11052005El neurofisiólogo Robert Zatorre, nacido en Buenos Aires, es investigador en el Instituto Neurológico de Montreal, de la Universidad McGill. Desde hace muchos años se interesa por tratar de explicar las funciones cognitivas humanas a partir de las conexiones neuronales y su reflejo en zonas concretas del cerebro. Le atrae especialmente el estudio de la corteza auditiva, por ser una de las áreas que mayormente distinguen a los humanos de otras especies. Por ello se interesó por la música como vehículo para entender mecanismos básicos del cerebro.
En esta entrevista cuenta los sorprendentes hallazgos a los que ha llegado –junto con su equipo– a partir de crear tonos y sonidos sintetizados por ordenador y exponer a músicos y población sin formación musical a su escucha. Pone también en duda muchas de las cosas que se dicen sobre la música y su relación con las funciones cognitivas.


Por Verónica Castro

—¿Por qué apreciamos la música? ¿Por qué un determinado ritmo nos pone alegres o cierta melodía tristes? ¿Cuáles son los procesos que participan en la producción y comprensión de la música?

—Los procesos son muchos, complicados, y aún básicamente desconocidos. La música puede cambiar nuestro estado de ánimo en parte porque refleja en cierto sentido las actividades físicas asociadas con la alegría o la tristeza. Por ejemplo, la música alegre suele ser movida y fuerte, mientras que la música triste suele ser lenta, y cuando uno se siente alegre se mueve más que cuando uno se siente triste (los depresivos siempre andan de hombros caídos y no se mueven con destreza). Sin embargo, todo eso no explica más que la más mínima parte de la música y su función afectiva. Nadie sabe bien por qué hay tantas posibilidades. En uno de los experimentos que llevamos a cabo en mi laboratorio, Anne Blood y yo descubrimos que cuando una persona siente escalofríos o “piel de gallina” al escuchar un trozo musical, las zonas del cerebro que se excitan son parecidas a las que están asociadas a lo que los psicólogos llaman el sistema de recompensa. O sea ciertos núcleos que también están involucrados en otras sensaciones apacibles, como ser la comida y el sexo. Esto fue bastante sorprendente, pero aún no sabemos por qué se producen estos fenómenos, precisamente.

—¿Qué diferencias a nivel cerebral existe entre individuos que recibieron formación musical y aquellos que no? Y entre los músicos ¿qué diferencias neurofisiológicas existen en función de los instrumentos que ejecutan?

—En otros laboratorios se ha estudiado esto, y se ha podido comprobar que los músicos adaptan su cerebro según las actividades que desarrollan. Por lo tanto, la corteza auditiva suele estar más desarrollada que en los demás. También en aquellos músicos que ejecutan un instrumento particular, las zonas del cerebro que controlan la ejecución se ven agrandadas, como la parte de la corteza que controla los dedos de la mano izquierda (pero no el pulgar) en los violinistas. Pero esto no quiere decir, como algunos proponen, que la música es algo mágico que hace crecer al cerebro. Es simplemente que el cerebro es capaz de adaptarse a cualquier actividad, no sólo en los músicos sino también en cualquiera que se especializa en alguna función. Pero además esta adaptación también puede resultar en limitaciones en otras esferas.

—En su conferencia organizada por CosmoCaixa Barcelona(2004) develó algunos casos de amusia (un defecto neurológico adquirido que provoca una alteración en la percepción auditiva musical), como la faceta desconocida de Ernesto Che Guevara –su ineptitud para bailar y entender la música–, un tipo de amusia conocida como “sordera para los tonos”. Se conoce también como “la enfermedad de Maurice Ravel” a un tipo de amusia que fue la que sufrió el músico en los últimos años de su vida: no podía leer ni escribir música pero sí podía pensar e idear una música. ¿Qué nos dicen los distintos tipos de amusia en músicos y no músicos en relación con nuestro cerebro? ¿Cuál es la relación neurofisiológica entre las imágenes mentales, la música y el lenguaje?

