Hervé Fischer
Hervé Fischer

—Usted se trasladó de Francia a Canadá hace más de 20 años. ¿Qué razones lo llevaron a irse de su país natal, sus ideas primigenias sobre lo digital no fueron bien recibidas en Francia?

Hervé Fischer:—Emigré de Francia a Quebec, Canadá, a comienzos de los 80, por razones muy específicas. Yo tenia éxito en Paris como sociólogo, era profesor maître de conferences en Sociología en La Sorbona/París V, y tenía una amplia casa que en parte había construido yo mismo, tanto por el deseo de experimentar como obrero el trabajo manual como por falta de dinero. En ese momento conocía casi todo de la vida en Francia: los valores, las estructuras sociales y sus complejidades, los paisajes, los comportamientos, las reflexiones; y conocía también mucho de la vida en Europa. Pero tenemos solamente una vida, al menos cada vez. Por eso me atrajo siempre la idea de cambiar de escenario sociológico y comenzar una segunda vida con tabula rasa. Consideré dos escenarios posibles y muy diferentes: ir a México o ir a Canadá, a Quebec. Finalmente, y por razones más personales, la decisión fue ir a Montreal. Fue una experiencia fundamental para mí verificar hasta qué punto me encontré libre de mi pasado y capaz desarrollar nuevas ideas, nuevas actividades profesionales y personales. Eso me ha permitido por ejemplo descubrir que la canadiense es una sociedad en la que la filosofía y la vida intelectual no valen mucho en comparación con el mundo de los ejecutivos, el pragmatismo y los negocios, es decir el economicismo. Después de unas experiencias de trabajo ad honórem, creé empresas sin objeto de lucro –como la Cité des arts et des nouvelles technologies, de Montreal, y el Festival Téléscience–, o con objetivo comercial como el MIM –Mercado Internacional Multimedia–, o el Cybercafé (el primero en Canadá, en 1995). Arte sociológico es también una experiencia existencial individual, y por eso vale “triangular”, como se dice en cartografía; es decir, cambiar nuestro punto de observación y nuestra implicación en la sociedad. Esa experiencia me ha dado más libertad mental, me ha permitido experimentar nuevas posibilidades de vida y conocer una “cosmogonía” diferente de la europea. Además, me ha permitido descubrir una sociedad mucho más adelantada en el campo de lo digital. Sigo además viajando mucho, para entender también algo de las cosmogonías de África, de Asia, de la India. Es salir de la casa para descubrir el mundo en su diversidad y con sus contrastes de valores, estructuras e imaginación, todos igualmente valiosos y que se enriquecen a través del diálogo y de la implicación

—¿Qué es el Médialab quebequés Hexagram? ¿En que áreas se especializa?

—Cuando tuve la cátedra Daniel Langlois de Tecnologías Numéricas y Bellas Artes en la Universidad Concordia (2000-2002), desarrollé el concepto y plan de trabajo del Médialab quebequés. Mis ideas se puede leer en El choque digital (Untref, 2002). Pero no deseo responder esa pregunta; pienso además que Hexagram necesitará más tiempo para tener éxito.

—Con respecto a la utilización de nuevos soportes, ¿cómo fue la experiencia de publicación de su e-book? ¿Lo volvería a hacer?

—En el primer capítulo de El choque digital puede leerse toda la experiencia y la evaluación de la publicación de mi libro Mythanalyse du futur on-line. El libro puede leerse e imprimirse gratuitamente en mi sitio web www.hervefischer.ca. Hice la publicación con mucha esperanza, y tuvo éxito inicial. Pero esa experiencia me ratificó la afirmación de McLuhan: un nuevo medio no mata a un viejo medio. No se puede –como se hace siempre en los comienzos– poner viejos contenidos como textos de un nuevo medio, como es el electrónico. Las páginas web nunca se leen como las páginas de un libro. Y eso confirma que un libro es un libro y vale muchísimo como libro. La Web es web y no conocemos aún bien todos sus nuevos usos específicos. El fracaso del negocio de los e-books lo ha confirmado desde mi experiencia personal, y volví después de esa experiencia a publicar mis libros en casas editoriales tradicionales. Un libro es un objeto tecnológico muy perfecto, y vale la pena. El desarrollo de internet nos va a ayudar a redescubrir sus calidades específicas y a explorar también los usos digitales en nuevas direcciones.

