07062006Enrique Belocopitow tiene ochenta años y es uno de los principales referentes del Instituto Leloir. Doctor en Química, por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, fue investigador principal del Conicet hasta que se jubiló en el año 1992. A partir de entonces, se dedicó a la divulgación científica y a la formación de periodistas, muchos de los cuales trabajan actualmente en los principales diarios, revistas, instituciones de investigación, universidades y editoriales del país.

En esta entrevista, Belocopitow recorre la historia del periodismo científico en el país. Corrían los años ’80 y los investigadores del Instituto, entre los que estaba Leloir, se reunían al mediodía, para hacer seminarios de trabajo, de la bibliografía, y para almorzar. Uno de los temas de conversación bastante habitual en estas reuniones era que lo que hacían era completamente desconocido por la mayoría de los argentinos: “Teníamos resonancia internacional, pero el país no se enteraba”, comenta Belocopitow.

¿Qué tiene en común el trabajo de los investigadores y la enseñanza de ciencias en la escuela? ¿Qué puede aportar el periodismo científico para que las clases sean más atractivas? Nuestro entrevistado también habla de estos temas y de las actividades llevadas a cabo por el Instituto Leloir con el objeto de acercar la investigación científica a las escuelas primarias y secundarias, y a la sociedad en general.

Por Carolina Gruffat

— El Instituto está dedicado principalmente a la investigación, aunque también dicta cursos de periodismo científico y lleva a cabo otras actividades de formación...

—Sí, en realidad, en el Instituto es un poco al revés de las universidades porque en las universidades la actividad que toma más tiempo y en la que se invierte más, es la docencia; sólo en las buenas universidades hay investigación experimental –en la mayoría es escasa o nula-. Esto es así sobre todo porque la investigación de bioquímica, médica, física, es cara; necesita laboratorios, equipos.

— ¿En qué consisten, entonces, las actividades de formación del Instituto?

—Algunos de los investigadores que tienen un cargo en la universidad dan clases para la universidad en el Instituto. Y además hay cursos más especializados, vinculados con las actividades de investigación del Instituto.

— ¿Cómo surge la idea de dedicarse a la divulgación científica?

—Lo que pasó fue lo siguiente: en el Instituto la gente se reunía al mediodía, para seminarios de trabajo, comentarios de la bibliografía; y también para almorzar. Un tema de conversación bastante habitual era que lo que hacíamos era completamente desconocido para los argentinos –estoy hablando de principios de los años ochenta-; teníamos resultados exitosos, que tenían resonancia internacional, pero el país no se enteraba. Por otro lado, con motivo de los problemas que hubo sobretodo después del sesenta, del golpe de Onganía, de recorte de aportes de la universidad, del Conicet; el Instituto pensó en buscar fondos digamos heterodoxos, de empresas, gente.... Yo intervine en eso, salí a buscar fondos. Y fui a ver a un jefe de redacción de La Prensa, para ver si podía escribir sobre las actividades del Instituto. A partir de que empezaron a aparecer las notas sobre el Instituto en el diario y cuando uno iba a hacer un pedido de apoyo, había mucha mejor respuesta. Eso me hizo pensar que la parte de prensa era importante para que la población considere que la actividad de investigación es positiva.

— En este sentido, ¿la divulgación científica tiene una función pedagógica?

—Claro, un país en el que el pueblo y las autoridades son concientes de que el progreso del país depende de la aplicación y del conocimiento de la ciencia, es distinto de otro que considera que la ciencia es un adorno y no sirve para nada.

— ¿Y cómo hacer esta divulgación? ¿Cómo se dan a conocer los avances científicos?

—Lo que suelen usar los investigadores para la divulgación es una revista. En este caso yo pensé que no era lo mejor, porque el que compra una revista ya tiene algún interés en la ciencia; de modo que pensé que había que publicarlo en los medios masivos. En esa época, la década del ’80, Clarín era el diario de mayor circulación de América Latina –bueno, todavía deber ser-, se calculaba cerca de un millón de ejemplares en el día. La Nación tenía un poco menos de la mitad. De cualquier forma, se calcula que a cada periódico o revista vendidos lo leen cuatro personas. Hablé con jefes de redacciones, editores, con los directores de las cuatro agencias de noticias de ese momento que eran Télam, Diarios y Noticias, Noticias Argentinas y Saporiti (que ya no existe), y todos, sin excepción, me dijeron que no era un tema de interés. Yo creo que era un círculo vicioso: al considerarlo que no era un tema de interés, los medios no ponían ese tipo de noticias. No obstante, pensé que valía la pena hacerlo y empezar por los medios escritos que son de más fácil manipuleo, porque para hacer televisión o radio hay técnicas especiales.

