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María Teresa Andruetto: leer y escribir para comprender (primera parte)

María Teresa Andruetto es autora de novelas, libros de cuentos, poemarios y obras teatrales. Ejerció la docencia y coordinó talleres de escritura. En esta entrevista, nos habla de su particular modo de entender la escritura y la lectura, a la vez que reflexiona sobre su propia producción literaria y sobre el panorama actual de la literatura infantil y juvenil.


María Teresa Andruetto nació en verano —como muchos de sus relatos—, a finales de enero de 1954, en Arroyo Cabral (Córdoba), en el seno de una familia descendiente de piamonteses. Creció en un pueblo de su provincia natal llamado Oliva. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Al finalizar la dictadura, participó de la fundación del CEDILIJ, un centro especializado en lectura y literatura destinada a niños y jóvenes. Ejerció la docencia y coordinó talleres de escritura en la ciudad de Córdoba.

Es autora de novelas, libros de cuentos, poemarios y obras teatrales para adultos. Muchos de sus libros fueron premiados por los Destacados de ALIJA, y obtuvieron distinciones internacionales como los White Ravens (Alemania), la Lista de Honor del IBBY, el Banco del Libro (Venezuela), etc. Recibió el Premio Municipal Luis de Tejeda, y el Premio Novela 2002 del Fondo Nacional de las Artes.

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—¿Cómo es el lugar donde vive actualmente?

—Desde hace algunos años, vivo en un pequeño poblado de las sierras chicas, un lugar que no tiene más de ochocientos habitantes, a 40 kilómetros del centro de Córdoba. Un terreno grande, que conserva en parte su vegetación original —talas, espinillos, algunos algarrobos—, convertido en pequeña granja familiar, con gallinas, algunas ovejas, unos caballos, una pequeñísima huerta.

—¿Qué paisajes y sonidos habitan y la habitan en su «patria» literaria?

—Aun cuando el paisaje y los sonidos externos son —los estoy escuchando ahora— relinchos, pájaros, un verde que amarillea…, la escritura está casi siempre habitada por un paisaje humano, cuya complejidad, ambigüedad y sufrimiento me atraen. Y las imágenes, aunque de modos a veces muy sinuosos, anclan en mis años de descubrimiento del mundo y de mi formación como persona, todo lo cual sucedió en un pueblo de la llanura cordobesa, de modo que la melancolía de los pueblos de llanura me ha marcado más que cualquier otro paisaje.

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—¿Qué diría que tienen de infantil y/o juvenil sus libros de literatura infantil y juvenil?

—Es difícil para mí responder a esa pregunta. A veces creo que no tienen nada de específico, es tan inasible el punto, es tan inasible «lo específico»… Lo específico siempre tiene más que ver con lo infantil que con lo literario, es decir, tiene más que ver con la educación, con la psicología, con la idea social acerca de lo que un niño debe o no leer. En cuanto a lo literario en sí, tal vez la especificidad se reduzca a algunas condiciones de transparencia del lenguaje o a la pregnancia de cierta esperanza o amor por lo humano en el texto. A veces creo que casi todos mis libros publicados para adultos —tal vez a excepción de algunos cuentos— podrían ser leídos por jóvenes, o incluso por niños. Y así, claro, me parece que pasa con otros autores. A muchos libros del circuito editorial adulto los he compartido con niños y con jóvenes cuando coordinaba talleres, y se los he acercado a mis hijas cuando eran chicas. ¿Por qué El arpa de hierba de Truman Capote (Debolsillo, 2007), o El baile de Irène Nemirovsky (Salamandra, 2006), o La luna y las fogatas de Pavese (Adriana Hidalgo, 2003), o El idioma de los gatos de Spencer Holst (Ediciones de la Flor, 2005) no pueden ser para jóvenes? ¡A mí me parecen lecturas tan apropiadas para un joven! De todos modos, «calzar» en lo infantil o juvenil no me perturba a la hora de escribir, hay libros —sobre todo los libros editados para los muy pequeños, como la serie Fefa (Alfaguara) o Benjamino (Sudamericana)— que nacieron entendiendo yo que buscaban un destinatario pequeño; en cuanto al resto, los he escrito y terminado las más de las veces sin saber a qué nicho editorial irían a parar, tal el caso de Stefano (Sudamericana), El anillo encantado (Sudamericana), Veladuras (Grupo Editorial Norma) o una nouvelle que acabo de terminar y que no sé todavía si ofrecerla a un editor de juvenil o de adultos.

