28092005

Daniel Link tiene a su cargo la cátedra de Literatura del Siglo XX, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. A ella le debe, como él mismo dice, el privilegio de haber podido inscribir su voz –y su sueño, y sus deseos pedagógicos– en un área, la de las literaturas comparadas, que no tenía tradición previa.

Buena parte de su experiencia como docente transcurrió en el ámbito de la escuela media, donde dio clases de Literatura argentina e hispanoamericana, coordinó talleres de publicidad, periodismo, medios masivos y comunicación, y dictó cursos y talleres de especialización para docentes. Publicó tres libros de texto para la escuela media: El pequeño comunicólogo (ilustrado), Literator IV. El regreso y Literator V. La batalla final.

Durante varios años fue el director de Radar libros, el suplemento literario de Página/12. Muchos de los artículos que publicó allí pueden leerse hoy en su blog, que Link ha trasformado en un espacio de intensa productividad y que le permite investigar la relación entre la escritura y las nuevas tecnologías.

—Tanto en su último libro, Clases, literatura y disidencia, como en el anterior Cómo se lee, está presente el tema de lo pedagógico. Usted dice ahí que las clases de Literatura del siglo XX que dicta en la UBA son uno de sus principales espacios de intervención, tanto como lo es la escritura. ¿Cómo se transforma la práctica docente en una intervención?

—Me pregunto, más bien, cómo podría ser otra cosa. Enseñar algo relacionado con la literatura, en cualquier curso de todos los niveles escolares, supone un debate sobre el sentido. Al menos en relación con eso debo ser consciente de que (más allá de los protocolos pedagógicos) intervengo en una batalla sobre significaciones. Y, naturalmente, sería ilusorio, en este punto de desarrollo de los estudios culturales y de la pedagogía, presuponer que esa intervención solo afecta a la literatura. Propongo afirmaciones, discuto premisas: siempre, se trata de sostener un discurso sobre la vida y sobre las cosas de este mundo. Cuanto más consciente sea uno de eso que sucede en el aula, mejor preparado estará para evitar arbitrariedades groseras.

—Sus libros de texto escolares, Literator IV y Literator V, ¿cómo se posicionan en este debate sobre el sentido?

—Creo que mis Literator fueron los primeros en introducir la perspectiva de las literaturas comparadas en la escuela media. Al hablar de literaturas comparadas me refiero a una manera de leer necesariamente relacionada con determinadas crisis históricas como la crisis de las literaturas nacionales (correlativa, naturalmente, a la crisis de los Estados-nación modernos). Sería hoy difícil leer una literatura nacional (en un corte determinado o en su desarrollo histórico) sin referencia a otras literaturas. Comparar procesos puede ser un buen ejercicio analítico.

—¿Proyecta volver a escribir libros de texto escolares?

—Son los únicos libros que tiene sentido escribir. Solo que ahora, con internet, tal vez sea un trabajo innecesario.

—¿Por qué?

—Porque si el modelo de libro escolar son la enciclopedia y el manual, internet ofrece precisamente eso: una enciclopedia infinita y un manual en perpetua transformación. Como herramienta de investigación y docencia, internet es hoy insoslayable. No debería haber una sola biblioteca escolar que no estuviera conectada a la red.

— En un artículo publicado en Página/12, Roger Chartier habla sobre jóvenes «que no leen» en un mundo inundado de textos. Si es así ¿para quién se escribirá la literatura del futuro?

—La literatura del futuro se escribirá para los lectores que hoy se están formando (en la escuela y fuera de ella). Tengo la impresión de que la literatura nunca fue una instancia excesivamente democrática en relación con los públicos (basta pensar en Góngora, que seguramente no era un autor popular en su época, o en Cervantes, que dejó de serlo muy rápidamente). Si nos preocupa que los jóvenes y los niños lean mucho o poco y qué es lo que leen no es tanto por la salud de la literatura sino por la posibilidad de que hagan con sus vidas cosas más ricas (es decir más variadas) que las que enseñan la televisión, el deporte y los parques de diversiones.

—Cuando dice que la literatura nunca fue excesivamente democrática, ¿quiere decir que los lectores siempre han sido y serán una minoría?

—Hasta la alfabetización obligatoria, durante el siglo XIX, en sentido estricto. Luego, los lectores de literatura (y los consumidores de arte) fueron siempre una minoría (una fracción del público). Los raros momentos de masificación de la literatura son famosos precisamente por su excepcionalidad.