— ¿Por qué es el periodista, y no el científico especializado en una disciplina, el que escribe la nota de la ciencia?

—Cada uno tiene sus pro y sus contra. La mayoría de los periodistas no tienen formación científica, pero saben cómo escribir para llegar a la gente; en cambio, los investigadores saben escribir para sus pares, pero no para el público. Con lo que llegamos a la conclusión de que había que formar una especie de traductor, que fuera capaz de tomar un trabajo científico original y escribirlo para un público que no conoce el tema. Lo que busqué fueron fondos para becas, y encontré apoyo en el Banco Provincia de Buenos Aires, del Banco Nación y del Banco Ciudad. Con estos fondos, llamamos a un concurso público y enseguida se empezó a trabajar con esos becarios. Lo que yo hacía después era ir a las redacciones para tratar de que publicaran los trabajos.

—En febrero de este año comenzó a funcionar una agencia de noticias científicas y tecnológicas propia del Instituto, en el marco del Programa de de Divulgación Científica y Técnica. ¿Qué motivó esta iniciativa?

—Contamos con becas hasta el año ’98 y después se cortó la fuente de financiamiento. Y además había otro tema: nosotros habíamos dado casi setenta becas, y buena parte de estos becarios se convirtieron en profesionales de la divulgación científica en diarios, revistas, instituciones de investigación, universidades, editoriales. A su vez, muchos de estos becarios formaron gente. Cuando nosotros hacíamos este trabajo lo hacíamos relacionado principalmente con los diarios de Capital: Clarín, La Nación, Página/12, La Razón; y en general se publicaba, hasta que la cantidad de publicaciones empezó a bajar, porque teníamos menos becarios. Pero, en realidad, lo de la agencia surgió porque el tema tecnológico cambió radicalmente –hace 10, 12 años atrás, en los principales diarios no había computadoras, usaban las máquinas de escribir-; y entonces pensé que podíamos abastecer con temas de ciencia a muchos más medios que no fueran los que ya tienen sus equipos formados. Hay más o menos 1.400 medios, entre radio, televisión , diarios y revistas. Hicimos una base de datos con los e-mails de todos esos medios y, después de conseguir fondos para este proyecto, llamamos a concurso público, se tomaron nuevos becarios, y se designó un jefe de redacción, que es un ex becario nuestro. Lo que se hace es recoger, en lo posible, los trabajos de investigadores de acá que tengan resultados, o de la bibliografía.

— Hay cierta idea de que a la mayoría de los lectores no les interesa las notas de ciencia, ¿cómo podrían los medios despertar el interés entre los lectores por este tipo de notas?

—Bueno, con respecto a eso hay varias tácticas. Yo, al principio, era partidario de que los medios hicieran suplementos y, en la época en que nosotros mandamos notas al interior vía Télam, muchos diarios del interior armaban sus suplementos con mucho material que nosotros mandábamos: Trelew-Rawson, la Gaceta de Tucumán, etcétera. Pero, después, otra gente que había profundizado en el tema me dijo que para la mayor parte de la población, a la que no le interesa la ciencia, era mejor que la información esté en el cuerpo principal, así al llegar a la parte donde están las notas de ciencia, lee los títulos, y por ahí alguno le interesa, y lee la nota.

—El problema en este punto, según Adrián Paenza, podría ser que la ciencia responde preguntas que la gente no se formuló previamente, y que por eso quizás carezcan de interés…

—Bueno, algunas preguntas se hacen por necesidad propia, problemas de salud, por ejemplo, un pariente tiene algo o -todos somos hipocondríacos- consideramos que tenemos algún problema-, problemas de trabajo, problemas vinculados con la actividad de uno, problemas que tienen que ver con algún hallazgo científico, tecnológico, etcétera. Inclusive me decían que hay que tratar de incluir notas no sólo en la sección de Ciencia, sino también en Rural, Economía, Política, inclusive en Deportes. Yo me acuerdo que hice una nota para Clarín, que no tenía un gran mérito, donde contaba que en la época en que Houssay era director del Hospital Alvear, en la sala 6 u 8 se había internado Gardel y él hablaba con Gardel porque los dos hablaban en francés. Houssay decía que Gardel debía ser francés porque tenía muy buena pronunciación, pero además, con motivo del código genético, había una simbología genética de cuatro a tres en el código genético y de cuatro por dos en el tango. Era un juego, un divertimento, pero estaba en la sección de Tango. Y a veces había sistemas que hacían música sintética, por computadora, y entonces la metíamos en la parte de Artística. Quiero decir, creo que esa es una buena práctica.

