Una primera aproximación a su obra nos muestra que tanto sus cartas y sus estudios críticos como sus diarios y sus poemas atestiguan una apasionada obsesión por la palabra, es decir, una reflexión incesante acerca de las posibilidades y los límites del lenguaje. En esta indagación, fue maestra por su audacia y porque supo arrancar del castellano una entonación desconocida, en la que se perciben lo intenso, lo violento, lo profundo, lo sutil entrelazados de una manera difícilmente imitable:

Explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome La rebelión consiste en contemplar una rosa / hasta pulverizarse los ojos ¿Qué diría el mundo / si dios lo hubiera abandonado así?

Alejandra Pizarnik

Estos ejemplos muestran que la precisión de Alejandra Pizarnik para dar con la inflexión única de cada palabra en el poema no impedía que una especie de electricidad negra se propagara a través de esa rara exactitud. Estos poemas hablan de la extrañeza de ser en el mundo y lo dicen de un modo conciso; no son verbalmente “placenteros”, sino que aparecen como chispazos memorables que alumbran una angustia experimentada con auténtica lucidez y una indiscutible eficacia verbal. Es ese impacto central es el que alcanza a los lectores y escritores jóvenes, que llegan a decir que se sienten secuestrados por ella.

“Heredé de mis antepasados las ansias de huir. Dicen que mi sangre es europea. Yo siento que cada glóbulo procede de un punto distinto. De cada nación, de cada provincia, de cada isla, accidente, archipiélago, oasis. De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen.” 

Temas centrales que recorren su vida y su obra

Su poesía y su existencia atestiguan permanentemente el sentimiento de la inadecuación del lenguaje para expresar al mundo, y la inadecuación del mundo con respecto a nuestros deseos más profundos. En esto se aparta de la tradición de la poesía de lengua española, que no suele internarse con tanta tenacidad, verdad e intensidad en estas zonas de la experiencia. Ella es un testigo trágico e insobornable de este sentimiento, y lo expresa con una fuerza extraordinaria. Es decir que hay en ella por un lado cierta desconfianza central en el lenguaje y por otro, paradójicamente, una excepcional maestría en el lenguaje poético con el que denuncia esta falla central de las palabras para decir realmente lo que nos pasa: "Sospecho que lo esencial es indecible".

Dibujo de Alejandra Pizarnik
De este sentir trágico deriva el miedo: miedo a no ser de este mundo, a no saber qué hacer con ese no ser de este mundo y asimismo miedo a la locura, miedo a envejecer. Pero según la advertencia de Rilke: “Hice algo contra el miedo –escribí con él”, Pizarnik fue muy tenaz en su vocación y valiente en su sufrimiento; se interrogó hasta el final y hasta las más extremas consecuencias acerca del sentido de su escritura, de lo que su compromiso con la poesía significaba: “Ayúdame a no pedir ayuda”. Y sobre todo siguió escribiendo hasta sus últimos días.

Otro rasgo –en general poco explorado– es su generosidad con otros escritores, en cuanto a datos, referencias, informaciones, pero aun más, y lo que es mucho más raro, generosidad en la disponibilidad a la escucha- a la escucha profunda. En general los grandes poetas están plenos de la escucha fundamental, que es la escucha del propio lenguaje. Pero Alejandra escuchaba también a los otros de una manera muy reveladora, como lo hacen los buenos terapeutas.

En su escritura –sobre todo en su correspondencia, sus entrevistas y sus artículos críticos– ella traza a su manera mapas en los que interconecta lecturas y experiencias: es capaz de tramar un tapiz verbal excepcional intercalando citas de poetas como Amelia Biagioni, filósofos como Soren Kierkegaard, y el Evangelio. Como Kafka o como Vallejo, ella escribe desde los huesos, porque más allá del sufrimiento, escribe de lo esencial con lo esencial. En su última obra, El infierno musical y Extracción de la piedra de locura es donde llega a lo máximo de su capacidad expresiva –es decir, a una cercanía con lo infernal raramente superable en lengua española.




Su capacidad crítica

Si bien ha existido a veces la tentación de convertirla en objeto de culto o en un mito, es necesario apreciar la figura de Alejandra en toda su complejidad. En ella, el sello de lo trágico es patente y central, pero también el humor, la preservación de la infancia, la reflexión sobre la música, la pintura y el silencio, la mirada crítica sobre la tradición literaria, el ejercicio lúcido de la irreverencia. Así que estas dos pautas tienen que conducirnos cuando nos aproximamos a ella: no se trata solamente de una poeta de la tragedia, de la muerte y del suicidio, sino también de una persona extraordinariamente lúcida, excepcionalmente crítica y con una visión sumamente matizada y rica del mundo.

