Marcelo Rudaeff
Marcelo Rudaeff

—En sus textos Ud. juega mucho en torno al humor y la tecnología. ¿Utiliza las nuevas tecnologías de la comunicación y la información para su rutina de trabajo diario? 

Rudy:—Utilizo mucho el e-mail, a veces para mi trabajo, para enviar notas o escribir libros vía mail con otros autores. La web prácticamente no la uso ni la visito, aunque alguna vez compré algún libro vía internet o consulté alguna página, pero es excepcional.
Justamente a veces juego en torno del humor y la tecnología, desde lo contradictorio de que haya tantos recursos y tantas personas excluidas de esos mismos recursos; o a veces, de que se quiera reemplazar lo artesanal por “lo tecnológico”, cuando en realidad lo mejor sería que fuesen complementarios, que “sumaran”.

—Su libro Neuróticos on line, en coautoría con Luis M. Pescetti, fue escrito por ambos vía correo electrónico. ¿Cómo fue la experiencia de escribir un libro on line?

—En realidad no fue escrito on line en el sentido del chateo, sino que cada uno escribía y le mandaba al otro el mensaje. Era un epistolario que, por supuesto, circulaba mucho más rápido que los antiguos intercambios de cartas, pero conserva el espíritu de aquellos. Yo estaba en Buenos Aires y Luis en México, y la distancia se respeta. La experiencia fue muy divertida; cada carta (mensaje) era un disparador de miles de ideas. Los dos teníamos alrededor de 40, uno casado en Buenos Aires, el otro, soltero en México, y hablábamos de los miedos, el colesterol, el psicoanálisis, las parejas, etcétera.

—Su libro Historias de la Argentina vuelca su humor sobre el pasado argentino, al mismo tiempo que respeta el rigor histórico de los acontecimientos y refleja la existencia de un exhaustivo trabajo previo de investigación sobre la historia argentina del siglo XX. Se ha basado en más de 45 fuentes distintas de entre las cuales se encuentran reconocidos historiadores como Eric Hobsbawm y Luis Alberto Romero, y periodistas como Tomás Eloy Martínez, entre otros. ¿Cuánto tiempo le tomó y en qué consistió, concretamente, esta etapa previa de estudio?

—La etapa no fue “previa”. Yo ya tenía una idea de lo que quería escribir, e iba leyendo, investigando y escribiendo a la vez. Lo que leía me disparaba preguntas, entonces las hacía. Me las respondían los mismos libros, los recuerdos, los testimonios, los medios (revistas de la época) o historiadores como Claudio Shpiguel (con quien tenía clases-charlas) e Ignacio Lewkowicz (participé en talleres coordinados por él). Yo iba notando absurdos, preguntaba, y de las respuestas sacaba conclusiones mucho más absurdas aún. Estudié y escribí este libro en unos 2 años y medio..., en realidad entre agregados y correcciones se hicieron casi 4 años.

—¿Le interesaría la posibilidad de que ese libro fuera utilizado como recurso didáctico para el estudio de la historia argentina en la escuela?

—Por supuesto. Me encantaría. Creo que puede ser una manera de preguntarse sobre la historia; las respuestas, eso sí, deberán darlas historiadores de verdad, yo no lo soy. Pero una buena respuesta me parece aquella que abre más preguntas, que no cierra los caminos.

—¿Considera al humor como un método para motivar a los estudiantes a sumergirse en los distintos temas de estudio?

—Puede serlo o no. No creo que las distintas personas se “motiven” de la misma manera. Pero se me ocurre que el humor, en tanto no responde sino pregunta, en tanto relaciona cosas que aparentemente no tienen nada que ver, en tanto te muestra lo que ya sabías pero de una manera que no conocías, en tanto te hace reír –o sea, algo que surge “desde adentro” como es la risa– puede conmover, puede estimular, puede provocarles a algunas personas las ganas de seguir preguntándose, por ejemplo, por la historia.
Y quizás a través de verla como absurdo, trate de encontrarle sentidos, y bueno, entonces, en esa búsqueda, se sumerja en esos temas por el placer, insisto, de encontrarle un sentido a los absurdos.

—Hace muy poco tiempo presentó su último libro Odiar es pertenecer y otros chistes para sobrevivir. ¿Cuál fue su objetivo al escribir este libro? 

—Este libro lo escribimos Eliahu Toker y yo. Es una recopilación del humor popular, y el de Toker, que hizo durante (y contra) el nazismo, a lo que luego sigue una antología de humor antiautoritario y antidiscriminatorio. O sea, desde lo más nefasto de la historia (el nazismo), un sistema tan terrible que ni siquiera puede ser catalogado junto con el resto de los sistemas asesinos (que los hubo, y nosotros mismos los conocemos), pasando por otros sistemas autoritarios que –sin matarte– te oprimían, y por personas que ejercen su autoritarismo sobre otras, sin ser gobierno (discriminación racial, étnica, etc.). 

El libro se llama Odiar es pertenecer..., porque partimos de la base de que el odio es a veces usado como manera de crear falsas mayorías. Como si alguien pudiera sentirse parte de algo al pertenecer al grupo de “los que odian a tales”, “los que no son judíos”, “los que no son negros”, “los que no son gallegos”, etcétera.
Nosotros recopilamos el humor que se hace como resistencia a esas ideas nefastas, hermanando a películas como El gran dictador (Chaplin), El tren de la vida (Radu Mihaileahu), que con humor muestran el absurdo de la opresión. (Hay otras películas como Ararat (Egoyan), En los brazos de extraños, etc., que muestran la opresión desde lo documental, desde el testimonio real). Creo que todos son recursos válidos para mostrar lo nefasto del nazismo, o del genocidio que sufrieron los armenios en 1915.
¿Por qué lo hicimos? Simplemente sentimos que queríamos y debíamos hacerlo, y lamentablemente la realidad (por ejemplo, el antisemitismo en Europa) le da al libro una actualidad no deseada por nosotros.


—¿Qué le aconsejaría hoy, luego de su larga trayectoria, a aquellos que están dando los primeros pasos en la profesión?

—Que se escuchen a sí mismos, y si escuchan que esto es lo que desean, que insistan más allá de los tropiezos y dificultades que toda carrera tiene. También que escuchen (lean, vean) lo hecho por sus colegas, pero que no traicionen nunca su propia mirada, su propia percepción, que es lo único que les puede dar identidad de humoristas.

Fecha: noviembre de 2003