En su artículo, basado en conferencia en Bogotá y revisado para publicar en educ.ar, el escritor, investigador y profesor titular en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) Daniel Cassany parte de una idea provocadora y productiva: las bibliotecas escolares serán cada vez menos un «espacio» para pasar a ser una «actividad».

Se pregunta Cassany: «¿Cómo me imagino la biblioteca escolar del siglo XXI, con todo lo que estamos viviendo en avances tecnológicos, globalización, acceso a la información, redes sociales?» Y continúa: 

La palabra “biblioteca” tiene origen griego y significa literalmente “caja o armario de libros”, de modo que corrientemente la biblioteca es el “lugar en el que ‘se guardan los libros’ o ‘el lugar en el que se ponen los libros al servicio de los lectores de la comunidad”. La diferencia entre “guardar libros” (valiosos, antiguos, únicos, representativos, etc.) y “ponerlos al servicio del lector” (para educar a la población, incrementar su cultura e inteligencia, hacerles más felices) es sustancial y marca la separación entre dos tipos de bibliotecas, la que enfatiza el ‘documento’ (patrimoniales, históricas, archivos) y la que enfatiza al ‘lector’ (biblioteca popular, de barrio, de escuela).

Sin duda, con la llegada de la red y de todos sus recursos, cada día menos personas van a la biblioteca a buscar libros, puesto que: a) los escritos ya se producen y distribuyen en versión digital; b) se digitalizan algunos de los fondos antiguos más importantes y se cuelgan en la red; c) de facilitan sistemas y procedimientos sencillos para acceder en línea a todos estos documentos, y d) surgen otras fuentes de información (redes sociales, blogs, webs), que satisfacen las necesidades de la ciudadanía. ¿Por qué ir a la biblioteca si lo que necesito lo puedo tener al instante en casa, o en mi móvil o en mi portátil? ¿Qué sentido tiene el préstamo de biblioteca, si se pueden hacer copias gratis e instantáneas de cada documento y se pueden distribuir en línea?»

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