Cómo gestionar un aula virtual sin morir en el intento

Antes de elegir una plataforma para incorporar a nuestras prácticas docentes, exploremos los motivos para usarla. ¿La virtualización es un tema de la pandemia o de nuestra época? ¿Abandonaremos la virtualización cuando nos olvidemos del coronavirus o nos permitirá enriquecer las relaciones pedagógicas presenciales?

Empecemos por el porqué

Existe la sensación de que la virtualización de la enseñanza nos cayó de sopetón con el coronavirus. Sin embargo, la invitación al uso de ese paradójico espacio desterritorializado ya estaba presente en espacios de formación docente, como Nuestra Escuela y algunas universidades, y en la escuela media con el Programa Conectar Igualdad. Desde la perspectiva docente, esta invitación se planteaba como la posibilidad de repensar nuestras prácticas docentes y no como el complemento, la traducción o el reemplazo que se nos plantea con el aislamiento por COVID-19.

Hay otro antecedente. Los docentes vivimos otro momento de excepción que nos obligó a armar, de un día para el otro, una versión virtual de nuestras clases: la epidemia de la gripe A en 2009. Ese fue un parate que, en su momento, pareció extensísimo y, ahora, aislamiento social preventivo y obligatorio mediante, se relativiza.

El coronavirus nos puso entre la espada y la pared, pero la invitación —o la necesidad— de repensar nuestras prácticas e incorporar formas virtuales es un terreno que viene armándose desde principios de siglo XXI. Explorar la virtualidad es una necesidad debido a las transformaciones sociales del mundo contemporáneo y su impacto en la escuela, más allá de la pandemia.

Las mutaciones hacia el siglo XXI

Volvamos al parate en la escuela por la gripe A. Apareció el primer caso y, enseguida, las escuelas empezaron la virtualización de clases. Era una época con menos exploración de la virtualidad desde la escuela y la tarea se redujo a enviar trabajos prácticos por correo electrónico, cada docente desde su pequeño territorio aislado. Entramos en pánico porque ¿qué se puede hacer sin el docente con el pizarrón en la espalda? Solo aquello que los estudiantes escriben cuando la atención pasa del docente al papel: trabajos prácticos. O eso parecía...

¿Cuánto han cambiado nuestras prácticas de virtualización desde aquel acontecimiento? ¿En qué deberíamos ocuparnos: en la perspectiva instrumental de las plataformas o en nuestra forma docente de abordarlo?

Empecemos por el principio. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de los efectos de las transformaciones del mundo contemporáneo en la escuela?

Nuestras aulas pertenecen al invento moderno de la escuela, una construcción que Foucault, en los años setenta, denominó instituciones de encierro. Al igual que el hospital, el psiquiátrico, la cárcel y la familia, la escuela es un dispositivo donde la anátomopolítica produce cuerpos productivos (económicamente) y dóciles (políticamente). Estas instituciones se construyen bajo el concepto del panóptico, un diseño arquitéctónico de Jeremy Bentham (¡para cárceles!) que se basa en el principio de visibilidad, de organización y jerarquización del tiempo y el espacio. Recordemos la construcción de una escuela tradicional: patio central y aulas con ventanas a los pasillos. Así, cuando pasan directivos o preceptores, pueden ver lo que pasa en el aula.

Lo más interesante es que, en 1991, Deleuze —amigo, seguidor y crítico de Foucault— escribió un pequeño pero visionario texto en el que planteó que esa sociedad disciplinaria estaba mutando a una sociedad de control. Una en la que ya no había muros para la producción de poder, en la que no era necesario estar en la institución para observar y moldear los cuerpos y sus prácticas, sino que serían modulados más allá del territorio presencial y cercado. Ese espacio desterritorializado al que accederíamos voluntariamente (y en el que desearíamos estar) no tiene los límites temporal y espaciales de estar dentro de una institución.

Esa caída de los muros (de Berlín, de la escuela, de las instituciones en general) recién probaba un poquito de la lógica de internet. Somos modulados en la visibilidad —o vigilancia— del espacio público, desde los dispositivos que quedan cerquita incluso cuando dormimos, con el dinero intangible que nos permite comprar sin billetes (incluso desde casa) y con otros etcéteras. Hoy ¿quién se anima a decir que un muro es un límite? ¿Algún docente se anima a decir que lo que sucede en el aula queda en el aula?

