Luis María Pescetti
Luis María Pescetti

—El domingo 3 de octubre estará presentando Bocasucia, su cuarto trabajo discográfico, con un show gratuito en el Centro Cultural San Martín. ¿Qué propone Bocasucia?

—Bocasucia fue grabado en México y en Argentina, a diferencia de los dos primeros –Vampiro negro y Cassette pirata– que fueron grabados íntegramente en México. Y como se grabó en vivo, no sólo hay siete teatros distintos sino que esos teatros son de dos países diferentes. Pero cuando escuchás el disco escuchás un show de manera continua, no hay cortes entre track y track, es como si en un momento estuvieras sentado en Buenos Aires y en otro momento en México DF; en un momento hablo de “tú” y en otro momento hablo de “vos”. Esa es un particularidad, porque muchas veces en entrevistas me preguntaron cómo es el público de un país y cómo es el del otro, y esto es una manera de responder a eso: el público es así, no te das cuenta de la transición.
Y por otra parte Bocasucia es un disco que profundiza el trabajo de monologuista, de stand up comedian, de humorista de café concert, en el sentido de tomar cosas de la realidad y devolverlas con ironía y con farsa. Las cosas que tomo de la realidad son las manipulaciones de los chicos, los miedos, la prohibición de decir ciertas palabras, los mensajes de “portate bien”, “no te toques”. En fin, es un disco que apunta mucho a una contestación contra la autoridad y los miedos.

—¿De qué forma influyó ser musicoterapeuta y profesor de música en sus obras artísticas, tanto para chicos como para adultos?

—Ser musicoterapeuta no influyó tanto; ser profesor de música, muchísimo. Porque conviví con los chicos reales muchos años y en una relación muy directa con ellos, como es la de un docente. O sea, no en una relación ideal de uno a uno sino en una relación de treinta a uno, como pasa en las escuelas.
Y respecto de los adultos influyó en el juego; es decir, de no haber sido “profe de música” no creo que hubiera jugado de esta manera en los espectáculos para adultos.

—Como profesor de música, ¿se preguntó, cuando ejercía, algo como “para qué y cómo enseñar música en la escuela”?

—Para qué nunca. Porque es como preguntarse ¿para qué estar contento?, o ¿para qué enamorarse? Siempre me pareció una evidencia en sí misma la necesidad de una educación artística en la escuela –aunque quizás para mucha gente no lo sea–, porque no hay otra manera de dialogar con las emociones y con ciertas experiencias que no sea a través del arte. Si no el arte no existiría. Si tuvieras otra manera de dialogar o de expresar tu propia vida sin necesidad de canciones y de pinturas, lo harías. Todo eso existe no como un adorno en la vida sino porque es una manera irremplazable y única de expresar ciertas experiencias y ciertas vivencias.
¿Cómo? Sí, me lo he preguntado muchas veces, y la respuesta era “como podía”. O sea, me zafaba bastante de la currícula. Venía la inspectora y revisaba en el cuaderno si había planificado las semanas, y para mí era muy difícil trabajar de esa manera, planificando semana a semana y respetando esa planificación. Porque yo tenía en claro qué quería trasmitir, y no tenía que ver con el programa. Yo creo que el programa sirve cuando no sabés qué hacer o cuando querés tener una guía, pero cuando tenés claro qué querés hacer el programa te ata, no te ayuda, te limita. Es como el manual para manejar un coche: si vos sabés manejar, estar recitando el manual en voz alta te entorpece, no te ayuda.

—Sus producciones contienen muchos discursos diferentes a la vez; desafían los límites del idioma, juegan con el absurdo y proponen historias no tan sencillas. ¿Usaba su propio material con los chicos en la escuela?

—Bueno, en cierta manera sí, no tanto la literatura pero sí las canciones. Pero las componía cuando todavía no pensaba ser un artista para chicos, era un maestro de música que componía canciones para mis propios alumnos. También llegué a leer algunos de mis cuentos a los chicos, y ahora en la radio, en México, leo mis historias, Natacha por ejemplo.
Lo que me gustaría aclarar es que, en mi caso, no se trata de desafíar a la gramática, a la ortografía, a la lengua o a las normas. Si compongo así o si escribo así es porque así ocurre en la vida también. Vale decir que si hay cosas que son difíciles de leer para los chicos es porque ocurren realmente cosas que son difíciles de asimilar para los chicos. No es desafiar para que me aplaudan por “audaz”, eso me importa muy poco. Cuando escribo algo absurdo es porque en la vida pasan cosas absurdas, y cuando escribo rompiendo el lenguaje es porque los chicos escriben rompiendo el lenguaje. Entonces quiero devolverles eso y aumentado. Porque les quiero mostrar que el lenguaje es un juguete que se desarma, que lo podés armar de otra manera. Edward Said, en su autobiografía, que se llama Fuera de lugar, cuenta una anécdota muy linda: una vez un profesor le dijo que tenían que escribir algo sobre “encender un cerillo”, esa era la consigna. Entonces él fue y se informo con la enciclopedia, en la biblioteca, de las propiedades químicas, etc., porque esa era su búsqueda de aprendizaje, su formación. Y el profesor lo llamó aparte, lo invitó a su estudio y le dijo: “No, mirá: ¿qué pasaría si el que enciende un cerrillo lo enciende para iluminarse en la oscuridad porque está perdido en un lugar?, ¿o si el que enciende un cerillo lo enciende para incendiar un bosque o una casa?”. Y Said cuenta que esa fue la primera revelación de las posibilidades de la creación, es decir, observarlo todo desde otro ángulo. Y que fue una excitación enorme, y la primera vez que se le reveló el potencial creativo.
Entonces intento que pase algo así cuando muestro que el lenguaje es un juguete: lo que quiero mostrar es la posibilidad de ver todo desde otros ángulos. Porque, a veces, eso es necesario en la vida, cuando estás enfrentado a un problema o porque a veces sencillamente querés ver las cosas de otra manera. Entonces lo mío no es un acto de vanidad, para que la gente diga “mirá qué loco que es”; la intención no es mostrar una moto que brilla mucho.


