, jerarquizarlo y ponerlo en función de la tradicional práctica literaria. En algún momento del proyecto me di cuenta de que los chicos leían para participar en los foros: cuanto más leían, más participaban. Una cosa incentivaba a la otra. El foro era el lugar para dejar la opinión, pero para dejar la opinión o polemizar con otro era importante, primero, leer, hacerse de algún libro de la biblioteca del aula y, con ese material, llegar a los foros. Entonces, se dinamizó la lectura en el aula, tal vez porque se vio presentada desde otro modo, y se dinamizó la escritura. Un poco por desconocimiento acerca del uso de los foros, otro poco por la ansiedad de poner cada uno lo que pensaba, no hubo tanta lectura de los mensajes del otro, pero sí producción escrita. Además, el uso de internet permitió el acceso a otros espacios. Por ejemplo: nos enteramos por mail del relanzamiento de un libro del escritor Luis María Pescetti, reenviamos la información, dos alumnas fueron al espectáculo, quedaron encantadas con la presentación, le pidieron el mail al escritor, le pasaron el mío. Finalmente, él se comunicó vía mail con las alumnas, conmigo, difundió Imágenes de papel y ellas compraron tres libros más del escritor. De un modo u otro, el uso de internet dinamiza esa práctica, ya sea porque te conecta con otros actores (escritores, lectores, editores, etc.) o porque te permite hablar, escribir acerca de lo que leíste. Además, se incentiva la calidad de lectura. El trabajo con hipertextos ayuda a leer de otro modo, descentrado, particular, creativo. Ese es, creo, el mayor aporte que hace internet a la lectura.

—¿Se generaron vínculos reales entre los participantes de los foros y en la comunidad virtual? ¿Dinamizó el encuentro presencial la utilización de estas herramientas virtuales?
—Entre los chicos, como la circulación de mails fue mucho más amplia que hasta el momento, creció mucho el correo y, con él, una práctica que muchos creían abandonada: escribir cartas. Particularmente, creo que el grupo dinamizó el tema del comentario de lecturas y eso a los chicos les gustó. De algún modo significó la legitimación de la palabra propia, de la propia interpretación, y eso profundizó el vínculo en el aula. Lo que me gustó mucho es que, como tenían mi dirección de correo, me incluyeron en sus listas de forward. Esos correos para mí resultaron un material muy rico. Es como si te abrieran la puerta de sus intereses, de sus gustos, de sus preocupaciones: te mandan desde chistes hasta campañas contra el aborto, sin olvidar el siempre anunciado y ficticio cierre de hotmail. Te da la oportunidad de mirar esa cultura adolescente sin invadir.

—Si bien la enseñanza de literatura, lectura, comprensión son temas que se ven en los soportes digitales, ¿Ud. cree que la utilización de las TIC puede aplicarse a otras materias: matemáticas, ciencias, etc.?

—Estoy segura, pero no sólo por lo que pueden aportar de atractivo en cuanto a la presentación de los materiales (los emuladores, los CD ROM, las enciclopedias multimedia, etc.) sino porque los procesos cognitivos que generan las TICs, las nuevas formas de conocer, son una herramienta fundamental para cualquier disciplina. Ahí deberán jugar un papel importante los profesionales en ciencias de la educación, los psicopedagogos, etc., para tratar de profundizar y difundir una nueva didáctica que incluya los beneficios de las TIC, repito, no sólo como herramientas atrayentes sino como portadores de nuevas formas de conocer.