El texto de Deleuze es visionario porque, para 1991, aún la realidad no entraba en las escuelas por las pantallas y solo entraba lo que llevábamos en papel o en conversaciones. Hoy habitamos una escuela en la que los estudiantes ven el mundial en tiempo real durante la clase, consultan noticias o estados de ánimo de amigos que van a otras escuelas, se quejan o se ríen de videos que hacen sobre otros docentes con prácticas de antaño.

Vivimos en un mundo y en una escuela donde la técnica y la tecnología no son una opción, son nuestro ambiente. Son un agente que incide directamente. Lo podemos comprobar fácilmente… cuando deja de funcionar: cuando queremos mostrar un video y no funciona internet, cuando nos dicen que se rompió la impresora, incluso cuando se corta la luz.

Todo este planteo, ¿significa que estamos transitando la posibilidad de trasponer la escuela a un espacio totalmente virtual? ¿La tecnificación del mundo nos llevará a la obsolescencia de la presencialidad? ¿Será que el futuro nos espera con algoritmos que ejercerán la docencia y estudiantes que se enchufarán para aprender?

La presencia y la escuela

Una computadora portátil. Abajo dice en francés: «Esta no es una escuela» (Ceci n'est pas une ecole).

Una de las producciones que aumentó con la cuarentena fueron los memes. Cientos circulan día a día por nuestros celulares. En las pantallas de los docentes, era recurrente uno inspirado en el cuadro de Magritte. Nos plantea la paradoja actual: hoy la escuela se reduce a la pantalla y la escuela no puede reducirse a la pantalla. Este achicamiento de la institución al rectángulo liso, aséptico y sin rugosidad de la pantalla no deja de ser realmente una excepción. La gran virtud de la escuela es que nos brinda una condición básica para la enseñanza y el aprendizaje: garantizar la presencia y tiempo para estar juntos, para crear y tramar relaciones pedagógicas. En esa línea, la pregunta es cómo hacer de ese tiempo una invitación a aprender.

¿Cuál es la potencia de los espacios de enseñanza virtual? La virtualización no resolverá la recomposición que necesitamos de las clases perdidas, tenemos que decidir qué se puede recuperar y qué no: todo no se puede. Pero es innegable hay una potencia en lo que se puede. Una potencia que puede pensarse aún para cuando retomemos la presencialidad.

Virtualizar puede ser una práctica que sostenga la invitación. ¿Qué significa esto? Puede ser un espacio de investigación, de explorar a nuestros propios estudiantes. Hablamos mucho de poner en juego los conocimientos previos de nuestros estudiantes, de traer sus habilidades, saberes e intereses a nuestra aula. ¿Alguien puede negar que la virtualidad es un espacio en el que nuestros estudiantes indagan y muestran sus intereses, en el que producen materiales, reflexionan y se divierten?

Allí también aprenden nuestros estudiantes, y no solo de tutoriales, también de imágenes, de textos, y, sobre todo, de comentarios que construyen diálogos desfasados, apasionados, a veces polarizados y a veces sutiles. ¿Acaso no nos presenta el desafío de mostrarles las dificultades y las virtudes de esos intercambios? ¿No podemos incentivarlos a que nos cuenten, a que piensen con nosotros y a que puedan crear lo propio desde nuestros espacios de construcción de conocimiento?

El espacio virtual puede ser una invitación a conocer qué intereses tienen nuestros estudiantes, si les pedimos que nos muestren, que compartan con nosotros. Puede ser un lugar de reflexión, si les preguntamos qué sentidos y usos tienen nuestros conocimientos. Puede ser una plataforma donde crear materiales: textuales, visuales, sonoros, audiovisuales. ...O puede ser un espacio de entrega de trabajos prácticos.

Qué gusto a poco tiene ahora esta última opción, ¿no? No vamos a moralizar esta función: mientras la escuela se reduzca —excepcionalmente— a las pantallas, es una función válida y necesaria. Es más, si Deleuze llama a nuestra época «sociedad de control», entonces el espacio virtual puede apuntalar a quienes tengan el desafío de dar cuenta de quién hace y quién, no. Puede ser una forma de control. No es la función más interesante como práctica docente, enseñar no es vigilar, pero, si ayuda al docente con algunos problemas escolares (transmitir a los directivos, a las familias o a los propios estudiantes que se ha acreditado el proceso de aprendizaje) y avanzar en encontrarse con sus estudiantes, bienvenido sea.