—Y con esa reflexión ¿no cree que sus producciones son una propuesta valiosa para trabajar en la escuela?

—Es que yo no puedo hablar de mí mismo –siendo objetivo– para responder esa pregunta. Yo lo que sé es que en los shows y en los libros tomo mucho de la vida real, lo vuelco, lo devuelvo, lo expreso y ayudo a ponerle palabras, no sólo para lo que nos pasa sino también para lo que tenemos miedo de que nos pase o lo que desearíamos que nos pasara.

—¿En qué medida la escuela se ha adaptado –si es que lo ha hecho– a las nuevas propuestas de producciones artísticas y literarias infantiles de las últimas décadas, como las suyas, que desafían la forma tradicional, arraigada en los años de dictadura militar, cuyo mensaje para los niños era mayormente moralista?

—No sé si la escuela como institución, o el Ministerio como institución, se han adaptado. Sí sé que las personas han ido cambiando y que en la Argentina hay una situación muy singular: la escuela todavía ocupa un lugar valorado, a la vez que el trabajo artístico ocupa un lugar desvalorizado. En cuanto a la profesión, alguien que quiere ser músico no vive solamente de ser músico y tiene además que dedicarse a dar clases, y eso hace que te encuentres muchos artistas trabajando como maestros en escuelas públicas, una situación que es muy acentuada en la Argentina y que no se da tanto en otros países. Entonces, quizás en otro país con más incentivos para el arte estas mismas personas serían sólo músicos y en la escuela sólo habría profesores de música. En cambio acá te encontrás con músicos puestos a profesores de música y eso da un rasgo muy particular que ha permeado y cambiado mucho también a la escuela.

—¿Qué lo llevó a tener su propio sitio www.pescetti.com en internet?

—Que ya no tenía espacio en casa.

—¿Abrió este sitio un nuevo panorama en relación con sus actividades profesionales?

—Sí, me dio ventajas, porque por un lado anuncio lo que estoy haciendo y dónde voy a estar, y cuando llego la gente ya se enteró por la página. O me ha pasado también que mucha gente bajara charlas, entrevistas de la página, y cuando llego ya las leyeron, ya las tienen. Es decir que es una manera de seguir en contacto a pesar de que uno no esté ahí, y de ofrecer las cosas gratuitamente.

—Se habla de un distanciamiento de las nuevas generaciones de niños y los libros, mientras que se profundiza su acercamiento a internet y los videojuegos. ¿Cuáles son para Ud. los beneficios del acercamiento a los libros en comparación con la lectura en internet?

—Bueno, leer en internet depende de qué se lee, la diferencia estaría dada por el contenido. Pero supongamos que se lee lo mismo, por ejemplo Harry Potter en internet o como un libro en tu casa. La verdad que no sé qué diferencia hay..., quizás que de una manera lo pagó y de la otra no; que de una manera lo mira en la pantalla y de la otra manera se lo lleva la cama o lo lee donde quiere.
Con otro contenido –por ejemplo si estás leyendo un chat entre amigos–, el acto de la lectura es sólo operativo, es un instrumento para comunicarse y lo que importa es la comunicación. En cambio, cuando leés un libro en tu casa la lectura es algo más que meramente operativa, instrumental: trasmite experiencias de otra manera.
Pero lo básico cuando un niño está aprendiendo a leer, más allá de que en un caso el soporte sea papel y en otro digital, es que la narrativa de ficción es irremplazable, no hay nada que la sustituya. Ya sea cómic, cuento o novela, y que te la manden por e-mail o te la cuenten por la radio, a la ficción nada la reemplaza. Porque expresa experiencias, ayuda a encontrar palabras para tus experiencias, a encontrarse a uno mismo en su desarrollo como persona con una distancia que no podría tener uno hacia su propia persona de otra manera. En una historia de ficción nos identificamos porque estamos viendo parte de nuestra vida delante de nuestros ojos, como no podríamos verla de otra forma. Esto te ayuda a hacer catarsis, a ilusionarte al ver en perspectiva tu propia vida.

—¿Qué es lo mejor que obtiene de su profesión?

—Continuar creando; la retroalimentación, el reconocimiento que me mantiene vivo, alerta y despierto como creador, y vivo como persona.


Fecha: Julio de 2004