—En las notas que circulan hoy en los medios, ¿ve que hay maneras novedosas de contar o mostrar cierta información científica?

—Bueno, eso es lo que hace habitualmente un buen divulgador: trata de hacer los símiles, las comparaciones... alguna gente dice que eso no es fidedigno pero a eso hay que verlo como que el conocimiento se va ampliando. La gente va aprendiendo, haciendo una especie de depósito de conocimiento, que va creciendo a medida que va recibiendo nuevos conocimientos, información, probando –evidentemente, una de las cosas que más enseña es cuando uno mete la mano-.


LA ENSEÑANZA DE LA CIENCIA DEBERÍA PROMOVER UNA ACTITUD DE INVESTIGACIÓN, DE BÚSQUEDA

“Vincular a la enseñanza con la investigación creo que es útil porque cada vez en la vida de todos los días hay un contenido mayor de tecnología”.

—¿Podría decirse que la enseñanza de la ciencia desplaza actualmente su foco de atención de los productos o invenciones a los procesos científicos?

—Bueno, hay un problema en el periodismo, que es una falencia muy grave. En las notas se habla de resultados o de que un resultado puede “servir para”; pero no se habla de cómo se obtuvo ese resultado. Hay libros que sí lo hacen, y algunos lo hacen muy bien, como El octavo día de la creación, de Judson, que cuenta la cocina del código genético, el estudio de la estructura genética, las idas y vueltas, inclusive los problemas de enfrentamiento y competencia de las investigaciones.

—¿Qué recomendaría para enseñar ciencias en la escuela, de una manera más atractiva, y despertar el interés de los chicos?

—Los docentes tendrían que tener algún tipo de formación periodística, en este sentido: aprovechar algunas experiencias de los periodistas o del periodismo, en donde se sabe cómo presentar el tema para atraer a la gente. Por ejemplo, cuando uno escribe una nota para un diario, se tiene en cuenta que lo primero que lee el lector es el título, y que si hay un título que le gusta, tal vez se para, sigue leyendo el copete, que es una especie de resumen, y, si le interesa mucho, aborda el texto completo. También, por otro lado, hay temas que tendrían que ser vinculados con la actualidad. Por ejemplo, el maestro tiene un programa y, fuera de eso, en el ámbito de la vida de la gente, se producen hechos imprevisibles que no se aprovechan. Creo que, cuando hay un fenómeno que conmueve a los chicos, habría que aprovecharlo para explicar algo de ciencia respecto de eso. Ahora tenemos un tema que no tiene nada que ver con ciencia, el tema del Campeonato del Mundo. Pero quizás hay que aprovecharlo, vinculado con la fisiología, con la salud... Quiero decir que esos aspectos que tiene el periodismo, el docente no suele aprovecharlos.

— ¿Puede contar alguna experiencia de enseñanza de este tipo?

—Hicimos unos cursos, que eran talleres en realidad, con maestras de primaria. Eran alrededor de treinta maestras por cada curso, a las que se les planteaba un tema de todos los días –por qué las plantas son verdes, qué es el rayo, o por qué nosotros para respirar necesitamos oxígeno y no otro gas, etcétera-. Cada grupo tenía que responder a esa duda, a ese planteo. Bueno, cada grupo daba una respuesta -la respuesta que se acordaría o se le ocurría a alguno de los miembros-, pero cada una de estas respuestas significaba que el grupo se reunía, discutía... Después se les planteaba que diseñaran algún tipo de experimento o prueba que confirmara o desechara esa hipótesis. Inclusive, en el segundo curso, se les pidió a las maestras que intentaran hacer ese tipo de planteos con los alumnos.

Ante las respuestas y las pruebas que se hacían en algunos casos, sobre todo positivas, las maestras estaban muy eufóricas por haber encontrado una solución. Eso es una cosa bastante común, porque uno se hace la pregunta de porqué los investigadores buscan, quien los empuja -al final de cuentas, en los países no desarrollados no se hacen ricos con su actividad-. Lo que pasa es que la búsqueda de la solución de algo que no se sabe cómo es, es bastante adictiva. La mayor parte de las veces se fracasa porque uno no encuentra la solución o porque, según los experimentos, es equivocada la hipótesis.... es bastante habitual que uno se enamore de una hipótesis porque le parece muy ocurrente, muy inteligente... Pero, de cualquier forma, en los casos en que uno encuentra la solución, y el experimento le está diciendo tu hipótesis está bien, es nueva y es verdadera, el placer del investigador es muy grande.

