«Estos niños que me miran tienen los ojos claros y clara la sonrisa. La alegría nos une. Un maestro que sabe sonreír con el corazón y ausculta el corazón de un niño puede ayudarlos a crecer. Vamos diciéndonos nuestros pensamientos y el cristal de la reserva, de la timidez o de la desconfianza se rompe y un hilo pequeño, pequeñito comienza a fluir. Es el acercamiento con estas criaturas lo que deseo. Poco importa en verdad el cúmulo de conocimientos claramente asimilados», escribió Leticia Cossettini en su Diario de clase de quinto grado, en marzo de 1940.

Leticia Cossettini, collage armado con fotografía de Leticia Cossettini con niños en la escuela y retrato fotográfico de su vejez
El quinto grado de Leticia se encontraba en la Escuela N.° 69 Doctor Gabriel Carrasco. Sus alumnos eran hijos de pescadores, obreros de las fábricas, familias acomodadas y comerciantes de clase media que vivían a pocas cuadras del río Paraná, en el barrio de Alberdi, en Rosario. Su hermana mayor, Olga, había sido elegida directora de la escuela en 1935. Leticia formó parte de «la Carrasco» a partir de entonces y durante los quince años que duró la gestión de su hermana al frente de la escuela. Fue así que entre ambas le dieron forma a un proyecto que buscó transformar el rígido sistema educativo de la época, a partir de los postulados de la denominada Escuela Nueva: una escuela activa, con experiencias de aprendizaje.

La experiencia de «la escuela de la señorita Olga» —como se conoció al proyecto desarrollado entre 1935 y 1950, a la vanguardia de las escuelas nuevas— permitió a Leticia, además de trabajar junto a su hermana, otorgarle su propio sello a la escuela. El «nombre» que se le dio popularmente de la escuela quedó en la memoria colectiva y volvió, muchos años después, como título de la película documental que Mario Piazza dirigió en 1991.


Una escuela sin campanas

No había «hora de» dibujo, gimnasia ni artes plásticas. La educación estética era central en la formación de los chicos, por lo que se propusieron borrar los contornos de las asignaturas tradicionales, como Geografía, Matemáticas o Biología, para recurrir al uso del pincel, una buena melodía o la lectura de una poesía para enseñar esos contenidos. «Los chicos de esa escuela no hacen nada, se lo pasan de paseo», decían algunos vecinos de barrio Alberdi. Es que Leticia llevaba fuera de las aulas a sus alumnos, pero para tomar el radio de circunferencia de la fuente de la plaza o para pasear por los alrededores y aprender sobre el canto de los pájaros y las historias de vida de los habitantes.

La escuela no tenía timbres ni campanas: los chicos sabían que era la hora del recreo simplemente cuando escuchaban la música que llegaba desde el patio. Las hermanas Cossettini consideraban que la escuela era fundamental para ensanchar las capacidades de los niños, para imaginar, crear, expresarse y elegir en qué lenguaje hacerlo. Leticia creó, por eso, un Coro de Niños Pájaros en el que los chicos imitaban el sonido de las aves del campo y de las barrancas del Paraná, el Teatro de Títeres que creó después de una visita de Javier Villafañe a la escuela y una serie de conciertos —donde sonaron desde Mozart hasta Schubert— que se presentaban cada quince días para toda la comunidad.

Fragmento de la película La escuela de la señorita Olga, dirigida por Mario Piazza (1991).

Leticia y Olga también llevaron registro de sus clases en los diarios, se guardaron los cuadernos de los chicos, las acuarelas, los dibujos, las fotografías y hasta las cartas que intercambiaron con los grandes intelectuales de la época. En esos documentos, se puede ver también la relación que la escuela buscó con el barrio, los contenidos integrados con el arte, las misiones culturales o de divulgación que retomaban las experiencias realizadas durante la República Española —para sacar la escuela a la calle, para contactarla con el barrio y su gente, en gran parte desde el Centro Estudiantil Cooperativo que, entre otras cosas, editaba una revista: La voz de la escuela—, las visitas a exposiciones, la cooperativa escolar, la huerta, la granja, el laboratorio o la biblioteca.

El gusto por la docencia

Sus padres, Antonio Cossettini y Alpina Bodello, también habían sido fundadores de escuelas: en Gálvez y San Carlos, también en la provincia de Santa Fe. «Traigo un bello origen, vengo de una larga familia de maestros. Mi padre era un maestro italiano residente en la Argentina», recordaba Leticia sobre su gusto por la docencia en un reportaje, cuyo video presentamos a continuación. En medio de esa gran familia —sus hermanos Blanca, Gastón, Olga y Leo—, ella nació en San Jorge, Santa Fe, el 19 de mayo de 1904, cuando apenas se asomaba el siglo. La Escuela Normal Domingo de Oro, de Rafaela, fue donde se recibió en 1921. 

«No hemos querido preconizar qué es lo que puede hacerse. Hemos preferido soñar y hacer», escribió acerca de su oficio en sus cuadernos. En 1986 fue nombrada ciudadana ilustre de la ciudad de Rosario y recibió el Premio Konex a la Educación, más allá de diferentes distinciones de los gobiernos de Italia y los Estados Unidos. Con su pelo lacio, fino, peinado en un rodete, vivió en el mismo barrio donde aún existe la Escuela Carrasco; su casa de entonces se convirtió en un centro cultural y un pequeño museo. Murió el 11 de diciembre de 2004, seis meses después de celebrar sus 100 años. 

Escuela Serena

Video realizado por el Instituto Rosario de Investigaciones en Ciencias de la Educación (IRICE- CONICET) con motivo de la visita de Leticia a su sede.

«Desde que comenzamos las clases hemos escrito poco, hicimos poca matemática, no nos hemos preocupado por el martirio del repaso ajustado a la definición, al mecanismo de tal o cual lección asignada —continuó Leticia, entre sus anotaciones, en el cuaderno de clases de marzo de 1940—. Hemos estado creando un clima de armonía, el placer de la limpieza, la gracia de escuchar y decir, la alegría de ayudar, de dar, de ser, de hacer. Y ya hay algo de alba en la luz. Desde que llegaron a la escuela, les puse en sus manos las acuarelas que muchos, la mayoría casi nunca usará, la mancha de color va adquiriendo matices que el tiempo depurará y la madurez precisará y suavizará los contornos. Pintan, gozosos. Este nuevo lenguaje tiene para ellos extraordinario encanto. Están en ese período del descubrimiento del mundo y de su mundo. ¿Ha visto usted la luz en el plátano? ¿Miró el cielo esta tarde? ¡Qué lindos los verdes después de la lluvia! Y si la acuarela hoy no traduce bien, la luz en el plátano, el añil del cielo o el verde jugoso de la hierba el ritmo del color, está por nacer, nacerá».