¿De qué realidad nos hablan los reality shows?

Como en un juego de espejos entre el mundo real y la ficción, los reality shows surgieron con la promesa de mostrar «la vida tal cual es», aunque eso que presenten como «real» suceda solo para ser mostrado. Ante este espectáculo seductor, ¿cómo orientar a nuestros niños y adolescentes?

En cincuenta años, la televisión parece habernos mostrado todo. Los grandes eventos de las últimas décadas han llegado a nuestras casas a través de la pantalla: no solo lo mejor y lo peor del cine, las telenovelas de toda clase y los grandes humoristas, sino también los bodas reales, las guerras, las catástrofes naturales, los magníficos conciertos, los debates políticos, los eventos deportivos. ¿Con qué sorprender entonces a los espectadores?

Para revitalizar esa capacidad para sorprendernos, en las últimas décadas surgió un género televisivo que promete mostrar, en distintos escenarios, lo real «tal cual es», es decir, sin trabajo de edición, sin guiones y, al menos en sus etapas iniciales, sin «estrellas». Personas «comunes» en sus actividades diarias: comer, dormir, charlar; la pantalla se propone como un espejo de lo que ocurre al otro lado, lo que vemos sucede en una habitación que podría ser la del televidente. Es como si la cámara hubiese dado un giro para enfocarnos a nosotros mismos.

Los reality shows, también llamados concursos de telerrealidad, prometen una especie de antiespectáculo. Se apartan de los criterios de notoriedad a los que estábamos acostumbrados para poner en escena «la vida misma», por banal e insignificante que sea lo que se muestre como tal. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿qué tiene de «real» esta realidad de los realities? ¿Qué es lo que estamos viendo?


Esfera depantallas del stand de la Feria del Libro 2012


Resulta interesante, para comprender mejor este fenómeno, recurrir a las reflexiones de François Jost, filósofo y profesor de la Universidad de París III, que ha dedicado varios trabajos a analizar este tipo de programas. Dice Jost: «Por cierto, no se trata en absoluto de ficción, en el sentido de que los candidatos viven situaciones reales, pero, sin la televisión, nunca hubieran vivido esas situaciones que han sido inventadas para ellos y, sobre todo, para el placer un poco sádico del espectador».

Y es que no se trata solo de la espontaneidad filmada: los participantes compiten por un jugoso premio y deben lograr desplazar a sus compañeros. Esto convierte a los realities en una especie de experimento social: alianzas, traiciones, afectos, desilusiones mantienen la atención de los telespectadores, que funcionan también como jueces y pueden eliminar o consagrar a alguno de los participantes. De allí, la dosis de sadismo de la que habla Jost.


Arte, TV y vida cotidiana

El filósofo francés también nos recuerda que el arte —y fundamentalmente las artes plásticas— siempre se ha enfrentado con el problema de representar lo cotidiano. Basta mirar los toros de Altamira o los famosos zapatos del labriego de Vincent Van Gogh para comprobarlo.

En cuanto al cine, desde sus inicios ha documentado escenas cotidianas de figuras anónimas. Uno de los primeros films que se realizaron en la historia del cine, de 1895, capta la salida de los obreros de la fábrica Lumiére. Escena cotidiana, espontánea, sin actores profesionales. Sin embargo, si observamos el equilibrio en la cantidad de personas que salen hacia la izquierda y hacia la derecha, en el número de hombres y mujeres y en el flujo constante de la salida, podemos suponer que ha habido cierta preparación, cierta «puesta en escena» que altera los hábitos espontáneos de los trabajadores.

Pero fueron los surrealistas quienes exploraron la idea de exponer objetos cotidianos (un mingitorio, una rueda de bicicleta) como obras de arte. De esa manera ponían en cuestión todos los supuestos y las definiciones tradicionales acerca del arte, las obras y los artistas. En los años sesenta, Andy Warhol asumió una actitud semejante al usar productos de consumo masivo en obras que se convirtieron en emblema del pop-art. En su gesto provocador había un llamado de atención referido a la cultura de masas y a la sociedad de consumo.

Los reality shows tienen algo de esto —exponer lo más banal de la vida cotidiana— pero, subraya Jost, despojado de todo espíritu crítico, de toda la carga de provocación que le dieron los surrealistas y las vanguardias de los sesenta. Lo que nos entrega el reality show es la banalidad químicamente pura.