— ¿La enseñanza de las ciencias podría generar también ciertos hábitos de investigación en los alumnos, que tienen que ver con hacerse preguntas, investigar... ?

—Claro, la vida en una clase no es la vida en un instituto de investigación; son muy distintas. Pero podrían promoverse perfectamente algunas formas de trabajo de los investigadores. Porque hay docentes que enseñan lo que está escrito en los libros, incluso las teorías científicas más avanzadas, pero no hacen investigación, no la conocen. Creo que una de las cosas que habría que incentivar en los chicos es meterse más en los problemas. Qué se yo, en una escuela puede haber una invasión de hormigas, bueno, vamos a estudiar este problema, a ver cómo se resuelve. Cómo vienen las hormigas, cómo se las combate....de esta forma, aprenden qué son las hormigas, que es muy distinto a aprender qué son las hormigas fuera de todo esto, completamente desvinculado de la realidad. Vincular a la enseñanza con la investigación creo que es útil porque cada vez en la vida de todos los días hay un contenido mayor de tecnología. Cada vez es más necesario, para la supervivencia, conocer de qué se trata. Estuvimos hablando de la cultura de los periodistas... la cultura de los investigadores, en general, es útil para un hombre común; primeramente, no esperar que alguien le dé la precisa, buscarla, encontrarla uno. Los investigadores en general se meten a hacer cosas que no saben en qué van a terminar. El investigador toma un nuevo tema y no sabe si va a tener algún resultado, muy buen resultado, ningún resultado.

— ¿Qué podrían aportar las nuevas tecnologías, desde esta nueva perspectiva?

—Había un proyecto que se empezó a hacer con el apoyo de la Fundación YPF, pero está inconcluso. Es una idea muy buena, una especie de manual eterno, interminable, que puede usar cualquier docente de primaria o secundaria, para su enseñanza. La estructura es así: hay temas importantes, por ejemplo, el sistema solar, explicados en una nota simple, sin jerga, de tipo periodística; y ese texto tiene links, palabras claves que permiten acceder a otra nota que, por ejemplo, habla de Mercurio, o de Marte, donde se acota el tema y se profundiza, empieza a haber otro grado de complejidad y de jerga. Asimismo, hay un tercer y un cuarto nivel; este último contiene bibliografía científica, trabajos originales que están en las revistas especializadas. ¿Cuál era la idea? El docente de cualquier nivel puede ir hasta donde quiere, puede, o tiene ganas; tiene que pensar qué nivel de complejidad usa para su clase. Es un lugar de consulta, pero tiene la posibilidad de adaptarse a las distintas necesidades.

—¿Recuerda alguna otra iniciativa llevada a cabo por el Instituto, para acercar la ciencia a los chicos o a la sociedad en general?

—Uno de los proyectos que había pensado y no se pudo llevar a cabo era organizar visitas de un día o de medio día de chicos de los últimos años del secundario para que entren al Instituto, vean cómo es, hablen con los investigadores, que les expliquen cómo trabajan, y respondan sus preguntas: ¿por qué se dedicó a la investigación?, ¿qué le encuentra de divertido? Ya desde hace veinte años en el instituto, alrededor de la fecha del nacimiento de Leloir, que es el 6 de septiembre, dejamos de trabajar un día y abrimos las puertas a quien quiera venir, se visitan los laboratorios, se habla con los investigadores. Esta actividad se llama “Puertas Abiertas”. Un año se presentó al final de la visita un cuestionario, y algunas respuestas eran, francamente, interesantísimas.

—¿Qué queda de Leloir, que fue director durante 40 años, en el Instituto?

—Este edificio se hizo sin el aporte del Conicet ni de la Universidad: se hizo con el aporte del público. Cuando el instituto estaba en la Avenida Monroe estaban muy incómodos: no era un lugar adecuado para investigación. Se pensó entonces en hacer un edificio especialmente para investigación. Cuando se le planteó a Leloir, él dijo: “No creo que yo lo vaya a aprovechar mucho”. Leloir no tenía escritorio, atendía en su mesada de laboratorio y, cuando se hizo este edificio, él no quiso que los investigadores tuvieran oficinas cerradas.


Fecha: Abril de 2006