Es probable que Puig se llevara una sorpresa si viera el enorme cartel con su figura que da la bienvenida a su ciudad natal, General Villegas (provincia de Buenos aires). En los años treinta, el pequeño Coco —como lo llamaban— estaba agobiado por un paisaje de chatura extrema, un entorno hostil que asfixiaba sus deseos de expresión y libertad artística.

Su única escapatoria fue el cine: pasión contagiada de su madre, que despuntaba varias veces a la semana con una devoción religiosa. Allí, en ese universo de estrellas, fanfarria y terciopelo, Puig construyó una realidad a su medida, libre de presiones y cuestionamientos.

No pasó mucho tiempo hasta que empezó a soñar con sus propias películas. Luego de terminar los estudios en Buenos Aires, viajó a Roma —a la famosa Cinecittà— para formarse como realizador. Llegó a encargarse de la asistencia en algunas películas, pero pronto percibió que carecía de la autoridad para manejar a todo un equipo de producción y, en particular, a los actores. Y el puñado de guiones bocetados tampoco terminó de conformarlo.

…Hasta que, al fin, se decidió a volcar en una historia sus propias vivencias en el lejano Villegas. La complejidad y la extensión de ese guión primerizo terminó por transformarse en una novela: La traición de Rita Hayworth (1968). El éxito que logró con esa trama —de un niño y la búsqueda de proyectar su felicidad en pantalla grande— definió el rumbo por seguir. Conformó una obra literaria que se nutrió de la cultura popular para delinear un estilo tan innovador como irrepetible.

La vanguardia popular

El tono que Puig esbozó en La traición… cobró mayor fuerza en su siguiente novela, Boquitas pintadas (1969). En el mismo escenario que en la anterior —un General Villegas apenas disimulado bajo el nombre de Coronel Vallejos—, se cuenta una oscura trama de secretos, traiciones y asesinatos que esconde una sociedad tradicionalista de la década del treinta.

Puig volvió a narrar la fábula de «pueblo chico, infierno grande», mediante conversaciones telefónicas, cartas de amor, recortes de revistas y partes médicos, entre otras piezas alejadas de la literatura tradicional. Este collage de recursos le aporta a la narración un matiz experimental que la ubicó a la par de las vanguardias artísticas de la época.




Sin embargo, el autor no se valió de las piezas de la cultura popular para criticarlas desde el lugar altanero del intelectual superado. Puig se apropió de este material y le imprimió una fuerte carga dramática, como la que puede hacer alguien que fue partícipe, oyente y lector de estos entretelones (como lo seremos luego nosotros de la propia novela).

Sus palabras son elocuentes: «Hice mi obra, creé mi estilo, con los desechos, con la basura que arrojaba la gente culta, con la sobra que dejaba la intelligentzia. Con el mal gusto que ellos despreciaban y pensaban inútil, armé mi discurso y le di peso a mi lenguaje». De esta forma, podríamos ubicar a Puig en una línea de escritores que construyen a partir de formas consideradas marginales, y que hoy se continúa con autores como Washington Cucurto (Cosa de negros, El curandero del amor), Leonardo Oyola (Santería, Kryptonita) y Gabriela Cabezón Cámara (La virgen cabeza, Le viste la cara a Dios), entre otros.

En Villegas, la alta sociedad local exclamó a coro su repudio hacia la novela. Puig utilizó como referencia muchos lugares y personajes reales del lugar y pocos de ellos llegan al final del libro con su moral intacta. A esto se le sumó la incomprensión, por parte de algunos sectores la crítica, de su particular forma de narrar. Lentamente fue creciendo a su alrededor el rumor de escritor maldito.

De vuelta al cine

En 1973, el director Leopoldo Torre Nilson dirigió la versión cinematográfica de Boquitas Pintadas, con un notable elenco que incluyó a Alfredo Alcón, Marta González, Luisina Brando, Leonor Manso y Raúl Lavié.


Tapa de libro «The Buenos Aires affair»
Aunque la historia mantiene la trama original, la experimentación propuesta en la novela por Puig —que también colaboró en el guion del film— está apenas sugerida. Parece así poner de manifiesto que su estilo tantas veces calificado de «cinematográfico» no se trasladó a ese mismo terreno con la facilidad que uno intuye a simple ojeada. El propio Puig declaró la dificultad que encontró para escribir las adaptaciones.

Boquitas… se estrenó en todo el país, menos en la conservadora Villegas, donde sin medias tintas se prohibió su exhibición. Esto generó, por supuesto, largas caravanas de vecinos de General Villegas hacia los pueblos vecinos, para saber qué y cómo se había hablado de ellos.

El rechazo y las persecuciones al autor estuvieron lejos de concluir. Su siguiente novela, The Buenos Aires Affair (1973), cayó víctima de la censura por considerarse pornográfica.

Puig se exilió en México y allí escribió otra de sus grandes obras: El beso de la mujer araña (1976). La conmovedora historia de los reclusos Molina y Valentín llegó primero a su amado Hollywood, de la mano del director Héctor Babenco y de los actores William Hurt y Raul Juliá. Luego llegó en forma de musical a Broadway (Manhattan, Nueva York). Y de allí, a todo el mundo.


En 1978, Puig se mudó a EE. UU., donde escribió Pubis angelical (también llevada al cine, de la mano de Raúl de la Torre). Luego se instaló en Brasil y finalizó sus últimas obras: Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980), Sangre de amor correspondido (1982), Cae la noche tropical (1988) y varias piezas teatrales. Tras una nueva mudanza a México, la muerte lo sorprendió en 1990, a los 58 años.

Manuel Puig es, sin dudas, un autor clave para entender la literatura de la segunda mitad del siglo XX. En su narrativa conviven, en inédita armonía, la vanguardia con lo popular. Y la profunda sensibilidad de los personajes vuelve irresistible su lectura. Como todo gran artista, supo cumplir con su tarea: encontrar en lugares recónditos, en personajes marginados, en oscuros rincones del alma humana una nueva y singular forma de la belleza.

Firma de Manuel Puig

La vida como una película

Una de las grandes pasiones de Puig fue el cine. Y de considerar algún tipo de homenaje, el lenguaje audiovisual dice «presente». A través de una cámara de video, con una cámara de fotos, un teléfono celular —o incluso de la webcam de la netbook— podemos filmar e interpretar alguna de sus obras. Desde nuestro punto de vista, dejando nuestra huella...

En caso de tener un dispositivo móvil, como tabletas o teléfonos inteligentes (smartphones), podemos descargar y utilizar aplicaciones gratuitas para Android como Videocam illusion o Vintage camera (que permiten filmar e integrar distintos tipos de efectos, etc.). 

También se pueden editar los videos con programas como Movie Maker (Windows) u Open Shot (Huayra). Y para publicar y compartir nuestras producciones con el resto del mundo, nada mejor que redes sociales y plataformas como YouTube o Vimeo.

Boquitas pintadas es, tal vez, la novela más famosa de Manuel Puig. El homenaje de educ.ar a través de un video artístico en stop motion.