—La historia de Che Guevara es bastante curiosa, y estaba bien documentada. Hemos estado estudiando gente con este tipo de “amusia congénita” –que nada tiene que ver con la probable demencia de Ravel–, porque lo interesante es que afecta sólo la música y no las demás funciones mentales (lo cual no era el caso de Ravel). La razón por la que estos casos nos interesan es porque nos indican hasta qué punto las funciones cognitivas del cerebro están divididas en “compartimientos” separados. Es decir, si la música puede afectarse sin cambiar otras funciones, indica que cada función depende de circuitos independientes hasta cierto punto. Por lo tanto, ahora podemos tratar de identificar cuáles son esos circuitos y cómo funcionan. Comprender estos fenómenos pueden conducirnos a desarrollar mejores terapias para los afásicos u otros cerebrolesionados.

—Con respecto a la relación entre música y lenguaje ¿qué hay detrás de las afirmaciones de que la estimulación musical que los padres brindan al bebé, en el vientre y en los primeros meses de vida, estimula el cerebro de forma que facilitará más adelante adquirir el lenguaje?

—No creo que nadie haya demostrado este efecto de manera científicamente válida. Seguro que es una buena historia para vender discos compact, ¡pero nada más! Entre otras cosas, no olvidar que el feto escucha todo filtrado por el vientre de su madre y el líquido amniótico, y que por lo tanto sólo pasan las frecuencias más bajas. Lo cual no quiere decir que no haya ninguna influencia del sonido en el desarrollo del sistema auditivo prenatal, pero es muy poco probable que la súper estimulación sea útil.

—Algunas investigaciones confirmaron que escuchar música de Mozart mejora el razonamiento espacial, y que este efecto puede aumentar si la prueba se repite durante varios días. No obstante, el efecto puede no ocurrir cuando la música carece de suficiente complejidad. ¿El tipo de música que un niño escuche tendrá más o menos consecuencias positivas para sus funciones cognitivas?

—Otro asunto sumamente dudoso, en mi opinión. Es cierto que algunos han demostrado este tipo de efecto, pero el resultado es pequeñísimo y no siempre se reproduce. Estudiar la música puede ser ventajoso para un niño por muchas razones, pero no precisamente para mejorar su puntaje en matemáticas. Lo que yo les sugiero a los padres es lo siguiente: si quieren que el chico obtenga mejores notas en matemáticas, mándenlo a estudiar matemáticas. Si al chico le gusta la música, sin ninguna duda es bueno que la estudie. Pero no por otra razón sino que la música es intrínsecamente valiosa.

—¿Qué papel desempeña la música en la supervivencia de nuestra especie?

—Nunca ha sido demostrado. Hay muchas teorías, de las cuales alguna puede ser acertada, pero por ahora no dejan de ser nada más que teorías.

—¿Qué tipo de fenómenos podrían cambiar en los humanos si logramos develar todos los mecanismos neuronales? ¿Podríamos llegar a reeducar nuestros sistemas estimulando regiones del cerebro mediante fármacos u otros medios y desarrollar capacidades que nos conviertan en otro tipo de seres?

—Pues... sí, en cierto sentido, claro que podemos cambiar porque toda la historia humana ha sido una historia de cambios (desde que empezamos a utilizar herramientas, agricultura, etc.). No sé qué significa precisamente “otros tipos de seres”. Ya somos otros tipos de seres que nuestros antepasados, y seguro que nuestros descendientes serán distintos que nosotros.

La pregunta más razonable e importante en la neurociencia no es precisamente esta, sino algo mucho más directo y aplicado, que es entender los mecanismos que permiten adaptar y cambiar las funciones y conexiones neuronales, y entonces usar ese conocimiento para la readaptación y mejora de las funciones mentales. .

—¿Qué opina respecto de la frase de R.A. Henson de que "hay un último misterio de la experiencia musical que no es susceptible de estudio neurológico"?

—Muy poético. ¡Pero si lo creyera no estaría en este campo de investigación!


Fecha: Abril de 2005