Horacio González
Horacio González

“Creo que uno de los grandes proyectos políticos utópicos contemporáneos es volcar toda esa forma del Estado, todo el sistema educacional y las tramas de autoridad del Estado, a un mundo informático. Lo veo, insisto, como utopía sugerente. Pero a mí lo que me gustaría es ampliar la esfera libertaria dentro del Estado.”
Son palabras de Horacio González, reciente subdirector de la Biblioteca Nacional, en la entrevista que concedió a educ.ar y que hoy publicamos. El desafío de una tarea nueva, el fundamento ético de su decisión de aceptar el cargo, los distintos lenguajes, el saber sin saber que se sabe..., fueron algunos de los temas de nuestro diálogo.

—Ud. es sociólogo, profesor universitario, y por primera vez asume como funcionario. ¿Cuáles son las motivaciones que lo llevaron a aceptar el cargo de subdirector de la Biblioteca Nacional?

—A mis sesenta años vengo experimentando una cierta insatisfacción con la Universidad. Había perdido ya la idea de que la universidad era el mundo al que iba a pertenecer de una manera indeclinable y persevante, y con retribuciones interesantes –no salariales pero sí de reconocimiento y de participación– en lo que siempre consideré una aventura intelectual. De todas formas nunca pensé en abandonarla. Pero este ofrecimiento emanado del presidente Kirchner –por las vías intermediarias del caso–, debo decir que me alegró mucho. También me dio cierto temor por cosas que me parecían desaconsejables –“el funcionario sensible”–, aunque pertenecieran al gabinete de buenos recuerdos del progresismo argentino.
Al mismo tiempo pienso que aunque envueltos en la oscuridad de este momento histórico hay cosas que no dejaron de ser situaciones apreciables para un país destruido. Entonces, privilegié que la Biblioteca era un lugar que siempre estimé por ser un gran armatoste, un hilo fundamental de sentido de la historia argentina. Aunque nunca la usé como lector, salvo cuando estaba en el secundario. Me atraía también el edificio actual, al que no considero inadecuado, como lo considera mucha gente. Algunos usan la expresión “el brutalismo” para referirse a la arquitectónica y a la plástica de este edificio. Es una denominación arquitectónica para los materiales expuestos y crudos. Pero a mí me impresiona por su noción de masas en desequilibrio. También me gustó que estuviera enclavado en este lugar, tan cargado de símbolos, que había sido la residencia presidencial hasta el peronismo, y al mismo tiempo no conocía nada de las personas que trabajan acá y me pareció sugestivo venir de afuera, en relación con la forma de pensar las cosas. Me pareció que tenía mucha fuerza el venir de afuera, ser como un extranjero. Y pensaba “¿cómo ser aceptado por personas que saben un oficio que yo no sé?”. Y, por otro lado, también pensaba que era una oportunidad para contraer compromisos de aprendizaje con esto que es un nuevo mundo para mí. Esta sería la forma ética que tuvo mi decisión.
Elvio Vitali también viene de afuera, pero menos que yo porque ya estaba en la Secretaría de Cultura. Venir de afuera genera un cierto movimiento de despojamiento, de ajenidad. La ajenidad es una fuerza para las cosas. Y poco a poco me voy metiendo, me meto también siendo de afuera. Me planteo: “a ver... ¿cuáles son los problemas de la Biblioteca?”, al modo de aquel que no sabe bien lo que pasa, lo cual es cierto. Me parece también que sigo usufructuando –no sé por cuánto tiempo– la fuerza del que tiene un cargo. El cargo en un Estado –a pesar de que esté destruido– no es despreciado. Las personas me saludan mejor que cuando estoy en casa o en mi barrio, y eso me causa cierta gracia, es el peso ligado a la urdimbre costumbrista del Estado. Ese plano existe mucho acá en la Biblioteca Nacional. También existe el polo erudito, que no es un grupo reducido y además es muy interesante, porque son todas personas que tienen conocimientos basados en la erudición, que no es lo mío. En el mundo erudito de la Biblioteca hay personajes que se pueden batir a duelo por un dato. Por ejemplo, en los años 40 –cuenta un artículo de la misma revista de la Biblioteca– se batieron a duelo dos especialistas por una cuestión vinculada a los artículos de esa misma revista.
¿Qué significa estar acá para mí? Para mí significa un mundo nuevo, un mundo de órdenes e intrigas. En las conversaciones yo digo algunas cosas, pero las digo en un estilo que me parece aconsejable, con una temporalidad diferente, me permito sugerir acciones que después veo que son atendidas y eso me parece interesante. Acá se pueden poner en práctica experiencias de relación interesantes, porque el secreto de esto está mediado por lo que las personas tienen de conocimiento sin saber que lo tienen. Ahí aparece la calidad del sujeto, el saber sin saber que se sabe. Acá en la Biblioteca el peso del lenguaje está puesto en el cumplimiento de ciertas órdenes, ciertas jerarquías estatales muy momificadas pero que se respetan como parte de la ilusión funcionarial. Esa parte es posible aprovecharla.
También acá el lenguaje de la reivindicación sindical es muy fuerte, porque está tomado por una insatisfacción de hace muchos años y deja a la Biblioteca despojada de la veta creadora laboral, porque el trabajador de esta Biblioteca está sometido a múltiples injusticias. Las escalas salariales son muy grandes en sus diferencias, las diferencias son paradójicas y esto introduce lo que algunos llaman “corrosión del carácter”. Las personas están muy golpeadas acá. La forma de lucha adecuada para retomar la dignidad y reactivar el trabajo nadie la ha encontrado aún en la Argentina.