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Fefa es así, de María Teresa Andruetto, il. Istvansch (Alfaguara, 2005)

—Su libro El país de Juan narra los avatares de una familia campesina en particular que emigra a la ciudad en busca de prosperidad, aunque también se está contando el proceso de empobrecimiento de nuestro país. Es una historia bien de acá que se publicó en España, manteniendo nuestra lengua, esquivando la «traducción» mediante un glosario final, para salvar diferencias de nuestro idioma con el castellano que se habla en España.

—Efectivamente esquivamos la traducción, yo no la acepté y el director de colección, un lector muy fino, lo resolvió mediante el glosario, que quizás no es lo ideal, pero se puede aceptar porque no pertenece al texto, es externo, un recurso del editor. Soy muy rigurosa en ese punto y muy capaz de renunciar a una edición si se me piden esos condicionamientos, trabajo mucho lo que escribo y llevo mucho control sobre lo escrito a la hora de editar, porque una palabra que cambia puede desbaratar el tono buscado, su naturalidad o coherencia, aspectos todos en los que se asienta la verdad de un texto, más incluso que en la historia que se cuenta. Así rechacé en una ocasión una edición española de Stefano ya contratada, porque la editorial no estaba dispuesta a respetar de modo absoluto el original. En la edición colombiana de ese mismo libro, hicimos con la editora tres o cuatro ínfimos cambios, siempre pensando en otras opciones del castellano argentino que me sonaran como propias y al mismo tiempo fueran comprendidas en otro contexto, pero decidiendo ambas con mucho cuidado cada matiz del habla. Tener esta actitud significa también comprender y aceptar que algunos libros nunca se editarán en otros países de nuestra lengua o en otras lenguas. Algunos de mis cuentos, estilizados a la manera de los relatos arquetípicos, escritos en un castellano menos local, no necesitan tal vez ser modificados para ser comprendidos. Otros libros, como Veladuras o Campeón (que está reeditando actualmente la editorial Calibroscopio), escritos en un lenguaje más coloquial, y entonces más argentino, no podrían modificarse porque cualquier cambio de palabras o de frases haría caer los castillos de naipes sobre los que están construidos.

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El país de Juan, de María Teresa Andruetto, il. de Gabriel Hernández (Anaya, 2003)

—Siendo El país de Juan tan de acá, es un libro que suena muy cerca de la trilogía Crónicas de media tarde, del escritor español Juan Farías, que cuenta los años de la Guerra Civil en un pequeño pueblo en Galicia. Quizás en el tono, en la simpleza y la hondura del relato. ¿Desde qué perspectiva elige abordar a través de la ficción temáticas «sociales» o «realistas»? ¿Con qué otros autores siente afinidades en ese abordaje?

—No recuerdo haber pensado en esa trilogía a la hora de escribir El país de Juan (Anaya, 2003), tampoco recuerdo ahora si en ese momento ya estaba escrita, pero te agradezco que hayas traído a Farías a nuestra mesa, porque es un escritor con el que siento mucha afinidad y el escritor de la literatura infantil española que más me conmueve. También decir que, aunque no conozco Galicia, el mundo rural gallego ha tenido tanto impacto entre nosotros que no me extrañaría que apareciera en mi escritura, más que por gallego por rural, por migratorio y por sus sufrimientos y carencias que tanto nos hermanan. En cuanto a la escritura de El país de Juan, yo tenía un pequeño texto, el comienzo de algo, una historia con un reloj, y decidí retomarlo en diciembre de 2001 como proyecto de escritura de ese verano, y entonces sucedió lo que sabemos y mi historia privada —todo está hecho de azar y necesidad, dice Demócrito de Abdera— se contaminó con la historia que vivíamos todos. Recuerdo sí en esos días, haber pensado intensamente en un libro: El trino del diablo, de Daniel Moyano, que, de paso, aunque está editado en el circuito adulto, es indispensable para un lector joven, también para un lector niño, un libro sencillo, profundo, delicioso y conmovedor (estuvo muchos años agotado, pero hay ahora una edición de Rubén Libros, de Córdoba). En lo que yo pensaba, en lo que fue un modelo ese libro para mí, es sobre todo en la intención de contar la pobreza en un tono de cuento maravilloso, ese cruce que él hace en ese libro es algo que venía todo el tiempo a mi memoria, mientras escribía El país de Juan.

—Leyendo su libro de poemas Kodak, un libro para adultos, nos encontramos con una obra repleta de evocaciones de la infancia; en muchos poemas parece que hablara la voz de un niño.

