Octubre
                            28

    Las locuras de Simón


Hoy nació en Caracas, en 1769, Simón Rodríguez.
La Iglesia lo bautizó como párvulo expósito, hijo de
nadie, pero fue el más cuerdo hijo de la América hispánica.
En castigo de su cordura, lo llamaban El Loco. Él decía
que nuestros países no son libres, aunque tengan
himno y bandera, porque libres son quienes crean,
no quienes copian, y libres son quienes piensan, no
quienes obedecen. Enseñar, decía El Loco, es enseñar
a dudar.



Los hijos de los días
















Los hijos de los días

Eduardo Galeano
Buenos Aires, Siglo XXI Editores, abril de 2012.
Página 340.

* Agradecemos a Siglo XXI Editores la posibilidad de reproducir este texto.                                             


                                           
                                         


 1796 

                                         San Mateo

                  Simón Rodríguez

Orejas de ratón, nariz de borbón, boca de buzón. Una borla roja cuel-
ga, en hilachas, del gorro que tapa la temprana calva. Los anteojos,
calzados por encima de las cejas, rara vez ayudan a los ojos azules, á-
vidos y voladores. Simón Carreño, Rodríguez por nombre elegido,
deambula predicando rarezas.

Sostiene este lector de Rousseau que las escuelas deberían abrirse al
pueblo, a las gentes de sangre mezclada; que niñas y niños tendrían que
compartir las aulas y que más útil al país sería crear albañiles, herre-
ros y carpinteros que caballeros y frailes.

Simón el maestro y Simón el alumno. Veinticinco años tiene
Simón Rodríguez y trece Simón Bolívar, el huérfano más rico de Ve-
nezuela, heredero de mansiones y plantaciones, dueño de mil esclavos
negros.

Lejos de Caracas, el preceptor inicia al muchacho en los secretos
del universo y le habla de libertad, igualdad, fraternidad; le descubre
la dura vida de los esclavos que trabajan para él y le cuenta que la no-
meolvides también se llama Myosotis palustris. Le muestra cómo nace
el potrillo del vientre de la yegua y cómo cumplen sus ciclos el cacao
y el café. Bolívar se hace nadador, caminador y jinete; aprende a sem-
brar, a construir una silla y a nombrar las estrellas del cielo de Aragua.
Maestro y alumno atraviesan Venezuela, acampando donde sea, y co-
nocen juntos la tierra que los hizo. A la luz de un farol, leen y discuten
Robinsón Crusoe y las Vidas de Plutarco.

                                                  1826 
                                            Chuquisaca 

           Las ideas de Simón Rodríguez:
                «Para enseñar a pensar»

Hacen pasar al autor por loco. Déjesele trasmitir sus locuras a los padres que
están por nacer.

Se ha de educar a todo el mundo sin distinción de razas ni colores. No
nos alucinemos: sin educación popular, no habrá verdadera sociedad.
Instruir no es educar. Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán
quien haga.

Mandar recitar de memoria lo que no se entiende es hacer papagayos. No
se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no tenga su «porqué»
al pie. Acostumbrado el niño a ver siempre la razón respaldando las órdenes
que recibe, la echa de menos cuando no la ve, y pregunta por ella diciendo:
«¿Por qué?». Enseñen a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el
porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón: no
a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre, como los estúpidos.

En las escuelas deben estudiar juntos los niños y las niñas. Primero, porque
así desde niños los hombres aprenden a respetar a las mujeres; y segundo,
porque las mujeres aprenden a no tener miedo a los hombres.

Los varones deben aprender los tres oficios principales: albañilería, car-
pintería y herrería, porque con tierras, maderas y metales se hacen las cosas
más necesarias. Se ha de dar instrucción y oficio a las mujeres, para que no
se prostituyan por necesidad, ni hagan del matrimonio una especulación para
asegurar su subsistencia.

Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo
compra.



Tapa libro Memoria del fuego 2 Las caras y las máscaras







Memoria del fuego 2. Las caras y las máscaras
 
Eduardo Galeano
Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2010.
Páginas 100, 101, 161 y 162.

* Agradecemos a Siglo XXI Editores la posibilidad de reproducir estos textos.