—Si tomáramos el tiempo y el espacio como categorías de análisis, quizás podríamos decir que los libros, el papel, la Biblioteca Nacional, son al espacio; mientras que lo digital, la nueva sociedad de la información, son al tiempo. ¿Cuáles serían los resultados de esta conciliación?

—En principio esa distinción la discutiría, aunque no sé si tengo los argumentos suficientes. Creo que debe haber mejores soluciones de la relación espacio y tiempo. Me parece que yo –no siendo alguien vinculado a las nuevas tecnologías, sino alguien cuyo mundo es el mundo del libro, del papel, de la physis del libro–, en el poco tiempo en que he estado acá me doy cuenta, algo más de lo que ya sospechaba, de que la biblioteca pertenece también a la nueva sociedad de la información. Los sistemas de catalogación están basados en sistemas informáticos muy complejos.
Yo había sido catalogador de la Biblioteca de Filosofía y Letras en los años 60, conocía el sistema Dewey, el CDU, que es un sistema de clasificación universal numérico desglosado a través de decimales, de esos que Borges comentaba con humor diciendo algo así como que “Dios pertenece a 9.25”. Para mí es una sorpresa que eso no exista más. Los sistemas son todos sistemas sobre bases informáticas muy complejas, con las cuales se actualiza toda la profesión bibliotecológica, de modo que percibí que las TIC afectan muy esencialmente a la Biblioteca. Por eso entro aquí con un sentimiento de sorpresa y desconocimiento, me asombra que me traten tan bien porque, en este caso, mi autoridad no proviene de la posesión de un saber, de la posibilidad de dar clase o de escribir un artículo que es mi fuerte, o la del intelectual cuya autoridad provenía de morirse por una letra, una oración, un renglón, un argumento. Ahora veo lo que son las realidades sutiles del uso de la autoridad. Sutiles porque se juegan cuestiones de democracia, subjetividad, de trama de relaciones entre personas. Yo diría que aquí hay una articulación muy problemática y muy interesante de espacio y tiempo. Yo diría espacio, tiempo y lenguaje. El lenguaje, en el sentido de cómo se da en forma de autoridad.
Cuando hice mi discurso para la Biblioteca pensé en la palabra libertad. De las tres palabras del mundo contemporáneo, libertad, igualdad y fraternidad –que todas me gustan y que todas juntas son muy difícil de pensar– elegí, quizás, la que es más abstracta, la libertad. Y pienso que la Biblioteca como parte del Estado no sé si aceptaría tan fácilmente ser puesta en términos de ciberculturas. Creo que es un desafío enorme. No sé cómo funcionaría el desdoblamiento del mundo estatal que exige esta forma de visualización, esta forma del uso del lenguaje, del choque empírico entre cuerpos; en fin, esta mesa de reuniones, para graficarlo de alguna manera.
Creo que uno de los grandes proyectos políticos utópicos contemporáneos es volcar toda esa forma del Estado, todo el sistema educacional y las tramas de autoridad del Estado a un mundo informático. Lo veo, insisto, como utopía sugerente. Pero a mí lo que me gustaría es ampliar la esfera libertaria dentro del Estado.