—En su obra El choque digital usted habla de una equivalencia entre la era de lo numérico (la actual) y la era del fuego o del hierro, como épocas que han llevado a repensar todas las categorías de análisis. ¿Cómo cree que debiera pensarse o repensarse la educación en la actualidad latinoamericana? ¿Cuál es su posición teórica con respecto a la utilización de las TICs en la educación?

—Yo tengo la certeza intelectual de que la edad numérica es tan importante y decisiva para nuestra aventura humana como el descubrimiento del manejo y de los usos del fuego. Por eso hablo de CyberPrometeo hoy, que es el título de mi libro de 2003 que la casa editorial de la Untref ha decidido también traducir y publicar próximamente. En el campo de la educación hay mucha confusión respecto de los desafíos de lo digital. Hay un sueño irreal y peligroso de una escuela y una universidad sin papel, totalmente virtual. La verdad es que el e-learning vale mucho como herramienta complementaria de la escuela y la universidad tradicional. ¡Pero no vamos a olvidar al libro y reemplazarlo por películas o programas de televisión, ni tampoco por páginas web! Atravesamos una doble crisis: la sempiterna de la pedagogía tradicional y la de la cyberpedagogía; la acumulación de ambas hace todo más y más difícil. Pero se podría considerar que una pedagogía estabilizada, sin crisis permanente, no tendría valor o aún sería peor en un mundo de crisis y cambios radicales. Hoy la pedagogía no consiste tanto en llenar una cabeza de contenidos, sino en aprender a aprender. Pero los dos modelos: la pedagogía tradicional y la cyberpedagogía se presentan como dos concepciones contrarias, que se niegan la una la otra. Eso refleja la oposición entre el libro y la web, entre el racionalismo del Renacimiento y el post racionalismo de la edad digital. La crisis del posmodernismo significa una toma de conciencia de la crisis del pasado, pero falta conciencia de la venida de la edad digital. Lo sabemos ahora. Es el tema de mi libro El choque digital y también el de mi próximo libro: La planète hyper (VLB, febrero de 2004). En el entorno latinoamericano no es diferente la problemática. Tenemos que continuar defendiendo la importancia del libro y de la enseñanza de la historia en las escuelas y universidades para equilibrar al poder enorme de lo digital en la sociedad. Considero lo digital como ineliminable y el puente necesario entre la institución educativa y su entorno. En la escuela se necesita redescubrir y enseñar el valor del libro, sus usos pedagógicos específicos, además de enseñar los usos de calidad de Internet (alfabetización digital) en la vida, es decir: –cómo se busca información, etcétera; –desarrollar nuevos contenidos interactivos de calidad; –formar a los profesores en la cyberpedagogía; –explorar y hacer investigación en el campo de la cyberpedagogía: cómo pensarla, usarla, posicionarla como medio complementario a la pedagogía del libro. La crisis de pedagogía de hoy es el síntoma más significativo del paso de la edad del fuego a la edad digital. Todas las problemáticas del cambio se condensan y reflejan al interior de la institución educativa.

—La mayoría de sus trabajos ponen en conjunción el arte, la ciencia, la política y la tecnología. ¿Cree que es necesario evitar las categorías aisladas de análisis social y empezar a cuestionar desde lo interdisciplinario?

—Mi método fue siempre la transversalidad y la triangulación. Yo busco los rastros (les traits) de la cosmogonía social y de sus estructuras, y valores globales. Por eso se necesita analizar la arquitectura del conocimiento, pero también atravesarla para descubrir los ecos de unas disciplinas en las otras Y lo hago no solamente en el campo intelectual, sino también en mi vida, que es por eso muy atípica. Es importante la implicación de una postura intelectual en la experiencia existencial. La interdisciplinariedad vale como una necesidad de desestabilización epistemológica, pero mi postura es mucho más radical. Y muy especialmente es la de buscar siempre una actitud y una actividad de artista-filósofo: el arte es algo mental, pero permite escapar de los límites y la rigidez de los conceptos, de la lógica racional; ir afuera del racionalismo clásico, muy rígido, estrecho y puritano, y permitir a través de la práctica artística tocar de nuevo a la imaginación, a lo irracional, a las pulsiones, a la dimensión corporal y erótica del pensamiento que el racionalismo clásico esconde bajo la alfombra. El arte es mi taller de investigación y necesito intentar también el uso del pensamiento conceptual y de la escritura para ir adelante. Para mí el arte vale tanto como la actividad filosófica para buscar de modo audaz la lucidez. O vale tan poco: todo es mítico, tanto el racionalismo como el arte, como la lucidez, como la lógica, como la imagen científica del mundo. Todo es irracional, metafórico, deseo y enigma. Arte, ciencia, filosofía valen por sus vínculos, sus contradicciones, sus coherencias y lógicas paradójicas. Valen más en la confrontación de los tres que cada uno individualmente. Es un diálogo permanente, como de tres personas en un intercambio de mucha excitación con una botella de buen vino y adrenalina. Me atraen con pasión todos. Pasión activa y crítica.