—«La infancia es la patria del poeta», decía Rilke. Podríamos agregar que quien ha tenido algún dolor, alguna falta en la infancia, ¡y quién no la ha tenido!, encuentra allí una cantera hacia la cual descender. Pero aun así, el caso de Kodak es especial en cuanto a ese punto porque es un libro de escritura muy lenta, que se fue haciendo a lo largo de diez años, en el que yo repasé de muchos modos ese tiempo compartido con una hermana que a la hora de escribir los poemas ya no estaba. Kodak es un libro pequeño en cantidad de poemas y muy extenso en su tiempo de realización, escrito para comprender esa falta, para transitar ese duelo. Porque, más allá de que mucho de lo que hice se haya publicado y leído, siempre he escrito para comprender. Cada libro me internó, por así decirlo, en alguna zona de lo humano que me costaba o me cuesta todavía comprender.

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Poema «Hamaca» del libro Pavese/Kodak (Ediciones del Dock, 2008), escrito y leído por María Teresa Andruetto, tomado del sitio web de la autora.

—Al leer muchas de sus obras no alcanza lo que teníamos aprendido sobre géneros literarios antes de haberlas leído, se resisten a ser clasificadas como poesía, como cuentos o como novelas, hay algo de andar por los bordes.

—A lo largo de la escritura de una obra, un escritor va escribiendo también su estética, y va construyendo el lector modelo que quiere para sí, porque como dice Joseph Brodsky, todo poeta se afana en el curso de su carrera por encontrar a un lector ideal, a un alter ego, porque lo que busca no es el reconocimiento, sino la comprensión. No es algo que uno sepa a priori, es algo que se va descubriendo en el proceso mismo del hacer, y una de las cosas que yo he descubierto de mí, y que por cierto también han visto otros, es este andar por los bordes, este cruce de géneros; he descubierto que me atraviesa en todos los órdenes esa resistencia a los encasillamientos, pero no se trata de un acto deliberado de rebeldía, se trata más bien de algo muy profundo y lejano, algo que tiene que ver con la búsqueda de una verdad personal. Eso impregna mi posición en el campo de la literatura infantil/juvenil nacional. Claro que no dejarse encasillar en un circuito de edición, ni en un género, ni en una temática tiene sus costos a la hora de la circulación y la visibilidad, pero me parece que he sacrificado todo eso en la búsqueda de lo más genuino en mí, cosa difícil porque un escritor no batalla solo con los encasillamientos y rotulaciones a que los otros lo someten, sino sobre todo con las propias adaptaciones, utilizaciones y acomodos.

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El incendio, de María Teresa Andruetto, il. Gabriela Burín (Ediciones del Eclipse, 2008)

—¿Basta la escuela como espacio de lectura para que estos libros desconcertantes, esta literatura de la incertidumbre encuentre sus lectores; para que cada lector encuentre nuevas lecturas que le generen incomodidad, y lo lleven a mirar el mundo desde otro punto de vista?

—No sé si basta la escuela, pero la escuela es lo que tenemos, lo único que tenemos todos los ciudadanos. Es casi diría el único espacio de verdadera democratización del conocimiento. Y entonces debemos hacer que sea más democrática aún, que sea menos potencial, que esté más y más en acto, y que estén distribuidos de un modo equitativo los recursos en todas las escuelas del país. Sería mejor, claro, tener, además de la escuela, libros en todos los hogares, padres lectores estimulando a sus hijos en todas partes, hombres y mujeres y niños sin carencia económica alguna, pero sabemos que no es esa nuestra realidad, aunque debemos trabajar para que algún día lo sea. Eso en lo que a la lectura respecta. En lo que hace a mis libros específicamente, creo que pueden ser leídos —y de hecho lo son, en muchas escuelas públicas, algunas situadas en contextos de alta marginalidad donde he participado de experiencias conmovedoras— siempre que un docente acompañe, que se haya entusiasmado con ese libro y crea que es digno de ser compartido con sus alumnos y se otorgue y les otorgue un tiempo para eso. A la vez, no soy de las que creen que todos los libros son para todos; uno no sabe para quién será bueno ese libro que escribió, como no sabe cuál de todos los libros que hay en la librería se le volverá indispensable. La lectura trata siempre de un encuentro, muchas veces bastante azaroso, entre un libro y un lector, un encuentro en el que el escritor y el lector descubren en diferido que hay un otro que lo comprende. Por eso un libro es un espacio tan potente de comunicación entre los hombres. Decía que ese encuentro es bastante azaroso, entonces el capital enorme de un maestro es que puede multiplicar potenciales encuentros azarosos con libros, porque hay que pensar que para muchos de esos niños, fuera de la escuela prácticamente no existe ese azar.