—Cuando hace más o menos 15 años Ud. comenzó a dictar sus clases en la Facultad de Sociología, hacía dramatizaciones con los alumnos... ¿Se imagina poder re- inventar esas prácticas en la Biblioteca?

—Sí, hacía ciertas dramatizaciones con mis alumnos de la Facultad. De las muchas experiencias que vivimos, no las reproduciría estrictamente. Por ejemplo la experiencia de Livingston, cuando fue director del centro Cultural Recoleta, porque era un tipo de dramatización que incluía un espacio teatral contrapuesto a la severidad muy grande para la función pública. Pero al mismo tiempo aliviaría las líneas de intervención de la figura política del funcionario tradicional, que es lo que vengo haciendo.
No obstante, todo lo haría con severidad y prudencia. Utilizaría todo aquello trasgresor, no en el mal sentido en que fue usado en la Argentina, sino en el sentido de idea interesante y creadora. Yo, después de la etapa del gobierno militar, seguí dando clases y me entusiasmé con la combinación de campos diversos. La expresión dramática de la clase y la clase en sí misma como pérdida de valor cognoscitivo. La civilización occidental es muy ingeniosa para recibir estas tareas; las sociedades son más sabias que uno, que intenta enseñar.

—La dirección de la Biblioteca contará con el apoyo de dos Consejos Consultivos honorarios. ¿Cómo piensan interactuar con ellos?

—Hay más avances, principalmente con el sector de bibliotecarios, con el consejo técnico, con los técnicos en bibliotecología, que saben mucho y están todos muy actualizados. Yo en los años sesenta poseía parte de ese saber clasificatorio y pensé que no era lo mío. Ahora veo como muy importante el saber del archivista. Porque sostienen su conocimiento a través del respaldo clásico, que, insisto, no es el mío, pero ahora pienso que lo era sin que lo hubiera percibido. La forma clásica del conocimiento: el conocimiento seguro, bien enunciado, sostenido técnicamente y como fórmula de clasificación de todos los materiales de la cultura. Quizás no es como yo pienso, pero es muy interesante.


—Hoy podemos hablar de narrativas digitales, de formas interactivas de narración que están asociadas al videojuego, como los juegos de rol, tanto virtuales como reales. La biblioteca podría tener un espacio que fuera, por ejemplo, “la Biblioteca del futuro”. ¿Se correrá hacia eso?

—El archivismo siempre tendrá un espacio irreductible a las narrativas digitales, porque su moneda de cambio es un pedazo antiguo del pasado en forma física, material.

—Ud. dijo en una entrevista reciente en el diario Página/12 que se está viviendo el fin del ciclo del gran profesor o intelectual. ¿A qué alude específicamente con esa afirmación? Y en este sentido, ¿cuál piensa que es el nuevo ciclo que estamos transitando?

—Efectivamente, lo dije, pero “se me escapó”. Como todo lo que luego nos avergüenza, esa frase salió de mí sin que lo hubiera previsto. Así que puedo decir que me asusta haberlo dicho –soy un intelectual tradicional, no en sus ideas sino en su procedimiento–, pero de hecho dije aquello. Debo hacerme cargo de mi impromptus.


Fecha: Julio de 2004