—¿Su rol de docente frente al aula varió con la inclusión de las nuevas tecnologías? ¿Apareció la idea de mediar entre los conocimientos que cada alumno aportaba? Esto del conocimiento compartido, que se facilita con la herramienta informática, ¿no debería tenerse en cuenta en la escuela y cambiar la idea de que el profesor es quien ostenta el saber y los alumnos son tablas vacías que reciben ese saber? ¿Ayudan las nuevas tecnologías a esto?
—Sí, claro que se modificó, porque yo me acerqué a las nuevas tecnologías por curiosidad, por placer, recorriendo el mismo camino que muchos de ellos. Entonces, en cantidad de oportunidades los chicos tomaron decisiones importantes: usar determinado programa, abrir una cuenta de correo en determinado espacio, usar una grabadora de sonido para una actividad, etc. Yo estaba tan lejos, o tan cerca, del “saber” como ellos. Creo que es una oportunidad única que se nos ofrece a los docentes, la del descentramiento, la de aprender con nuestros alumnos. Hablo de una oportunidad histórica que no podemos dejar pasar. Aprender con ellos, con otros alumnos y profesores de otras escuelas. Para muchos docentes es difícil delegar el control de la clase, resignar el papel central tradicional.
Es, básicamente, una cuestión de poder, de quién lo detenta, quién lo usa. Pero hay que animarse a la experiencia, por caótica que pueda parecer. Yo tengo un ejemplo claro en el chat con María Teresa Andruetto: ella es una escritora cordobesa que vive en las sierras, no tiene internet en su casa y jamás había chateado. Le propuse hacerlo, bajó a un locutorio a la capital, los chicos le enviaron un instructivo para usar un programa de chat y ella se animó al aprendizaje. El encuentro fue positivo para todos, para los adultos que participamos de la experiencia y para los chicos que, en esa situación, la tenían “muy clara”. Al finalizar el chat, guardé la conversación con la escritora y me quedó un documento a modo de registro de la experiencia, similar a esos registros de clase que se usan tanto en pedagogía, con la diferencia de que este era más fiel porque estaba cargado con todos los “ruidos” (desvíos, bromas, ironías) que los chicos hicieron y que no serían tolerados en una clase “ideal”. Pero es ahí donde está la riqueza de la experiencia: poder mirar ese des-control, esa ausencia de censura sobre la interpretación de los libros que aparece en los foros, esos desvíos en la conversación, etc. Hay otros recorridos, no unidireccionales, sino múltiples, enriquecidos en significaciones.
Las TICs, entonces, ayudan a esto, a propiciar otras formas de relacionarse, de posicionarse como docentes y como alumnos.

—En cuanto a los demás docentes, ¿encontró resistencias a su proyecto? ¿Cuántos de sus colegas utilizan o se han apropiado de las nuevas tecnologías para la enseñanza?
—No encontré resistencia al proyecto, al contrario, debo agradecer a los directivos de la escuela María Ana Mogas (que me dejaron realizar la experiencia), a los docentes del Postítulo que dictó el Cepa (porque fueron el motor para repensar formas de dinamizar la práctica de la lectura) y a la profesora de computación de la escuela, Claudia Sánchez, quien siempre se muestra abierta a realizar actividades en el laboratorio que favorezcan la interdisciplinariedad.
La única resistencia que yo encuentro para este tipo de proyectos tiene que ver con los espacios y los tiempos: en la mayoría de las escuelas las computadoras se encuentran apartadas de las aulas, en un laboratorio especial. Esa situación de aislamiento respecto del aula que ocupa habitualmente el grupo no favorece la inclusión de actividades con las PC. Primero porque, en general, el laboratorio está ocupado por algún curso en sus horas de computación, con el aprendizaje de los contenidos curriculares correspondientes a esa asignatura. Además, se debe desplazar a los grupos, reservar el horario del laboratorio con anterioridad, etcétera.
Creo que la inclusión sería mucho más productiva si las PC estuvieran integradas a las aulas, tal vez no en la misma cantidad, pero sí dos o tres por aula, para que los chicos puedan usarlas en las horas libres, consultar material en internet en el horario de cualquier asignatura, dar rienda suelta a esos otros contenidos no curriculares que ellos manejan, revisar el correo, etc. Sé que esto trae aparejada una gran inversión, pero creo que vale la pena gestionar esos espacios, pedir a empresas de hardware, a fundaciones, etc., conscientes de que la oportunidad que les estamos dando a nuestros alumnos de acercarse a las nuevas tecnologías no responde a un espíritu “progre”, “primermundista” sino que se relaciona con la justicia: dar las herramientas para la inserción en un mundo laboral cada vez más restringido.
La integración de las PC al aula favorecería también el acercamiento de otros docentes, que no cuentan con estas herramientas en la casa. Muchos de los docentes que conozco utilizan asiduamente el correo electrónico, navegan en búsqueda de información y recomiendan páginas a sus alumnos, participan de cursos de capacitación virtuales, etc. Es decir, han adoptado las TICs, pero, al momento de realizar proyectos en la escuela, chocan con las barreras de tiempo y espacio que mencioné antes.
Creo que la introducción de las nuevas tecnologías presenta tres desafíos importantes: animarse e entrar en un campo y teorizar en él acerca de las relaciones con la materia que cada uno dicta (en mi caso, fue a animarme a acercar conceptos relacionados con la lectura y la escritura en distintos soportes); gestionar nuevos espacios para trabajar con las TIC en las escuelas; fomentar el aprendizaje colaborativo: aprender con los chicos, con los docentes, con los otros...


Fecha: Enero de 2004