Reproducimos un tramo de la entrevista entre el investigador Gustavo Blázquez y García Canclini:

Néstor García Canclini

–¿Contribuyen las prácticas artísticas al desarrollo sustentable de las comunidades? ¿El arte hace algo en ese sentido?
–Son muchos problemas subyacentes. ¿Qué entendemos por arte y sustentabilidad? Arriesgo una definición rápida. Si entendemos por arte lo que la sociedad, o distintos grupos de ella, llaman artes, en plural, lo que algunos (los jóvenes más reconocidos o los sectores más valorados en las artes contemporáneas) consideran arte, quizás uno podría decir que la tarea de las artes, incluso modernas y no sólo contemporáneas, no ha sido fomentar la sustentabilidad sino erosionarla, perturbarla, mostrar que hay otras maneras posibles de vivir, sensibilidades diferentes. Y más bien, lo malo es que algo se vuelva demasiado sustentable. Dicho esto, hay que aclarar enseguida que desde el punto de vista social, la sustentabilidad es necesaria porque supone seguridad, preservación de la naturaleza, de las relaciones históricas, poder confiar, criar hijos, nietos, tener futuro. Entonces yo pensaría como una tensión productiva la relación de la innovación y la experimentación artística con la sustentabilidad, no como una relación de colaboración.

Cuando el arte quiere colaborar demasiado con los procesos sociales suele acabar subordinándose, hacer logotipos más que experiencias. Y creo que la tarea más valiosa de los artistas, los escritores y los músicos es producir inquietud.

Ciudad–¿Qué lugar tendría la espectacularización de la cultura a la que nos tienen tan acostumbrados los políticos?
–El espectáculo siempre ha sido constitutivo de una parte de los procesos culturales. La misa, los rituales antiguos, eran grandes espectáculos y lo siguen siendo. Y tienen un cultivo muy fino de ese sentido de espectacularidad, convocatoria masiva, uniformar para extender. Las ciudades son uno de los hechos culturales más importantes que más nos condicionan, nos hacen vivir de una cierta manera o nos dificultan vivir si son muy congestionadas. Las ciudades son lugares plurales, abiertos, complejos y son grandes espectáculos. No son sólo los lugares de intimidad. Entonces el espectáculo en sí mismo no tiene nada de malo, es como cualquier manifestación cultural, algo que puede ser instrumentado en direcciones diferentes o que pueden servir para hacer experiencias diversas.

En el caso de lo que se ha visto más como la escena propia del espectáculo, que es la televisión, el problema no es que espectacularice sino que sólo lo haga en una dirección, que no dé claves para problematizar aquello de lo que está hablando y la manera de contarlo.

–¿Piensa que la espectacularización de la cultura –entendida como el gran show que necesita grandes estrellas y un star system– puede invisibilizar e incluso contribuir a abortar proyectos locales de creación?
–Ya lo está haciendo y nunca ha habido tanta interacción entre lo culto, lo popular y lo mediático, como en esta época en que todo se sube a la Red. En YouTube encontramos los grandes shows que se hicieron ayer en Buenos Aires o en Londres, y también videos más o menos caseros hechos por miles y miles de jóvenes que están viendo cómo comunican lo que acaban de improvisar. Se suben unos 65 mil videos por día. Todo está interactuando con todo.

TIC y ciudadanía–¿Cómo repensar, cuestionarnos, replantearnos y actuar en esta tríada cultura-Estado-ciudadanía?
–Habría que agregar otros componentes a esa relación. Para empezar, los medios que no suelen ser reductibles ni a cultura, ni a Estado, ni a ciudadanía. Luego las redes sociales. Estos dos últimos han redefinido lo que veníamos entendiendo. Es una situación incómoda para los intelectuales que todavía aspiramos a decir la palabra razonada y supuestamente más legítima. Desde hace tiempo ese lugar de orientadores del gusto y de la sensibilidad y el pensamiento lo tienen los medios. Pero ahora se ha centralizado mucho más en las redes. ¿Quién gobierna Facebook o Twitter? Son tan importantes que hasta se contratan empresas transnacionales para que manden su infantería y les aporten tweets a los candidatos para que la masa de seguidores crezca. Entonces ahí viene otro elemento que es como la simulación, que siempre ha sido importante en todas las culturas el representar fingiendo, imaginando en sentido creativo, hoy se multiplica hasta el vértigo.

–Y en ese vértigo, ¿qué queda de la ciudadanía, de esa ciudadanía que entendemos en los valores democráticos, provenientes del siglo XVIII y el siglo XIX? ¿Seguimos siendo ciudadanos?
–Seguimos siéndolo si no nos limitamos a votar. Votar sigue siendo importante, pero quizás sea de las tareas menos importantes, menos influyentes. Reivindico que las elecciones son necesarias. Sin embargo, hay otros modos de hacer ciudadanía. En estos momentos, por ejemplo, en estas últimas décadas de un neoliberalismo galopante, atropellador, conozco muchos ciudadanos cuya tarea consiste en tratar de que las instituciones funcionen. Que un hospital haga lo que tiene que hacer, que una escuela enseñe actualizándose, que otros hagan cine y puedan comunicarlo. Ésas son formas de ejercer la ciudadanía. No se traducen en leyes, en reglamentos públicos, en gobierno en el sentido tradicional, ni tienen por qué llegar a ese lugar.


* Esta entrevista salió publicada en el sitio Hoy. La Universidad digital. Agradecemos a la Prosecretaría de Comunicación Institucional de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) el permiso para su publicación en el portal educ.ar