El juego es una actividad propia del ser humano, que adquiere diversas formas de acuerdo con cada contexto sociocultural, época y lugar. Aunque no es exclusivo de los niños, es un motor insustituible de su desarrollo.

Entre los especialistas, existen diversas posturas sobre qué es un juego, y de ellas dependerá cómo se analiza la relación entre lo lúdico y la escuela. El acuerdo acerca de su vínculo con el placer es generalizado: los chicos son felices cuando juegan y este reconocimiento justifica, sin dudas, incluir el juego en la elaboración de un proyecto educativo así como la centralidad que pueda tener en él.

Para algunos psicólogos y educadores, en tanto el juego es una actividad libre, separada de lo útil y ligada al placer y a la alegría, debe entrar en el aula como un modo de incluir placer y no como un recurso para adquirir, intencionalmente, ciertos aprendizajes. Desde esta perspectiva, concebirlo como un instrumento didáctico sería asignarle fines extrínsecos y objetivos de control.

Otros autores, en cambio, consideran que el juego es un instrumento didáctico que presenta ventajas muy específicas, como la motivación y el establecimiento de relaciones entre los jugadores, lo que, además, permitiría evaluar los aprendizajes o reconocer ideas previas.

A pesar de estas controversias, existe un acuerdo fundamental: el juego promueve el desarrollo de los chicos, es fuente de alegría y bienestar, y es importante su presencia en la escuela. Entonces, cabe preguntarse: ¿por qué en la escuela se juega cada vez menos?

Chicos y chicas des escuale primaria, con guardapolvo blanco, jugando al aire libre. En color.

¿Los grandes no juegan?

En el jardín de infantes, jugar es cosa seria. Los jardines tienen patios con juegos, areneros y toboganes, y en las salas hay espacios para juguetes, juegos y tiempos para desplegarlos. Los docentes propician momentos para el «juego libre», así como para otros más reglados a través de los cuales se aprenden algunos contenidos. Por ejemplo, jugando a las cartas o al juego de la oca, los niños pequeños se acercan a nociones de la matemática.

El pasaje a la escuela primaria marca un quiebre: los tiempos de juego se limitan, en los patios ya no hay objetos para jugar y las actividades deportivas se basan, por lo general, más en la competencia que en el disfrute. El juego, protagonista de los primeros años, empieza a ser visto como «pérdida de tiempo» en situaciones en las que hay que «ganar tiempo» aprendiendo «cosas útiles», y va desapareciendo de la escuela a medida que ascendemos en el nivel educativo.

Para la Lic. Ruth Harf, responsable del Centro de Formación Constructivista, el juego siempre es una herramienta válida para todos los niveles del sistema. «Esta afirmación parte de la convicción acerca de la importancia del juego en la vida de cualquier ser humano», dice la especialista.

En cuanto a la relación entre el juego y la descarga de la agresividad en los chicos, Harf sostiene que las actividades lúdicas ayudan a los chicos a establecer y mantener mecanismos de autorregulación en sus intercambios con los otros:

«Los juegos y deportes entre equipos llevan a cada uno de los participantes a tener en consideración a los otros, para llegar a metas compartidas. Los juegos también incluyen el respeto a reglamentos, instrucciones, los cuales hacen que las agresiones se vean reducidas, no tanto en los deseos de agredir que cada uno pueda sentir, sino en la necesidad de ponerlos de manifiesto de formas socialmente válidas, para así poder seguir siendo parte del grupo en el cual están». 

¿Y si jugamos un ratito?

Docentes y especialistas coinciden en la importancia de jugar en todas las edades, a la vez que afirman que el juego aparece cada vez menos en el ámbito de la escuela.

Luis María Pescetti, docente, músico y escritor para chicos, otorga un importante protagonismo al humor y al juego en todas sus obras. En su artículo «El verdadero valor del juego», sostiene que «el sistema tradicional de educación siempre está preocupado por ser científico, y no solo científico en general, sino por parecerse a una ciencia exacta». Para Pescetti, «de la misma manera que a los cuentos se los utilizó como vehículos de mensajes morales, a los juegos se los usa con objetivos pedagógicos». Y afirma con vehemencia: «las lecciones disfrazadas de juego son una trampa que el niño siempre reconoce. Claro que los juegos enseñan, pero es imposible traducir en palabras todo lo que ocurre en un juego, como es difícil buscar el “mensaje” de un cuento y traducirlo en palabras».

Para Pescetti, tampoco es fructífero utilizar los juegos como elementos de mero entretenimiento, de distracción, para calmar a los niños cuando el grupo está muy excitado: «Hacer esto es como utilizar un piano para sostener libros o una guitarra para leña; se puede, pero nos estamos perdiendo lo mejor».

«Un juego es una totalidad muy compleja que apunta a una infinidad de aspectos —sostiene Pescetti—. No es una herramienta de adiestramiento. Se parece más a una obra de arte: nadie ve un cuadro para desarrollar su sensibilidad al amarillo. Podríamos decir que un juego es como una obra de arte (en la mayoría de los casos: anónima y colectiva) que solo existe cuando se la practica y para quienes la practican, no para los que miran de afuera».

No hay dudas acerca de la importancia de los conocimientos y las habilidades y, sobre todo, de la facilidad con la que se adquieren en la infancia. Juego y aprendizaje pueden emparentarse. La creatividad que se enciende con el juego despierta el impulso humano necesario para recrear la realidad y transformarla.

Para Pescetti, «una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta de cambio. Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad».