La combinación de herramientas digitales —fotografía digital, telefonía celular, internet— hace que la captura de lo cotidiano se extienda a situaciones, incluso, de poca importancia que se suelen exponer más allá del círculo íntimo de las personas.

Actualmente, todo es capturado y todo puede hacerse público a través de las redes sociales virtuales, y ese carácter a la vez público y privado de las redes da lugar a numerosos debates. Por ejemplo, acerca de la necesidad de acompañar a los más jóvenes —no siempre conscientes del alcance que puede tener la difusión de sus intervenciones— en la reflexión sobre las características de estas redes, cuyo atractivo las ha transformado en las herramientas comunicativas de más rápido desarrollo en los últimos tiempos.

Los orígenes y la expansión

Logo de Facebook
Entre las redes virtuales, Facebook, quizá la más popular en la Argentina, cuenta aproximadamente con mil millones usuarios activos a nivel mundial (agosto de 2013). Creada por Mark Zuckerberg y otros estudiantes de Harvard como una red comunitaria interna de esa universidad, su nombre proviene de los álbumes con fotos de estudiantes, habituales en las universidades estadounidenses.

La película La red social (David Fincher, 2010) narra los orígenes de esta exitosa red, aunque su creador no considera que ese relato sea demasiado fiel (Mark Zuckerberg comenta el argumento de esa película en una entrevista).

Pronto, el uso de Facebook se fue extendiendo a otros centros académicos y, a partir de 2006, se lanzó como red abierta a cualquier usuario mayor de 13 años, si bien esa restricción, difícil de verificar, no se cumple. La velocidad de expansión y la popularidad alcanzada en tan pocos años resultan sorprendentes.

En la Argentina, existen unos 22 millones de usuarios (agosto de 2013), pero es necesario aclarar que el término «usuario» no se refiere a personas físicas, sino a perfiles registrados: una misma persona puede crear varios perfiles (por ejemplo, uno personal y otro profesional), también existen perfiles de personajes ficcionales y falsos, perfiles de empresas, etcétera. De todos modos, esa cifra sitúa al país en el decimosegundo lugar en cantidad de perfiles registrados. Algunas estadísticas indican, además, que los internautas argentinos están entre los que más tiempo dedican a la web. Si bien las cifras tienen un nivel de variabilidad elevado, resultan un indicio elocuente de su impacto sociocultural. En tanto toda red acrecienta su valor cuanto más estrecha sea su trama, Facebook representa un espacio cada vez más integrado a diferentes aspectos de la vida de todos los días.

El «estilo» Facebook 

Posiblemente, uno de los factores que contribuyen a esa rápida expansión es que, desde el punto de vista formal, Facebook es muy sencillo de utilizar tanto para los usuarios más expertos como para aquellos que solo manejan destrezas básicas con una computadora. Asimismo, ofrece cada vez más opciones expresivas, que se adaptan al gusto y al estilo de cada uno: permite publicar fotografías, videos, textos relativamente extensos, compartir y comentar contenidos de otros soportes, ya sea de producción propia o de medios periodísticos, así como enlazarse con otras redes. 

Adolescente sentado en el pasto, al aire libre, con netbook. Sonríe mirando la pantalla

Por otra parte, el estilo «amigable» que propone esta red es un atractivo extra. La incorporación de lo cotidiano y del mundo personal de los usuarios a través de textos y fotos genera una cierta atmósfera de confianza y cooperación. Alejandro Piscitelli, investigador y docente responsable de la experiencia educativa Proyecto Facebook, ha subrayado que, en tanto esta red social nació ligada a la comunidad preexistente de los estudiantes de Harvard y a sus necesidades de comunicación interna, algunos de estos rasgos comunitarios se mantienen en características actuales de la plataforma. Un ejemplo: la posibilidad de conformar grupos de afinidad para compartir contenidos específicos.

Ese rasgo de origen es visible en el tipo de lazos que propicia: esta red orienta a los usuarios a participar de un supuesto clima armonioso (los contactos son «amigos», la opción «me gusta» se presenta para casi todos los contenidos) y poco pasional. El gusto también evoca un nivel de compromiso y constancia menores, por eso existe la opción «Ya no me gusta». También nos recuerda los cumpleaños de nuestros «amigos» reales o virtuales. Ese clima amigable, junto con el hecho de que, en general, muchos contactos de cada usuario provienen de su círculo íntimo, contribuyen a que no siempre tengamos presente el carácter público que adquiere todo lo que se publica en la web.

