Mario Méndez
—¿Se manejan criterios de selección distintos cuando se está en el lugar de editor que cuando se está en el de escritor o en el del docente?
—Es buena la pregunta. Aunque se dice que la gente dice «es buena la pregunta»” cuando no la entiende. Y, sí, los criterios de selección tienen relación directa con el contexto. Como editor, en la editorial Crecer Creando tengo mucha libertad de criterio, pero de todas maneras no me salí del cauce porque yo sé que para publicar cosas muy distintas de las que están circulando la editorial tiene que publicar mucho primero, para luego experimentar. Primero tenemos que hacer un fondo editorial que triunfe, para luego publicar cosas más experimentales o de vanguardia.

—Y en este terreno ¿qué autores y libros de literatura infantil de la producción editorial recientes destacaría como más experimentales o que han marcado rupturas?
—Una experiencia muy interesante es lo que pasó con Liliana Bodoc y La saga de los confines. Escuché alguna vez decir a Antonio Santa Ana (editor del Grupo Editorial Norma) que él no sabía si iba a gustar o no, que se arriesgó y fue un éxito. Fue toda una jugada editar un libro juvenil de 300 páginas, del género fantástico, pero con una clarísima referencia latinoamericanista; algo muy raro, pero que tuvo éxito.

»En el caso de nuestra colección Mar de Papel, quizás podría decir que El tercer conjuro es muy experimental, porque está escrito y pensado como una novela de terror del siglo XIX. Espero que muchas profesoras de Literatura lo vean y lo pidan.

»También el famoso cuento Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge), de Luis Pescetti, ¡es excepcional!. Rompe muchas estructuras, la carga del chiste está en el texto, pero también se lo puede entender solo con las ilustraciones. El padre le cuenta el cuento al hijo. Los dibujos son los tradicionales y está Caperucita con la canastita, pero en la imaginación del chico, a Caperucita, cuando se la come el lobo, por ejemplo, se la trae el mozo en una bandeja en un sándwich, mientras el padre se imagina una cosa totalmente diferente. Juegan allí las distintas imaginaciones del adulto y del niño.

—Ahora se estrenó en cine La verdadera historia de Caperucita, y la parodia del cuento infantil tradicional se presenta como algo muy novedoso, pero es algo que en la literatura infantil ya es muy común y con obras muy interesantes; es un procedimiento que los chicos ya manejan y reconocen…
—Sí, claro. Incluso en el cine mismo ya existe un ejemplo bastante reciente que es Shrek, donde se parodian los cuentos de ogros.

—¿Su formación cinematográfica influye a la hora de escribir?
—Sí, ante todo porque me dio mucha experiencia para escribir. Escribía guiones, cortos, etcétera. Y modificó mi manera de escribir porque la hizo muy visual, y con mucha influencia de montaje. En el que aparece más claro es en Brujas en el bosque (Alfaguara), que además empieza con una escena de cine. Varias veces me han dicho que se notaba la impronta cinematográfica en mis cuentos.

—Y cuando era docente ¿cómo enseñaba literatura?¿Qué piensa, cómo habría que enseñar literatura en la escuela?
—Yo era maestro de grado; enseñar a sumar, por ejemplo, lo intenté, pero nunca lo logré. (Se ríe).

»Pero sí, lo mío era la literatura. Los directores, normalmente, al ser varón te ponen en los grados altos y siempre tuve el área de Lengua y Sociales. Lo que yo hacía tenía la profundidad de lo sencillo: yo trataba de trasmitirles el entusiasmo. Me gusta mucho la literatura y los libros que elegía los leía con ellos con mucho gusto.

»Por ejemplo, leímos mucho Harry Potter. Cuando recién salió, me lo compré y lo leí con los chicos. También fueron un éxito con los chicos los libros de Carlos Schlaen, que trabaja narrativa histórica, porque yo daba Lengua y Sociales. El que más me gusta es La maldición del virrey, en el que hay una maldición con parte de esa plata que se lleva el virrey Sobremonte.

»En definitiva leíamos mucho, charlábamos mucho.

—Al principio de la entrevista dijo que muchas veces a las maestras «se les va la mano» con la corrección ortográfica…
—Ah, sí, porque por más que lean a Gloria Pampillo y su libro El taller literario (Plus Ultra), donde dice que en el taller literario erradicamos el lápiz rojo y lo importante es lo que están narrando los chicos, después agarran los textos de los chicos y les marcan todas las faltas. Muchas veces por pedido institucional o de los propios padres, bajo el lema de «hay que corregir».

»Yo recuerdo mucho esas discusiones en la escuela. Yo les decía «el taller es un espacio en el que, si yo los estoy molestando con la presentación y la ortografía y el cuidado de las formas, los chicos lo van a tomar como una tarea escolar más y no se van a enganchar. Y yo lo que quiero es que se larguen a escribir». Y otros docentes o las autoridades de la escuela me respondían «aunque sea en una segunda instancia, tiene que haber una corrección».

—Quizás el taller literario sea un espacio para corregir otras cosas…
—Claro, el libro de Pampillo dice que el momento de corrección ideal es el momento de puesta en común. Al leer en voz alta, compartiendo, se va corrigiendo la sintaxis, etcétera, y el apoyo del grupo también forma parte de la corrección.

»Lo importante también en el taller es leer, porque para escribir hay que haber leído mucho: es la experiencia intelectual más compleja. Y no solo para escribir, sino para la vida: a leer la vida se aprende leyendo.


Fecha: marzo de 2007.