23032005Liliana Bodoc nació en Santa Fe y se radicó en Mendoza, donde vive actualmente en una chacra en el barrio de Vistalba. Luego de cursar la carrera de Licenciatura en Literaturas Modernas en la Universidad Nacional de Cuyo, se dedicó a la docencia en colegios secundarios y a su taller de narrativa. Hace algunos años dejó el ejercicio de la docencia, y la escritura se trasformó en trabajo de tiempo completo.

Entre sus obras se destaca Saga de los Confines, compuesta por tres partes: Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del Fuego. Esta última, nos cuenta:

«Fue la más ardua. Supongo que la explicación está en que era el momento de cerrar muchas historias abiertas, de trabajar sobre dos continentes: Las Tierras Fértiles y Las Tierras Antiguas. Era el momento de decidir qué personajes y situaciones priorizar y cuáles, en cambio, debían tener el trazo ligero de un esbozo. Ninguna historia épica admite detallar cada uno de los aspectos mencionados. Las posibilidades de seguir contando crecen geométricamente y es tarea del escritor sujetar la mano y decir "hasta aquí". La construcción se completa en cada lector».
Una escritora que con la Saga de los Confines se convirtió en una de las nuevas revelaciones de la literatura argentina en el género de la fantasía heroica épica, una literatura que en lo genérico tiene su referente en J. R. R. Tolkien y Ursula K. Le Guin. Sin embargo, la concepción cultural y el lenguaje se ligan a lo mágico de la literatura americana. Sus protagonistas, la civilización de los husihuilkes, que evocan al pueblo mapuche, y los zitzahay con reminiscencias náhuatl, presentan marcas evidentes de las culturas originarias americanas. «Escribir sobre lo que conozco y amo seguirá siendo, por ahora, mi premisa», adelanta Bodoc en esta entrevista.


Por Verónica Castro

—Hace ocho años que empezó a escribir Saga de Los Confines, y sabemos que pasó mucho tiempo leyendo textos específicos, los diarios de Colón, cartas de Hernán Cortés, libros de historia, antropología, literaturas americanas y mitos, para luego inventar su propia leyenda de un mundo imaginario. Vladimir Nabokov, por ejemplo, una vez contó que escribía de forma desordenada en fichas y que no escribía el cuarto capítulo después del tercero y tampoco empezaba por lo que finalmente sería el principio de la novela, y que un promedio de tres fichas resultaba ser quizás luego una página del libro. ¿Usted cómo vive el proceso creativo?

—Mi trabajo de creación literaria comienza con un orden bastante riguroso; sobre todo en la construcción lógica del relato. De no hacerlo, temería perderme y errar en la extensión del tiempo y el espacio narrativos, en la diversidad de personajes y en la simultaneidad de las acciones. Sin embargo, ese orden se va «ablandando» a medida que avanza el relato y voy apropiándome de mi territorio de ficción. Al principio tengo muy a mano mi cuaderno de notas, mapas y esquemas. Un buen día, cuando me sitúo en ese relato como en mi propia casa, el cuaderno queda casi olvidado.

—De los tres libros de la saga, ¿cuál fue el más difícil de escribir?

—Puesta a determinar el grado de complejidad de cada una de las partes de la saga, me inclino a decir que la última, Los días del fuego, fue la más ardua. Supongo que la explicación está en que era el momento de cerrar muchas historias abiertas, de trabajar sobre dos continentes: Las Tierras Fértiles y Las Tierras Antiguas (este último escenario apenas está mencionado o sugerido en los dos primeros libros). Era el momento de decidir qué personajes y situaciones priorizar y detallar. Y cuáles, en cambio, debían tener el trazo ligero de un esbozo. Ninguna historia épica admite detallar cada uno de los aspectos mencionados. Las posibilidades de seguir contando crecen geométricamente y es tarea del escritor sujetar la mano y decir «hasta aquí». La construcción se completa en cada lector.

—Su trilogía épico-mágica, inspirada en las leyendas aborígenes de Latinoamérica —bien o mal calificada como literatura juvenil— refleja una hondura filosófica digna de ser conocida por los jóvenes. ¿La ficción puede transmitir la realidad de una situación mucho mejor que cualquier otro tipo de discurso?