Ella preguntó: Regresarás?
Y el contestó: En diez años.

Después, lo vio marcharse y no hizo un solo gesto. Distinguió, por sobre la distancia que los separaba, los tiradores derrumbados, el pelo de niño ingobernable, la compostura todavía de un pequeño. Sabía que correría riesgos, pero no dijo una palabra, la mirada detenida allá en la curva que le tragaba al hijo.
A poco de doblar, cuando supo que había quedado fuera de la mirada de su madre, Stefano se secó los ojos con la manga del saco. Después fue hasta la casa de Bruno y lo llamó. El amigo salió y su abuela se quedó en la puerta, mirando cómo se iban. Dieron unos pasos y Bruno volvió la cabeza para ver si ella seguía en la puerta, hasta que el sendero les escondió la casa. Entonces el humor empezó a cambiárseles.
Por el camino se les unieron Pino y Remo y, poco más tarde, uno que llevaba una acordeona y se llamaba Ugo. Al atardecer, se cobijaron bajo el alero de una iglesia, sacaron unos panes y Ugo una petaca de vino. Stefano sintió el fuego del vino arrasando la garganta, su resaca en el pecho; pensó que su madre estaría pensando en él.
Ugo tomó la acordeona y cantaron hasta que quedaron dormidos,

Ciao, ciao, ciao,
morettina bella ciao,
ma prima di partire
un bacio ti voglio dar...

Mamma mia dammi cento lire
che in America voglio andar,
che in America voglio andar...

Stefano, de María Teresa Andruetto (Sudamericana, 2004)
—Hay una experiencia maravillosa con un lector de su libro Stefano que vive nada menos que en Suecia. ¿Qué reflexiones le traen estas vivencias con sus lectores?

—El lector al que te referís es un catamarqueño, hijo de italianos, que vive en Suecia. Me llamó por teléfono y me contó su experiencia, que yo referí en el seminario «El placer de leer», pero tengo muchas otras conmovedoras vivencias con lectores. Son cosas que suceden sin que yo las busque, que llegan un día a mi teléfono o a mi correo o incluso a veces me entero por terceras personas, vivencias como las de una pareja española que decidió hacer su ceremonia de casamiento en torno a El árbol de lilas: lo imprimieron en la tarjeta para los doscientos invitados, lo leyeron en la ceremonia religiosa, Liliana Menéndez les mandó un boceto de regalo y las dos un par de ejemplares firmados. En fin… también alguien en una plaza de México hizo un mural en una pared con una de las imágenes y un párrafo de ese libro y nos mandó una foto, mucha gente me escribe diciendo que ha encontrado o reencontrado el amor, o se ha reconciliado con ese cuento, o también me ha sucedido que alguien me escriba diciéndome nada más «¿Dónde puedo conseguir un árbol como ese?».

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El árbol de lilas, de María Teresa Andruetto, il. Liliana Menéndez (Comunicarte, 2006)

»También con Stefano me han llegado muchos, muchos, correos y llamadas, algunas experiencias muy conmovedoras también con «La mujer del moñito» (en El anillo encantado), un cuento leído en los lugares más insólitos, experiencias psiquiátricas, cárceles, escuelas de otros países de América, y «La camisa del hombre feliz» (en El anillo encantado); por ejemplo, en Medellín, un profesor de ética del derecho me dijo que hace años que comienza sus clases con ese cuento… solo lo tenía en una fotocopia de fotocopia que alguien le había acercado alguna vez. Y Kodak, bueno, Kodak es un libro que a nueve años de editado me sigue sorprendiendo, porque circula en la red en muchos, muchísimos, sitios de poesía, gente que lo recomienda, que me escribe, que lo sube a su blog, que los traduce… en fin, he vivido todo eso como un regalo, como los regalos que la escritura me da.

Leé la segunda parte de esta entrevista

Ficha

Publicado: 30 de marzo de 2009

Última modificación: 07 de diciembre de 2017

Audiencia

Docentes

Directivos

Familias

Área / disciplina

Nivel

Secundario

Categoría

Entrevistas, ponencia y exposición

Modalidad

Todas

Formato

Texto

Etiquetas

literatura infantil y juvenil

industria editorial

formación literaria

autor

Autor/es

Mónica Klibanski

Licencia

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