La categoría de «amigo de Facebook» difiere bastante de lo que entendemos como amistad fuera de la web: incluye desde amigos en el sentido tradicional hasta antiguas relaciones recuperadas por la magia de la red, conocidos, colegas, parientes lejanos y también amigos de amigos con los que jamás nos hemos cruzado en persona. Para evitar la intromisión excesiva de extraños, Facebook ofrece una serie de herramientas de privacidad que permiten limitar, hasta cierto punto, la visibilidad de nuestras intervenciones y fijar límites a lo que recibimos de nuestros contactos. De todos modos, la estructura de la red hace que, una vez subidos los materiales, se vuelvan por lo general visibles en muros de amigos, y de amigos de amigos… y así hacia el infinito.

Presentarse en sociedad

Al crear un perfil en Facebook, los usuarios tenemos disponibles una serie de recursos predefinidos de autopresentación: subir fotos o imágenes que nos representen tal como queremos mostrarnos, publicar algunos datos personales como el lugar de residencia, las instituciones donde hemos estudiado, personales que aparecen en la parte llamada «Biografía» o en «Acerca de…». También existen herramientas que, a partir de esa información, nos sugieren contactos con otras personas que tienen gustos similares, están vinculadas a las mismas instituciones o a nuestros mismos contactos. De esta manera, la red se expande y quienes visitan un perfil pueden orientarse cuando buscan a una persona en particular, por ejemplo, para descartar homónimos. Otra característica es que, automáticamente, la plataforma produce y publica indicios de la «popularidad digital» del usuario: cuántos «amigos» tiene y cuántos en común con otro usuario, cuántos «me gusta» y cuántos comentarios tuvieron sus intervenciones o posteos, qué sitios le gustan, vínculos para acceder al perfil de Twitter, blog u otros sitios de esa persona.  

Algunos autores llaman «iconotextos» a este tipo de combinación de diseño, imágenes y palabras que nos sirven para armar un personaje público más o menos parecido a nosotros mismos. La coherencia entre la información publicada, el perfil de contactos, el tipo de imágenes, contribuye a que las intervenciones que el usuario publica en el muro resulten creíbles, es decir, atribuibles a la persona que conocemos, aunque solo sea un «amigo virtual». 

Entre los usuarios particulares, las intervenciones suelen referirse sobre todo a la vida cotidiana y familiar —comentarios de eventos o espectáculos vistos, cumpleaños, fiestas familiares, música o videos—, pero también se utiliza este espacio para tomar posición sobre cuestiones públicas, ya sea solidarizarse con las víctimas de una catástrofe en el otro extremo del mundo, comentar noticias políticas, alertar sobre un problema en el barrio o participar de campañas públicas a través de organizaciones tales como Change.org. En suma, por un lado, los usuarios abren su mundo personal a los demás, y por el otro, se inscriben en procesos colectivos más amplios desde su espacio personal. Uno de los problemas que se plantea, sin embargo, es que muchas veces los usuarios de Facebook no chequean la validez o autenticidad de la información que difunden y, sin quererlo, contribuyen a la difusión de rumores infundados y de información falsa.

Por esas razones, Facebook no solo despierta entusiasmos sino también temores. En su obra 1984, el novelista británico George Orwell imaginó un mundo futuro en el que la visibilidad permanente —metáfora del control permanente— impuesta desde el poder político significaba la opresión absoluta. Seguramente, Orwell se inquietaría ante los diversos mecanismos que hacen que la visibilidad permanente hoy ya no sea una utopía futurista, sino algo bastante cercano a lo real. Mayor sería su sorpresa si le contaran que nadie obliga a los internautas a hacer visible su mundo personal, sino que, por el contrario, para muchos es placentero compartir públicamente imágenes, experiencias y fotografías de su mundo privado.

En la cultura contemporánea, la idea de no ser visto parece más inquietante para la identidad que la idea de serlo. Y, en tanto las «celebridades» y figuras públicas insisten en señalar que son «personas comunes», las «personas comunes» con frecuencia se muestran a sí mismas como «celebridades» en esta especie de juego entre lo privado y lo público que Facebook estimula más que ningún otro medio.

A propósito de los debates sobre lo público y lo privado en las redes, la antropóloga Paula Sibilia, autora de La intimidad como espectáculo, desarrolla algunas hipótesis sobre el fenómeno de la exposición pública de lo íntimo. 


Para conocer más 

Para descargar el libro digital Proyecto Facebook y la Posuniversidad, de Alejandro Piscitelli, Iván Adaime e Inés Binder

Reseña y comentario del libro Proyecto Facebook en la Revista de Universidad y Sociedad del Conocimiento (RUSC), de la Universidad Abierta de Cataluña