—La ficción es un lenguaje poderosísimo para despertar o ahondar la comprensión de la realidad. Porque emociona, estremece, arrasa defensas y prejuicios. Porque redime. El contenido de un mensaje es esencial, sin duda alguna, ¡pero la forma también! El arte «repone» la realidad desde lo estético y, en ese movimiento, la potencia y la hace trascendente. ¿O es lo mismo la foto familiar de un campo de girasoles que los girasoles, genialmente distorsionados, de Van Gogh? En función literaria, en grado estético, el lenguaje encuentra su máxima potencia de connotación y expresividad. Creo que cuando la verdad y la gracia se reúnen en un texto, su eficiencia se multiplica.

—En los tiempos que corren parecería que leer por placer es un hábito que languidece. ¿Cuál es el desafío, hoy, de la literatura?

—Coincido plenamente en que, en los tiempos que corren, leer por placer es un hábito que languidece. Yo agregaría, para argumentar mi respuesta, que conversar, caminar, observar por placer también son hábitos que languidecen. El concepto de placer ha languidecido o bien se ha mercantilizado. Por eso mismo creo que el gran desafío de la literatura es lograr que quien se sentó a leer un libro por obligación acabe leyéndolo por placer. La diversión, en su sentido de alejamiento de lo cotidiano, es un objetivo esencial para el arte.

—¿Cuáles son sus referentes literarios?

—En cuanto a mis referentes, y hablando específicamente de Saga de Los Confines, tengo que hacer una diferenciación. En lo genérico (fantasía heroica), la deuda principal es con J. R. R. Tolkien y con Ursula K. Le Guin. Sin embargo, si hablamos del lenguaje y de concepción cultural tengo como referente la literatura latinoamericana. Muy especialmente aquella ligada a lo mágico americano: García Márquez, Álvaro Mutis, Jorge Amado, Juan Rulfo, etcétera. Añado que mucho le debo también a mis lecturas de textos antropológicos.

—Apelando a su riqueza narrativa y a los recuerdos de su paso por la enseñanza, ¿cómo expresaría lo que implica ser docente?

—Trabajar sobre el crecimiento, sobre el hombre en crecimiento, es una tarea de la más alta responsabilidad. Inmersos en las grandes dificultades sociales, tratando con el niño y su hambre, con el joven y su desaliento; enfrentados a la tarea de defender el conocimiento frente a un modelo mundial imperante que, en la práctica, lo desautoriza y lo menoscaba, los maestros debemos (voy a permitirme esta inclusión hecha desde el amor), debemos traer de regreso la honra de «ser» contra la soberbia de «poseer». Debemos traer de regreso la reflexión y la duda contra la abulia y la irreflexión. Los sueños apasionados contra quimeras hollywoodenses, la luz de la diversidad contra los reflectores de las pasarelas. Debemos preparar a nuestros niños para la pelea del pensamiento, porque la opción es la pelea o la esclavitud.

—Recientemente dio a conocer que sus próximos pasos seguirán dentro de la literatura fantástica, tal vez hacia la literatura para adultos, en una indagación sobre la palabra. ¿Sigue en pie esa idea? ¿Podría adelantarnos algo más del nuevo libro?

—En efecto, tengo entre mis proyectos trabajar en una novela que indague en el tema de la palabra y, más especialmente, de la metáfora. No se me escapa la enorme dificultad que presume, al menos para mí, transformar una problemática lingüística y semántica en un texto de ficción. Mucho tendré que estudiar antes de atreverme a darle inicio a esta novela. No descarto, por eso, la posibilidad de trabajar paralelamente en otra. Hace apenas unos meses que terminé Saga de Los Confines, de manera que aún estoy en un periodo de idas y vueltas, marchas y contramarchas. Solo tengo unas pocas certezas: será una novela fantástica, ya no una épica, situada en algún momento histórico de nuestro continente. Alguna vez pensé en Europa medieval pero, apenas me adentré en la idea, comprendí que aquello me es demasiado lejano. Escribir sobre lo que conozco y amo seguirá siendo, por ahora, mi premisa.


Fecha: marzo de 2005