Acompañemos esas funciones instrumentales de entrega y vigilancia con otras que fomenten el encuentro con nuestros estudiantes. Aprovechemos la obligación de usarla para desempolvar la faceta más interesante de nuestra posición docente: ser investigadores. Esa exploración centrada en indagar la riqueza que traen nuestros estudiantes para pensar propuestas e invitaciones. A veces tendrán éxito y otras, no; eso también lo investigaremos: ¿cuándo logramos que la relación con nuestros estudiantes trame una construcción de conocimiento?

En una entrevista radial, Marcela Martínez —docente e investigadora de la educación— planteó que la virtualización de las clases debe generarnos una primera pregunta: qué es posible. Martínez nos plantea la necesidad de incorporar alguna idea de límite: qué sí se puede, qué no se puede y qué hay que reformular. Nos dice: «seguramente no voy a poder trasladar mi planificación de mi materia a un entorno virtual sin ajustes, y no tiene que ver únicamente con la incorporación de recursos tecnológicos, sino de pensar una relación pedagógica con otras posibilidades». Y agrega: «es un momento para repensar nuestras planificaciones, para pedir ayuda y pensar el trabajo en términos colaborativos, tanto con nuestros colegas como con los estudiantes».

Si el trabajo docente puede concentrarse en la tarea, la obligación de efectuar el derecho a la educación de nuestros estudiantes, sostenemos que eso se efectúa si se mantiene activa la invitación. Martínez nos plantea que: «En una clase presencial es fácil constatar quién vino, quién se interesa, y quién no; en la virtualidad necesitamos constatar la presencia del otro». Entonces, el desafío es pensar cómo se compone una comunidad en la virtualidad y ello genera muchas preguntas como docente. Lo importante, según Martínez, es que «todo esto no lo hacemos como héroes solitarios, sino en el modo de componernos colectivamente y en un contexto de una política pública». En otras palabras, nos advierte que, de esta experiencia insólita que afrontamos en nuestras escuelas, se sale con tramas comunitarias, presenciales o virtuales, pero comunitariamente.

Elige tu propia aventura

En esta ocasión, no elegimos la virtualidad. Sin embargo, queda en nosotros elegir cómo vamos a habitarla, cómo vamos a armar nuestras clases desterritorializadas. En ese sentido, a modo de inicio, es necesario preguntarnos: ¿qué tenemos que reponer: una exposición, un diálogo? La primera implica únicamente la transmisión de conocimiento; la segunda, su construcción, un poner en juego. ¿Qué recursos pueden reconstruir una exposición y cuáles, un diálogo? ¿Qué podemos y qué, no? ¿Qué propuestas de nuestra planificación pueden reformularse para este espacio y ante qué conocimientos mínimos tenemos que inventar nuevas propuestas?

Todo esto nos plantea una reflexión sobre las plataformas educativas: ¿habrá alguna que salve la trasposición que estoy obligado a hacer en estos tiempos de excepción? La respuesta es no. Todas tienen potencias y límites. Todas permiten invitar. Lo importante es pensar la propuesta, crear esa curiosidad de explorar textos, imágenes, sonidos y videos para sostener la reflexión, la producción y construcción con nuestros estudiantes y —por qué no— con nuestros colegas.

¿Qué plataforma te recomendamos? La que te sea más intuitiva, la que te haga sentir cómodo, la que consideres más adecuada para vos y tus estudiantes, la que te permita conversar y trabajar junto con otros colegas.
En próximos artículos, presentaremos tres: Edmodo, Google Classroom y Moodle. Mostraremos sus funciones y posibilidades para que vos (junto con tus pares o con tus estudiantes) elijas una. La propuesta es que esa elección no sea para habitar excepcionalmente, sino para sostener cuando volvamos a la escuela como territorio de investigación y encuentro. Así como pensamos qué podíamos llevar del aula real a la virtualización, veamos también qué podemos llevar de esta experiencia a las aulas que pronto vamos a caminar.

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Publicado: 11 de mayo de 2020
Última modificación: 24 de agosto de 2021

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