—Chartier dice también que el problema es cómo pasar de una lectura salvaje de objetos no canónicos o no reconocidos como lectura a la tradición letrada: «porque leer una revista de motos es leer y leer a Shakespeare es leer, pero no todas las lecturas son equivalentes». ¿Cómo podría la escuela avanzar desde esta lectura salvaje o espontánea hacia la tradición letrada, sin quedarse sorda a las demandas literarias de sus alumnos?

—Me parece que la escuela no debería tener en cuenta en lo más mínimo las demandas de sus alumnos en lo que a gustos literarios se refiere, en el mismo sentido en que no las tiene respecto de las propiedades de las líneas, las figuras y los sólidos o la posición de determinados elementos químicos en una tabla periódica.

—En una entrevista usted dice que la cultura letrada y las ciberculturas son aliadas, y opuestas a la barbarie mediática. ¿Cómo explica esta continuidad?

—Es que si a algo equivale internet es a la escritura (y por lo tanto a la cultura letrada). Supone el mismo salto cualitativo. No se trata solo de que internet equivalga a la imprenta (lo que, sin embargo, alcanzaría para garantizar esa «continuidad»), sino de que equivale a la escritura, algo que separa los tiempos históricos de los prehistóricos. No quiero decir, sin embargo, que se trate de  «más de lo mismo», sino que las ciberculturas tienen una relación mucho más armónica con la cultura letrada que con la cultura industrial.

—¿Desde qué punto de vista internet y la escritura son equivalentes?

—Desde todos los puntos de vista (cognitivo, político, etc.), internet equivale a la escritura: como herramienta de publicación y distribución de información, como archivo, como espacio de reelaboración de la memoria, como diccionario semántico instantáneo, como gramática virtual y como estabilizador de estados de lengua. Internet ha llevado la escritura tan lejos que hoy nos parece imposible imaginar un mundo escrito previo a las computadoras.

—¿Y por qué internet y la cultura industrial son opuestas?

—Es probable que muchos piensen que internet no hace sino continuar la cultura industrial por otras vías, teniendo en cuenta la convergencia de medios que la digitalización parece estimular. Lo cierto es que internet, como la escritura y como la imprenta, ofrece mucho más (basta con navegar un poco por la Wikipedia) que entretenimiento anestésico (que es lo único que podría sostenerse hoy acerca de la televisión).

—Y si es así ¿por qué internet muchas veces es objeto de las críticas que otrora se le hicieron, también desde la escuela, a la televisión?

—¿Es tan así? Si así fuera, podríamos decir que Internet es una tecnología que puede servir para cualquier cosa (incluso para la televisión, entiendo que usamos la palabra televisión en un sentido completamente emblemático). Pero me parece más probable que internet se perciba como algo que va en otra dirección. Por eso hay muchos portales educativos (empezando, claro, por los estatales) y políticas para llevar internet a las escuelas.

—Tomando, por ejemplo, el caso de los blogs y las nuevas formas de contar historias, y de leerlas, que surgen asociadas a estos formatos digitales, ¿cómo podrían incluirse en las clases de literatura?

—¡Líbrenos el cielo de algo semejante! Las clases de literatura tienen ya suficientes contenidos de los cuales hacerse cargo. La escuela no es una institución que deba tener una relación servil con el presente, sino todo lo contrario.

—¿Quedarían fuera de un programa de literatura, entonces?

—En relación con determinadas temáticas, pueden servir como herramientas de investigación.

—¿No podrían desplazar los blogs de hoy a los talleres de escritura de ayer?

—Muy probablemente. Son un gran entrenamiento de escritura, pero no todo el mundo lo toma de ese modo. Hay mucho espontaneísmo.

—En Cómo se lee, usted dice que en nuestra época se modifica el estatuto del arte y que hay arte digital (se trate de música, literatura o artes visuales) al alcance de todos. ¿Esto, que podría leerse como la utopía de las vanguardias hecha realidad, no implica la muerte de la literatura?

—Sí, la muerte de la literatura tal como la conocíamos. Dicho de otro modo: el nacimiento de una nueva forma de concebir la literatura.

—¿Cómo sería?

—No solo se trata de la transformación del estatuto legal de la literatura sino de su estatuto ontológico. Liberada la literatura del soporte libro vuelve a tener una estrecha imbricación con la vida y vuelve a ser lo que auguraban las mentes más lúcidas de comienzos del siglo XX (Valéry o Walter Benjamin, por ejemplo): un estímulo sensorial. En ese sentido, podemos decir que la literatura deja de  «ser» algo continuo, pierde propiedades de objeto, y en cambio opera como una fuerza: «hay» literatura porque (cuando) hay performance literaria.

— ¿Eso significa «que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno»?

—Más exactamente: que el mundo mejore, aunque yo no esté para disfrutarlo.


Fecha: Septiembre de 2005
Foto: Nora Lezano