Pocos escritores pudieron ofrecer una idea tan definida de la vanguardia como Oliverio Girondo. Desde su primer poemario (el clásico Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de 1922) hasta sus últimos escritos, el autor construyó un universo que se desafió a sí mismo en cada verso.

Siempre fue su intención desterrar la poesía de los círculos de la elite y llevarla a la realidad cotidiana de las grandes ciudades, sin por eso perder la capacidad de experimentar. Con una inigualable carga de humor e ironía, los poemas de Girondo —aun los más oscuros— guardan un único objetivo: la exaltación permanente de la vida.


Serie El libro perdido, «Veinte poemas para ser leídos en un tranvía», Biblioteca Nacional, Canal Encuentro y la Televisión Pública.

A la par de la salida de su primer libro, Girondo se vinculó con el movimiento que circulaba alrededor de la revista Martín Fierro. Con esa simpática altanería que tienen los artistas jóvenes, este grupo produjo una gran agitación en los ambientes literarios de la década de 1920. Y para que no quedaran dudas del rótulo de «vanguardistas», en el tercer número de la publicación apareció un manifiesto que, por su estructura, estilo y objetivos, muchos atribuyen al propio Girondo.

Interior de un tranvía histórico de la ciudad de Buenos Aires

Foto: Alejo Prudkin



Allí comunicaban —entre otras posturas de tono similar—:

«MARTÍN FIERRO sabe que “todo es nuevo bajo el sol” si todo se mira con unas pupilas actuales y se expresa con un acento contemporáneo. (…) MARTÍN FIERRO ve “una posibilidad arquitectónica en un baúl “Innovation”, una lección de síntesis en un “marconigrama”, una organización mental en una “rotativa”».

La intención de cortar lazos con la historia y comenzar a escribir una nueva, la búsqueda de una mirada original, la incorporación de la arquitectura urbana y la tecnología son los temas y propósitos que atraviesan toda la obra de Girondo.

Poesía al alcance de todos

Tanto en Veinte poemas… como en Calcomanías (1925), Girondo elaboró una serie de postales que van desde el «Paisaje Bretón» de Douarnenez hasta las grandes ciudades de España, pasando por el oro y el azul de las playas de Mar del Plata y los ojos dulces de las chicas de Flores. En todos los casos, nos ofrece una crónica de viaje que interpela a la realidad, la vuelve espectacular y tremenda y convierte cada paisaje en una insólita celebración. El uso, en gran medida, del verso libre da una idea del arrebato poético que inspira la escena, apuntada con la brevedad y la urgencia de un boceto.

Mujer sosteniendo un libro con poesías de Oliverio Girondo en un tranvía. Se logra distinguir un retrato del poeta. En blanco y negro.

Foto: Alejo Prudkin



Con la publicación en 1932 de Espantapájaros (al alcance de todos), irrumpieron de manera definitiva el absurdo y el humor en la poética girondiana. Cualquier acto de la vida diaria se transforma en una aventura desaforada:

«Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta de lo absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes, la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla» (poema 19).

Y ese mismo relato de aventuras también pasó al mundo real. Para la presentación del libro, Girondo se paseó por la zona céntrica de Buenos Aires en un coche de caballos con un enorme espantapájaros. A su vez, alquiló un local en la calle Florida donde un grupo de llamativas muchachas ofrecía el libro a los curiosos. Esta protoestrategia de márquetin rindió sus frutos: la primera edición se agotó en menos de un mes.


«Llorar a lágrima viva», en Espantapájaros (al alcance de todos). Canal Encuentro.

Junto con el protagonismo de la vida urbana, desembarcaron en las páginas de Espantapájaros las máquinas y los artilugios tecnológicos. Todo en Girondo pierde su sentido utilitario y pasa a ser una manifestación más de la belleza: se vuelve poetizable.

«Al pasar por alguna de las estaciones —¡no falla ni por casualidad!— el tren salta sobre el andén, arrasa los equipajes, derrumba la boletería, el comedor. Los vagones se trepan unos sobre los otros. El furgón se acopla con la locomotora» (poema 20).

En el clásico poema 21, la ciudad ataca como una presencia acosadora:

«Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero».

La forma en prosa que Girondo eligió para estos textos es una característica más de su impulso trasgresor y terminó por convertirlo a él mismo en una vanguardia propia, más allá de cualquier innovación de su tiempo.

No alcanzan las palabras

Sin embargo, su actividad experimental no terminaría allí. No contento con sus revoluciones en los temas y estilos, a Girondo le faltaba revolucionar el lenguaje mismo.

Así lo hizo en su último libro: En la masmédula (1956). Al sentir poético del autor, parecían no alcanzarle las palabras y aparecieron neologismos que encabezaron textos como «Aridandantemente», «El pentotal a qué», «Soplosorbos», entre otros. Llega de este modo la culminación de una búsqueda artística que pone en cuestión el mundo que nos rodea y nuestra capacidad de traducirlo en palabras.

Girondo sabía que la poesía también se escribía para ser escuchada. Por eso en 1960 realizó una versión grabada de En la masmédula con su propia voz. El disco nos permite descubrir nuevos matices y profundizar en el carácter lúdico y misterioso de sus escritos.

La obra de Girondo se reduce a apenas seis libros, pero acaso esa misma brevedad es la que enfatiza su contundencia. Se puede ver, como en ningún otro escritor, la progresión en la búsqueda de una voz propia imposible de vincular con otro autor.

Su mirada despojada de todo prejuicio hace que la lectura de sus poemas nos reconcilie con el mundo y nos deje siempre revoloteando a su alrededor, como alegres pájaros. Sus propias palabras son la mejor declaración de principios: «Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario».

Podcast y redes sociales

Una manera de homenajear a Oliverio Girondo puede ser a través de audiopoesías. Un tranvía que viene y que va, el sonido del mar de un «Paisaje Bretón», una canilla mal cerrada en medio de la noche, cristales que se rompen durante una milonga, una comparsa eléctrica en un corso, la plaza como un oasis urbano, el zumbido seco de las moscas a la siesta. El cantar de las ranas, el aletear de un pájaro, los gritos de los muertos bajo tierra, la intimidad de los que se aman, el conjuro de amor de «Mi lumía».

Para grabar los sonidos se puede utilizar un grabador digital o una aplicación gratuita para smartphones (ejemplo de ello es Grabadora Easy, compatible con Android). También se puede recurrir a bancos o repositorios de sonidos, como el Banco de Imágenes y Sonidos del Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado (Intef) del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España o SoundJay.com (sitio en inglés).

Para editar los sonidos, se puede recurrir al programa Audacity y, finalmente, se pueden subir y compartir a través de redes sociales específicas como Blaving

Acceder a la cuenta de educ.ar en Blaving.


Para seguir leyendo… o escuchando


* Un agradecimiento especial, por su colaboración, a Verónica Ruscio.