En realidad, es muy difícil establecer una ubicación concreta para Alejandra Pizarnik, porque ella aparece como un meteoro solitario en la poesía argentina. Sus escritores predilectos son Michaux, Lautréamont, Bataille, en su mayoría franceses que representaban el surrealismo, y sus seguidores en la Argentina, como Enrique Molina u Olga Orozco, de quien era gran amiga. Y también los románticos y los neorrománticos (Nerval, Hölderlin, Rilke), que estuvieron asimismo presentes con su influencia en la literatura argentina de los años cuarenta hasta los sesenta.

Collage

Pero el arte de la interpretación de Alejandra es muy personal: no es una lectura literaria, sino una indagación acerca de qué dicen todos estos autores sobre la muerte, sobre la infancia, sobre el sueño. Nunca se asimila totalmente a ninguna corriente literaria: ella trabajaba también sobre textos que estaban muy distantes de la atención de los grupos literarios de su época. Por ejemplo, transcribía muy hermosos poemas quechuas y poemas mayas que había recogido Miguel Ángel Asturias, una poesía indígena hermosísima, que en general no se conoce porque se buscan más bien los prestigios literarios que vienen de Europa o Estados Unidos. Se alimentaba de las canciones de Édith Piaf, de los tangos de Discépolo, de la Biblia, del Talmud; conocía las poesías galaico-portuguesas del siglo XIV, las famosas cantigas. Es decir que el espectro de Alejandra en cuanto a lecturas y fuentes era inmenso, y no se encerraba en las modas del momento. Ella navegaba por la literatura en su totalidad y todo era material para su poesía. Con su memoria y su atención prodigiosa, podía engarzar todo esto en su propia poética.

Alejandra Pizarnik - primer planoNo hay que olvidar que la profundidad de Alejandra, su extraordinario don de lectura y de crítica fulminante, provenían de una gran exigencia y concentración interior. Era sorprendente en su manera de descubrir verdades obvias pero escondidas en cuanto al lenguaje, a la literatura y al canon de recepción de autores clásicos o marginales. Podía descifrar en un segundo lo ridículo en un escritor consagrado así como advertir la sorprendente profundidad de una paradoja volcada en una copla popular: estaba inmersa permanentemente en la matriz de la lengua y su libertad de percepción le permitía un juego constante de alusiones y entrecruces reveladores que serían normalmente ignorados por los más advertidos.

“Entre otras cosas escribo para que no suceda lo que temo, pera que lo que me hiere no sea, para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es un gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implica exorcizar, conjurar, y además reparar. Escribir un poema es rearar la herida fundamental, desgarradora. Porque todos estamos heridos.”

Lo que decía parecía tan absolutamente sensato, que ocultaba la originalidad de su mirada: tenía el don del adjetivo infalible y la mirada agresivamente fresca, como lo revelan sus estudios sobre Silvina Ocampo, Octavio Paz o Julio Cortázar –entre muchos otros. Sus escritos críticos deberían ser un modelo para quienes hoy aprenden o enseñan literatura, porque son un antídoto eficaz contra la jerga académica impenetrable que muchas veces impide el acceso a los textos que más pueden interesarnos.



Ubicación en su tiempo

Alejandra encarnó a fondo y hasta el final una época de gran vitalidad, la de los años sesenta, que fue rica en debates culturales, políticos y poéticos de gran calibre. Es raro en nuestros tiempos encontrar una conciencia como la suya, tan persuadida del contacto de la belleza con lo tenebroso, no como una moda literaria sino como una propiedad de la vida misma.

