—Tenés un perfil muy particular, con muchas áreas de interés, con trabajos en lo público, en lo privado... ¿Cómo fue tu formación?
Aquiles Esté: —Bueno, mi primera formación es en comunicación social, como la llaman en Venezuela, no sé como la llaman aquí. ¿Tiene el mismo nombre? Un nombre curioso, por cierto; nunca me sentí muy a gusto con ese término. Y estudié allí periodismo impreso y comunicación audiovisual, y también en esa época me gradué de músico: yo soy guitarrista clásico. Después viajé a Brasil a la Universidad Católica de San Pablo, al programa de Semiótica, y ahí hice la maestría y el doctorado en Semiótica, tanto en la Católica como en la Universidad de San Pablo. Allí estudié con una variedad de nombres que sólo conocía de libros, como Eco, los hermanos Campos, entre otros muy importantes para mí.
Y ya en esa época trabajaba en la escuela de diseño de Caracas, que se llamaba por entonces Instituto Neuman. Es una escuela muy famosa de diseño, de las primeritas por cierto de Latinoamérica. Se formó, para que te des una idea, en el 63; es decir, tenía bastante tradición y yo trabajaba en publicidad y en prensa para esa época, estamos hablando de los 80. De modo que cuando llegué a Brasil ya venía con esa mezcla teórica y también de la actividad comercial. Nunca he sido solamente una persona vinculada a la teoría de la comunicación, a la teoría de la información, sino que siempre he tenido la suerte de mantenerme en la industria de la comunicación.
Entonces de Brasil, del doctorado, regresé a Caracas y ahí tuve la suerte de dirigir un Instituto de Comunicación Visual –ya no lo llamamos diseño sino comunicación visual–; tuve la suerte de ser escogido como director, y ahí estuve seis años dirigiendo.Y de allí viajé como profesor invitado a la escuela de publicidad de la universidad de Nueva York. Estuve dos años dando clase en Nueva York, trabajando directamente con un gran amigo que acaba de morir, que es Neil Postman, y también como consultor en Nueva York. Trabajaba para una consultora especializada en diseño para medios de comunicación. Allá en Nueva York el diseño está muy segmentado –es un mercado muy maduro–, entonces esta era una empresa que sólo hacía diseño para medios de comunicación. Era un trabajo muy interesante porque me permitía mezclar las dos cosas, se hacía diseño para periódicos, diseño para Internet, sólo para medios de comunicación, no había nada de logotipos; fue una experiencia muy interesante.
Actualmente estoy de vuelta en Caracas y sigo trabajando en publicidad y en diseño para una empresa de publicidad venezolana que tiene una operación en Miami. Es una empresa medio inglesa, medio venezolana. Además doy clases en la Universidad Simón Bolívar, en una universidad tecnológica en Venezuela y en una escuela de negocios que se llama Instituto de Altos Estudios de Administración: ahí doy clases de branding, gerencia de marcas para gerentes. Esa sería la actividad, que mezcla lo profesional con lo académico.
He escrito ya cuatro libros, está por salir un quinto, para el que quisiera contar la participación de Alejandro [Piscitelli, gerente general de educ.ar] para que lo prologue. Se titula La ciencia de la situación: Peirce y McLuhan, y es un intento por mezclar estos dos autores que a mí me parecen casi los intelectuales norteamericanos más importantes. Muchos hablan de McLuhan porque tiene tantos aforismos famosos, pero cuando uno se pone a estudiarlo en profundidad es un universo de cosas, y además, al mezclarlo con Peirce resultó una investigación muy fructífera. El libro va a ser el primero que publique en inglés, además de su edición en castellano.

—Habías mencionado antes otros proyectos.

—Para la editorial Gedisa estamos haciendo una colección para niños, la llamamos “para sacar al adulto que todos llevamos dentro”. Es una colección de ciencia y tecnología para niños de más de 10 años, un proyecto divertidísimo. Nunca me había metido con esta edad, es súper exigente y es muy divertido; hemos buscado diseñadores e ilustradores de primera de todas partes, un proyecto que intenta incluir a gente que está en muchos lugares, y como decía, es algo nuevo para mí.

—Hablanos de tu libro Cultura replicante.
—Bueno, ese libro tiene un eje que remata en ese tema, es algo que en ese momento se había estudiado poco: la relación entre significación y la irreversibilidad del tiempo. Eso es lo que llamo el eje del libro, y es un problema que no solamente toca a la tecnología sino que toca las significaciones generales. Por supuesto, a la comunicación. Es decir: si el tiempo es irreversible, por supuesto también el flujo informacional lo es; entonces eso crea unas determinantes y unos problemas que recién ahora se están estudiando. No podemos técnicamente retomar el inicio de esta conversación porque ya empezamos a bañarnos en otro río; ese es el problema tecnológico central del libro y tiene implicaciones muy precisas para la teoría de la información en cualquier momento, en cualquier circunstancia de la evolución técnica y tecnológica. Hay además un “recalentamiento”, una aceleración de los dispositivos tecnológicos que toman una velocidad tremenda... Eso genera angustias y problemas muy complejos, porque si tú y yo estamos conversando y algo no entendemos podemos retomar el punto, será otro momento en el tiempo, pero mal que bien lo vamos a hacer porque estamos conversando, es un diálogo. Pero con este avasallamiento tecnológico, con esa furia de interpretación, de producción de contenidos, de mensajes, de estímulo, es decir, es una flecha de significación que marcha hacia la hipercomplejidad casi sin posibilidad de retorno. Entonces ese libro se monta sobre ese problema y remata en esa aceleración tecnológica, no sé si consigo explicarme.

