ronda madres plaza de mayo


«Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también». La frase de las Madres, que había sido acuñada también en distintas organizaciones de exiliados argentinos para intentar posicionarse respecto al conflicto desencadenado en el Atlántico Sur, sintetizaba algunas de las tensiones que ponía en juego la guerra. En efecto: ¿cómo pensar una guerra que apelaba a un reclamo justo y legítimo de soberanía pero que era librada por una dictadura que había impuesto el terrorismo de Estado en Argentina?

ANTECEDENTES DEL CONFLICTO

El reclamo que la República Argentina mantiene en torno a la soberanía en las islas Malvinas -y que se extiende a otras islas del Atlántico Sur y los espacios marítimos circundantes- se remonta a 1833, cuando el Reino Unido, mediante el uso de la fuerza, usurpó dicho territorio argentino. Junto con este reclamo, a lo largo de nuestra historia, el símbolo “Malvinas” condensa ideas de nación, algunas de ellas en tensión, que distintas generaciones de argentinos hicieron propias, como lo demuestran innumerables poemas, canciones, documentos y discursos políticos. Por estas razones, Malvinas es un nombre caro a las distintas tradiciones culturales, históricas y políticas de la sociedad argentina.

El 2 de abril de 1982, tres días después de la primera huelga general lanzada contra la dictadura en el contexto de una severa crisis política, económica y social, la Junta Militar ordenó el desembarco de tropas en Malvinas, entreviendo que un conflicto con el Reino Unido a causa del histórico reclamo nacional le permitiría no sólo tramitar esta crisis interna sino incluso reposicionarse para plantear las condiciones de su propia sucesión. El conflicto derivó en una guerra y la derrota en la guerra, en el principio del fin del terrorismo de Estado en Argentina.

El 70% de los soldados que participaron en la guerra de Malvinas eran conscriptos. Muchos de ellos tenían entre 19 y 20 años y provenían de distintas regiones del país, con climas completamente distintos al que debieron afrontar en las islas. Combatieron con mucha valentía en condiciones adversas debido a la enorme improvisación de los responsables de la conducción política y militar. Durante el conflicto bélico, murieron 649 argentinos y resultaron heridos 1093.

En los años de la posguerra, se calcula que más de 400 ex combatientes se quitaron la vida. Este alto índice de suicidios no sólo debe atribuirse a los efectos traumáticos de una experiencia límite como la guerra, sino también a causa de la falta de reconocimiento social en los años posteriores al conflicto.


GUERRA Y SOCIEDAD: LA CUESTIÓN MALVINAS DURANTE EL TERROSIMO DE ESTADO

La guerra de Malvinas aporta un nuevo ángulo para comprender los efectos del terrorismo de Estado en Argentina. Enumeramos a continuación algunas razones en este sentido:

La gran mayoría de quienes combatieron en Malvinas eran jóvenes, que en una importante proporción pertenecían a las clases populares y medias de todo el país. Ello es coincidente con los rasgos de muchos de quienes desaparecieron en los centros clandestinos de detención, es decir, que también eran jóvenes de clases populares y medias. Esta coincidencia no es azarosa: la muerte fue uno de los principales destinos asignados a los jóvenes de estos sectores sociales en tiempos de la dictadura cívico-militar.

Los días de la guerra arrojan también un nuevo prisma para pensar la relación entre dictadura y sociedad. Como es sabido, la dictadura reprimió ferozmente toda manifestación u organización política, sindical, o simplemente de masas, que intentara denunciar sus crímenes y los efectos sumamente regresivos de su política económica. Sin embargo, lo que también es significativo es que los militares tendieron a rehusar, a diferencia de otros gobiernos autoritarios de estas características en el mundo, la organización de movilizaciones en su apoyo, probablemente porque los militares argentinos identificaban a las movilizaciones populares con componentes reivindicativos y por ende con episodios que podían constituirse en un “foco de desorden”. De este modo, prefirió que los apoyos sociales con los que sin duda contó se manifestaran de otro modo que a través de movilizaciones masivas en la escena pública.

Sin embargo, en dos momentos muy precisos estableció un paréntesis en esta política de bloquear las manifestaciones públicas: durante los festejos por el mundial de fútbol de 1978 y, justamente, durante la guerra de Malvinas, donde asumió un rol activo, sobre todo el 10 de abril de 1982, en la convocatoria de la manifestación que colmó la Plaza de Mayo.

Visto desde el punto de vista de la sociedad, sería un reduccionismo afirmar que las movilizaciones que se desataron en todo el país durante los días de la guerra significaron un apoyo abierto a la dictadura. Como en todo el período del terrorismo de Estado, hubo complicidades, resistencias y matices.

En líneas generales puede decirse que la sociedad reaccionó en apoyo a la recuperación de las islas, aunque hay que señalar que quienes rechazaban la maniobra militar (o simplemente entreveían un desenlace sombrío –a medida que se desarrollaron los hechos, este sector se tornaría cada vez más numeroso), tenían escasas chances para manifestar públicamente sus disidencias.

