En el documental Le rapport Karski, el cineasta Claude Lanzmann recupera una entrevista a Jan Karski (miembro del gobierno polaco en el exilio durante la Segunda Guerra Mundial) realizada en el marco de su megaproyecto fílmico Shoah. Testigo directo de las atrocidades cometidas por el nazismo contra el pueblo judío —el entrevistado fue introducido clandestinamente en el gueto de Varsovia para observar y transmitir las condiciones de vida imperantes—, Karski desliza en varias oportunidades que el horror que le tocó atestiguar no tiene precedentes en la historia.

Lejos de intentar establecer comparaciones odiosas y simplificadoras —este tipo de acontecimientos o «traumas culturales» son singulares y prácticamente inconmensurables—, fue el propio Adolf Hitler quien dejó en evidencia el precio de una negación histórica. Como refiere Ana Arzoumanian en su libro El depósito humano. Una geografía de la desaparición (Buenos Aires: Xavier Bóveda, 2010, página 44), «En 1939, cuando Hitler ordenó a sus ejércitos proceder sobre Polonia, dijo: "quién se acuerda hoy de los armenios"».

 

¿Hacia dónde puede conducirnos el silencio y la indiferencia como seres que compartimos un destino individual y colectivo? ¿Somos conscientes de su costo? Y llegado el caso: ¿es suficiente con «saber», con estar «enterados»? En una nota previa de educ.ar —publicada en el marco de una entrevista que le realizamos a un sobreviviente del gueto de Lodz y de los campos de Auschwitz y Dachau, Jack Fuchs—, manifestamos que la escuela debe promover una educación integral y apostar contra la indiferencia a fin de promover un mundo más justo en el que la historia no se repita como tragedia.

«¿Por qué se produce un genocidio? La historia nos muestra que desde siempre hay seres humanos que por cuestiones raciales o de poder organizan el exterminio de alguna minoría. En una situación de crimen de guerra, es un Estado frente a otro Estado o grupo enemigo. Esa es una configuración jurídica, política y humana [...]. La única diferencia importante con lo que sucedía en otros momentos de la historia es que ahora ya no podemos usar la excusa de "no sabíamos". Ya no nos puede pasar por debajo de nuestras narices. Si nos queremos hacer los tontos, siempre habrá una pantalla cerca recordándonos lo que está sucediendo», comenta la investigadora y especialista en la temática Sévane Garibian.

Refugiados Genocidio ArmenioLos alcances y consecuencias del genocidio armenio trascienden cualquier época, afectan directamente a una enorme comunidad y constituyen una problemática que debe inquietar a todo el conjunto humano (podremos ser ciudadanos de un país, pero también —y más allá de todas las fronteras físicas y sociales implementadas por los gobiernos—, somos ciudadanos del mundo).

«La destrucción va más deprisa. Interrumpe la historia. Los esbirros solían echar al fuego, junto con los libros, la lengua y la mano de los autores […]. Tengo que poner las cosas por escrito, de lo contrario, no habrá delito», desliza Ana Arzoumanian en su reciente libro Mar Negro (Santiago de Chile: Ceibo Ediciones, 2012, página 35).  

La riqueza de nuestra realidad —de la Tierra y de la propia humanidad— reside en su diversidad: incluso es clave para pensar cualquier proceso de conformación de la identidad (sería imposible pensar nuestra singularidad sin la existencia de un otro/diferente). Y así como no podemos esconder ningún trauma, puesto que se mantiene latente y siempre termina manifestándose en nuestro devenir histórico, debemos estar atentos a las voces del silencio, colaborar para mantener vigente su testimonio... y hacer algo con ello.

Lo que me remite a otra frase, en este caso del escritor sueco Sven Lindqvist: «Lector, ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos falta es el coraje para darnos cuenta de lo que ya sabemos y sacar conclusiones».  


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