—Podríamos decir que tu ámbito de trabajo puede definirse como un análisis sobre el imaginario social de la tecnología. ¿Para qué te parecen útiles estos aportes en los debates de hoy?
—Yo creo que siempre son útiles, porque uno vive ya como astronauta, uno es ya un astronauta. Creo que era Severo Sarduy, el cubano, el que decía ya que hemos prácticamente acabado con la naturaleza; tenemos que inventarnos otra naturaleza pero en verdad uno vive como un astronauta, si a ti te empiezan a desenchufar del reloj, del grabador, de la computadora, te empiezas a quedar sin aire; uno vive en ambientes creados, casi es esa nuestra naturaleza, el ambiente es tecnológico. La diferencia entre el ambiente natural y el ambiente artificial hoy es artificial, esa diferencia ya prácticamente no existe. Entonces hay que dar cuenta de las implicaciones sobre el ambiente como los biólogos en el siglo XIX dieron cuenta del ambiente natural, para decirlo de alguna manera aunque no me gusta mucho la palabra.
Mi investigación tiene que ver con revelar que en ese ambiente vivimos, y que en ese ambiente tenemos que tratar de sacar el mejor provecho, de entender sus contradicciones; hay mucha gente trabajando en eso. Yo me inscribo más en la línea de hacer ver cosas puntuales de esos ambientes porque creo que esa es la labor del científico y del artista en general. Los artistas toda la vida han hecho eso; McLuhan los llama contraambientalistas.
No sé si recuerdas 4’ 33’’, es una obra de John Cage: es una obra que dura cuatro minutos con treinta y tres segundos, es una pieza “musical”, entre comillas. Está el auditorio y entonces entra un pianista, abre el teclado y se sienta frente al piano y no toca durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. Pregunto yo: ¿qué empieza a suceder durante ese tiempo? Se empieza a escuchar el sonido del auditorio, la gente empieza a hablar, se empieza a escuchar el ambiente. Yo creo que los artistas y los científicos, pero mucho más los artistas, se han especializado en hacer ver los ambientes, cuáles son los ambientes en donde uno funciona, y creo que la labor de uno es hacer ver que uno vive en un ambiente tecnológico, algo que no siempre es percibido. Entonces la labor de uno es estar llamando la atención sobre el ambiente.

—Uno de los campos del saber presentes en tus análisis es la semiótica, que fue dada por muerta durante los noventa. Sin embargo, varios autores tratan de revitalizarla. ¿Tus obras son gestos en este sentido?

—Mira yo creo que la semiótica, por lo menos la semiótica de Peirce que es la que yo más he estudiado, es la teoría de la información más compleja y de mayor rigor científico que hay; eso por una parte. Por otra parte, yo creo que tiene poder explicativo porque mete el bisturí en un fenómeno -que es la significación- que te permite saber el uso de una cantidad de cosas, porque entiende la significación no como lo hacía Saussure, como una cosa aislada del género humano, sino como una cadena, un proceso irreversible que va evolucionando hasta que llega a la cultura con todas sus instituciones, entre ellas el lenguaje. Entonces yo soy un converso a la semiótica en ese sentido, soy muy parcial para hablar de semiótica porque creo mucho en la luz que echa sobre muchos fenómenos. Yo me he abrazado a ella por su capacidad de análisis, de excelencia científica. La semiótica como tema, sube y baja, estuvo muy de moda en los 80...
Para mí hablar ahorita de que la semiótica va a desaparecer sería como decir que la ley de gravedad no existe, la significación es un proceso en la naturaleza, no existe el universo sin procesos de mediación, significantes. La semiosis, eso lo digo en el libro, para mí es la quinta fuerza de la naturaleza, aparte de las otras cuatro fuerzas que describen los físicos.
Hay quien dice que la semiótica desapareció; a lo mejor está en baja en este momento desde el punto de vista de las modas intelectuales. No lo sé, a lo mejor no tiene el influjo, esa cosa de moda que tuvo a mediados de los 90. La semiótica es una ciencia, y te puedo decir una cosa, que va a sonar radical: yo creo que entre las ciencias sociales es probablemente la única que trascenderá el siglo XX.
Los términos que las ciencias duras han adoptado de las ciencias sociales son esencialmente términos semióticos: información, significación, código, lenguaje. Esos términos no los inventaron los físicos, los biólogos, esos términos vienen de ciencias humanas vinculadas a la significación, al estudio de la significación.
Cuando se habla de código genético se habla de código, un término de las ciencias del lenguaje; eso no se le hubiera ocurrido a un biólogo, a un físico.
Es verdad que esas son modas, y no estoy en contra de las modas, a mí me encantan las modas, pero independientemente de las modas, eso era moda no solamente en los 70, yo creo que todo el siglo XX es un siglo semiocentrista. Comienza con los formalistas rusos, pero luego aparecen con fuerza los medios de comunicación y empieza a haber un ambiente semióticamente penetrado. Entonces la gente dice, bueno, esto es un fenómeno nuevo, hay que entenderlo, hay que saber qué está pasando, y empiezan a aparecer todas esas ciencias y disciplinas que dan cuenta de eso. Pero más allá de eso, yo creo que ahorita estamos en condiciones de ver con más serenidad cuál es el aporte que implica el punto de vista semiótico, cuál es su aporte científico.

Fecha: Enero de 2004