Antecedentes y parodias

En el ámbito televisivo, An American family, de 1971, fue el primer experimento de este tipo. Sin embargo, en su formato actual, los reality shows surgieron durante la década de 1990 y se suele reconocer al programa holandés Número 28 como el primero que exploró la idea del «encierro» de los participantes combinado con una tradición de vieja data como los concursos televisivos. A partir de allí surgieron innumerables variantes que, con matices, se proyectaron a las cadenas televisivas del mundo entero. Algunos centrados en el exotismo y la aventura (Expedición Robinson), en la destreza física (Fort Boyard), en el mundo de las modelos (Super Model), en el fútbol (Camino a la Gloria), en algún tipo de habilidad artística (Bailando / Cantando por un sueño). El más célebre de todos, basado en el antecedente holandés, es Gran Hermano, que toma su título de la célebre novela de George Orwell, 1984. Pero, mientras que en la novela Orwell la idea de visibilidad permanente es una metáfora de la opresión y de la vigilancia, en los modernos programas de telerrealidad, la condena a la invisibilidad y el anonimato parecen ser la amenaza de la que los participantes deben protegerse.

Es sabido que en todos ellos —al menos en sus versiones originales—, participan personas carentes de fama pero deseosas de tenerla. Y los criterios de selección y exposición de estas personas «comunes» han generado enormes debates en el mundo entero ya que, para resultar atractivos para el público, es necesario que sean personas comunes, pero no tanto. Un delicado equilibrio entre «el ciudadano medio» y el rasgo distintivo singular que les permita llamar la atención del gran público. Un caso de resonancia internacional fue el de la exesposa de Paul McCartney, Heather Mills, en la versión estadounidense de Bailando por un sueño (Dancing with the stars). Como es sabido, la bellísima exmodelo perdió una pierna en un accidente, de modo que su participación en el programa resultaba cuanto menos sorprendente. Y, si bien las caídas son moneda corriente en la emisión, el resbalón de Heather fue puesto en foco hasta el cansancio por los medios de todo el mundo. Esa utilización de las personas en tanto tales como «material» para el espectáculo ha dado y sigue dando lugar a debates acerca de los límites éticos que deberían tener los programas televisivos.

Las miradas críticas sobre este tipo de emisiones han inspirado films como The Truman Show (Peter Weir, 1998), protagonizado por Jim Carrey. Truman, el protagonista, ha vivido siempre bajo las cámaras sin saberlo: su esposa y sus vecinos son actores contratados; su ciudad, un decorado. Cuando finalmente lo descubre, logra «huir» al mundo real. Otro ejemplo es la parodia American dreamz (Paul Weitz, 2006), cuyo protagonista es Hugh Grant. Allí se reúnen un conductor inescrupuloso, un político en busca de popularidad, un fundamentalista islámico dispuesto a perpetrar un atentado en cámara. Como es de suponer, la mezcla resulta, literalmente, explosiva.

Cuando la realidad supera a la reality

Algunos episodios ocurridos recientemente en Francia pusieron en cuestión diferentes aspectos de la telerrealidad. Por un lado, la realidad más dura irrumpió en escena cuando un joven participante de la serie Koh Lantareality de aventura y destreza física— murió durante la filmación de la primera prueba. Poco después murió el médico que lo había atendido. Evidentemente, la serie no volvió a emitirse y las autoridades del país decidieron redoblar los controles sobre la seguridad y los criterios de selección de los candidatos en este tipo de experimentos.

En el segundo caso, los participantes de una serie de estas características lograron que la justicia reconociera que lo que estaban haciendo era un trabajo. La importancia de este reconocimiento radica en que echa por tierra la promesa de espontaneidad que está en la base del show. «Ser uno mismo» no es un trabajo, pero someterse a una serie de reglas, seguir las pautas del juego y formar parte de la elaboración de un producto comercial sí lo es.

En suma, el caso pone en evidencia que los reality shows hacen una apuesta contradictoria: como ha señalado el semiólogo argentino Eliseo Verón, «si es show, no es reality y, si es reality, no es show». Posiblemente, luego de unos años de apogeo, el género se esté desgastando ya que resulta difícil sostener durante mucho tiempo esa apuesta doble sin que el público televisivo termine por saturarse.


Para saber más

Capítulo «Reality show», de la serie En el medio, de Canal Encuentro.

Reseña de una conferencia que François Jost dictó en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA), en 2011.

Francois Jost (2013). El culto de lo banal. Buenos Aires, Libraria.

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Publicado: 13 de junio de 2013
Última modificación: 07 de junio de 2015

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