Asimismo, hubo movilizaciones espontáneas y organizadas en diferentes lugares del país. De todos modos, el apoyo tenía sus matices: algunos apoyaban la causa anti-imperialista (la posibilidad de denunciar, a través de Malvinas, la dependencia colonial frente a Inglaterra) pero se oponían al gobierno militar; otros no distinguían entre una cosa y otra (en Plaza de Mayo, el 2 de abril, un cartel decía “Viva la Marina”); y otros veían que esta causa les permitía volver a la calle para hacer política. Las consignas en las plazas revelan estas divergencias: algunos carteles decían “Las Malvinas son argentinas” y otros “Las Malvinas son de los trabajadores y no de los torturadores”. Las Madres de Plaza de Mayo, como vimos en la imagen, también mostraron sus palabras: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. Con ello planteaba un interrogante muy profundo: ¿cómo la sociedad que había producido el enunciado “Las Malvinas son argentinas” había también producido a los desaparecidos?

De todos modos, el apoyo de la población se concentró, sobre todo, en la figura del grueso de los soldados que estaban siendo enviados a Malvinas: la población empaquetó y envió donaciones para estos muchachos; los niños y los adolescentes enviaron, desde las escuelas, cartas de apoyo, dirigidas a un genérico “Soldado Argentino”.

Por otra parte, la guerra se experimentó de manera diversa a lo largo del territorio continental argentino. Los habitantes de las ciudades patagónicas, que convivían con bases aéreas o eran asiento de unidades, vivieron una fuerte militarización de su vida cotidiana debido a las precauciones propias de la organización de la Defensa Civil. Muchos aún recuerdan las salidas de las escuadrillas, los oscurecimientos y la angustia al ver que los aviones que regresaban eran menos que los que habían salido. Por otro lado, en algunas regiones como Chaco, Corrientes y Misiones, por poner tres ejemplos, la cantidad de soldados que fueron de esas provincias en proporción a su población generó una preocupación extendida ya que eran muchos los que tenían un hijo, un sobrino, un nieto o un amigo que había sido convocado. Finalmente, en algunos importantes centros urbanos la guerra se experimentaba según las noticias de corte triunfalista que emitían los medios de comunicación.

La represión clandestina encarada por las Fuerzas Armadas durante los años 1976-1983 no sólo envileció a muchos de sus integrantes, sino que tuvo efectos degradantes para la institución, que no supo afrontar una experiencia para la cual supuestamente debía estar preparada: la guerra. Esa degradación, de algún modo, puede percibirse en la gran improvisación y en los numerosos errores políticos y militares que se cometieron en el planeamiento y en el curso de la guerra. El Informe Rattenbach, cuya desclasificación se produjo en 2012 por orden de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, detecta distintos tipos de fallas, entre ellas, fallas de orden político, en el planeamiento, en la conducción y en la (elección de) oportunidad.

Entre las fallas de orden político, se mencionan, entre otras cosas, (i) no haber calibrado la reacción británica; (ii) decidir el desembarco en condiciones de alta improvisación; (iii) no haber prevenido las acciones diplomáticas del Reino Unido, que concitaron grandes apoyos durante la guerra; (iv) no acatar la Resolución 502 de la ONU que solicitaba el retiro de las tropas para restablecer las negociaciones, conduciéndose así a una guerra inevitable con un pronunciado aislamiento internacional; (vi) no aprovechar oportunidades para el cese del fuego, como las negociaciones con Estados Unidos, la propuesta de Perú y la negociación con las Naciones Unidas. Entre las causas de la derrota en el orden del planeamiento, se enumera, entre otras, que (i) haber dejado de lado el plan original de tomar las islas para ulteriormente seguir la vía de la negociación; (ii) adelantar indebidamente el desembarco, justo en el momento más desfavorable en términos climáticos, con soldados provenientes acostumbrados a climas de otras latitudes, a meses de que el Reino Unido decidiera el retiro de parte de su Marina de Guerra de las Islas a causa de la crisis económica, etc.; (iii) la premura en el desembarco generó un alto nivel de improvisación y condicionó el planeamiento estratégico de defensa, atribuyendo en general a los comandos tareas inadecuadas; entre las fallas de conducción que señala el Informe, se destacan (i) la inexistencia de una conducción centralizada, lo que dificultó la organización de la toma de decisiones y la obediencia en la cadena de mandos; (ii) que no haya existido una acción conjunta desarrollada entre las Fuerzas, lo que constituye un caso insólito en la historia moderna de las guerras; (iii) que existió un total desconocimiento de las condiciones físicas, anímicas y espirituales de la propia tropa como de las posiciones británicas a partir de mayo de 1982. Finalmente, no menos lapidarias resultan las fallas que el Informe detecta en la oportunidad en que se encaró la guerra, ya que (i) el país vivía una severa crisis interna, de índole económica, política y social; (ii) la posición internacional de la Argentina estaba siendo cuestionada por la violación de los derechos humanos; (iii) las relaciones del país con los países No Alineados estaban deterioradas por el apoyo de la dictadura a los golpes de Estado en los países centroamericanos, con el destacado ejemplo de Nicaragua; (iv) al adelantarse el desembarco, el equipamiento no estaba acondicionado, las tropas no estaban lo suficientemente adiestradas y, como se dijo, se eligió la peor época del año.