Alejandra Pizarnik Pero su obra más desafiante coincide con un período sombrío para el país, cuando comienzan a recortarse las libertades, no sólo literarias sino políticas y vitales. Aquellos que ella llamaba “los funestos, los dueños del silencio” dispusieron, con la irradiación siniestra de sus poderes de intimidación, el silencio o el silenciamiento de la voz de Pizarnik después de su muerte. Procuraban acallar el escándalo que se encarnaba en una mujer de pequeña clase media, judía, que había ejercido una gran libertad en sus decisiones personales, rindiendo poco o ningún tributo a las convenciones mundanales y cuyos poderes de seducción e inspiración se fundamentaron siempre, ante todo, en su propia, solitaria y fascinante palabra poética. El silenciamiento fue efectivo: desde la muerte de Pizarnik en 1972 a la edición de su primero –y único– libro de escritos póstumos en la Argentina, Textos de Sombra, editados por Orozco y Becciú y publicados en 1982, corren 10 años, mediados en parte por la sombra de la dictadura y su censura. Y aun cuando una nutrida crítica, en general muy positiva, acompañó su trayecto en vida, no parece casual que, en la Argentina, los artículos más numerosos se publiquen solo luego del cese del gobierno militar: es a partir de los mediados de los ochenta que comienzan a nuclearse en nuestro país los escritos en torno a Pizarnik, cuando su nombre comienza a crecer indeteniblemente.

Situación dentro de la literatura argentina

Alejandra no vino a ubicarse dentro de la poesía argentina sino a desubicarla, y no sólo a la poesía argentina, sino también a la poesía contemporánea. Por eso resulta imposible tratar de darle un lugar, ya que su lugar de elección es un no-lugar, un “no va más” en la palabra poética. Ella dice: “cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”; “si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?”, y con eso denuncia la debilidad central de todo intento poético. O si no: “la lengua es un órgano de conocimiento/ del fracaso de todo poema”. Esto es lo que vuelve tan única la voz de Alejandra. Nadie se colocó en una actitud tan radical para pensar en las condiciones de realidad del poema, que también son, en su mundo, las condiciones de realidad de la vida. Quiso elegir la palabra como único imperio, y se encuentra con que el poder de la palabra consiste en desplazar a las cosas. Pero cuando de alguna manera a ella también acaban por faltarle las cosas, se produce el drama, la tragedia, la fisura: “Yo no quiero decir / yo quiero entrar”. Con esto podríamos ubicar de alguna manera el tipo de no-lugar donde ella se encuentra.



Ejemplar en el seguimiento tenaz de su vocación, resulta una guía imprescindible en su no concesión a lo trivial, su obstinación absoluta en insistir en el destino fundamental del poeta, que ella se formula como una lucha “cuerpo a cuerpo” con el poema. Así se pregunta: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.”

Algunas opiniones críticas

Alberto Manguel: “Su arte consistía en alcanzar el centro del poema bajo una compleja masa de pensamientos, imágenes, intuiciones, astillando el argumento hasta dar su denominador común esencial.” Era fiel a su lema: “Escribir es dar sentido al sufrimiento”. Una vez recitó ante mí una línea de Michaux: “El hombre, su ser esencial, no es más que un punto. Es ese punto el que la muerte devora”. Pero –agrega Manguel– muchas veces supo transformar en humor su sufrimiento.

Susan Haydu: “La obsesión central de Pizarnik fue el problema del lenguaje. “Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra”. Pero más adelante llega a pensar que solo puede trabajar con alusiones, con aproximaciones, pero no con palabras. Se puede expresar solo lo obvio, nunca lo esencial, que es, para ella, indecible. Es interesante notar que Borges dice que Lugones, que era esencialmente “verbal” –al igual que Pizarnik– se mató cuando comprendió –por fin– que la realidad es incomunicable y atroz. Algo semejante ocurre con Alejandra”.

Enrique Pezzoni: "... así como en su poesía las imágenes se constituyen unas a otras como si fuera perfilando una zona central que es la de lo no dicho y que adquiere valor como un hueco central, también en la vida de ella ocurría lo mismo; todas esas actitudes y expresiones fuera de tono iban enmascarando esa zona central de silencio. (...) Conocerla fue el coup de foudre; conservó todas sus características míticas porque estaba todo el tiempo jugando contigo, pero a la vez sabías que había una zona impenetrable, ¿verdad? (...) Su afinidad mayor con el surrealismo es aquella definición "la verdadera vida está en otra parte": ésa era la cosa central que funcionaba en la poesía y en el vivir de Alejandra."

Ivonne Bordelois: “...tanto en cartas como en poesía, Alejandra realiza una operación muy extraña en el español, lengua sólida, sonora y solar en su sustancia prima, que con ella se vuelve un idioma vacilante y nocturno, frágil y misterioso, lleno de acechanzas y vislumbres, mucho más sutil y profundo de lo que suele ser; tanteos y resistencias que ceden al paso de una voz única e irrepetible. Es por esto que, aún cuando mucho se la ha plagiado, lo que no puede plagiársele es la voz poética, que la señala como una poeta mayor de nuestro siglo”.