—En una última charla usted habló de la tecno-ciencia. ¿Cómo diferencia esta disciplina de la filosofía y de la concepción tradicional de ciencia?

—La tecno-ciencia se sirve y depende de la tecnología y de los lenguajes digitales. Se desarrolla hoy según una lógica tecnológica, y considera implícitamente el mundo como un algoritmo complejo que tiene que ser descifrado con las herramientas digitales. Se encierra en la metáfora de lo digital, así como se encerró en el pasado en la metáfora de la providencia, del organismo o del mecanismo. Hoy la metáfora es cibernética. ¿Hasta cuándo? La tecno-ciencia, cuando intenta escapar de la lógica tecnológica se pregunta sobre su dimensión metafórica, y se torna filosofía. O se vuelve arte. Se enfrenta con la conciencia de la cosmogonía, de la imagen del mundo, de la estética implícitas en sus representaciones fundamentales. Por eso, la tecno-ciencia es diferente de la filosofía. No puede preguntarse por los postulados filosóficos de los que depende. Los filósofos lo hacen, o podrían hacerlo si tuviéramos buenos filósofos que hubieran reflexionado sobre la tecno-ciencia y la edad digital. Apenas existen. La tecno-ciencia trabaja con lenguajes binarios, con cuatro códigos base como el ADN o más en la física cuántica, y está para seguir su utopía tecnológica hasta el poshumanismo y otras fantasías de imaginación científica ingenua. Los artistas de hoy descubren que la tecno-ciencia se vuelve el motor de la evolución humana, y en algunos casos ilustran eso, pero tienen menos imaginación, audacia y creatividad que los investigadores científicos. Siguen adelante, pero mal. Pero al menos dan al público el acceso a preguntas y tomas de conciencia muy importantes respecto de la aventura tecno-científica de nuestro tiempo. Se podría decir que hay imaginación y creatividad –mucha, y al mismo nivel– en los filósofos, investigadores científicos y artistas buenos. Pero hoy parece que solamente los investigadores científicos son buenos. Faltan los artistas y los filósofos de la edad digital. La tecno-ciencia avanza mucho más rápidamente que nuestra conciencia humana, que nuestras ideas. ¡Acelera, aun cuando seguimos teniendo tantas dificultades! Por eso vivimos, en el siglo XXI, siempre más y más peligrosamente, dangereusement.

-¿Existe una brecha generacional en los grados de digitalización? ¿Puede decirse que entre un abuelo y un nieto ya no hay puntos de contactos tecno-emocionales?

-La fractura –la brecha– digital, se encuentra no solamente entre las civilizaciones del Norte y las del Sur (para mí la Argentina es un país del Norte del Sur), sino también al interior de las sociedades, entre sus distintos grupos y entre las generaciones. Alejandro Piscitelli –el mejor pensador argentino de las problemáticas digitales– ha publicado análisis importantes sobre la cuestión de la inclusión y exclusión social en relación con las comunicaciones digitales. Pero me parece que esa brecha no tardará tanto en cerrarse como la de la alfabetización posterior a la imprenta de Gutenberg (¡cinco siglos después tenemos en el mundo 2 mil millones de personas analfabetas!). El acceso al lenguaje digital se hace con íconos y alfabeto táctil y pictográfico. Y se hará con la voz en el futuro. Volvemos con lo digital –paradójicamente– a un lenguaje primitivo, multisensorial y de acceso mucho más fácil que el del alfabeto fonético. Y por eso incluye mucho más directamente lo emocional, la implicación existencial (y la dependencia psicológica).

Pido disculpas por las respuestas cortas y un poco superficiales; sus preguntas necesitarían mucho más espacio y tiempo para permitirme contestar a sus complejidades. Después de nuestro encuentro en Buenos Aires, estuve en Europa y acabo de regresar a Montreal. Quiero saludar a todos los amigos y amigas que encontré en Buenos Aires. Siempre iré allí con impaciencia por encontrarlos otra vez.


Fecha: noviembre de 2003