Nora Scaringi de Brossy

A 90 kilómetros de Bariloche y a 15 kilómetros del teléfono más cercano, en la localidad de El Manso Inferior, se encuentra la Escuela Rural N.° 92 de Río Negro, cuya directora es Nora Scaringi de Brossy.

Esta escuela rural, a la que asisten más de 49 alumnos provenientes de familias con escasos recursos, tiene tres secciones de grado, una sala de jardín, cuatro computadoras, una biblioteca y muy pocas formas de comunicarse con el resto del mundo.

Nora y su marido se hacen cargo de la escuela desde hace más de cuatro años, y han ayudado a que progrese año tras año: primero lucharon por habilitar la sala de jardín, luego construyeron la biblioteca junto con la sala de informática (resignando el «lujoso» gallinero, cuenta Nora), y hoy han decidido que no bajarán los brazos hasta que la escuela pueda lograr acceder a internet: «es la única posibilidad de salir del aislamiento y abrirles un nuevo panorama a los chicos», dice su directora.

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—¿Cómo es la escuela del Manso?

—Además de las materias curriculares, o sea, las que le dictan las maestras, los chicos tienen talleres. Los varones, con un maestro artesano; las nenas, con una maestra artesana. Con el artesano, trabajan nudos de coihue, madera y soga, y hacen todo lo necesario para el caballo. En el caso de las nenas, tejen en telar, con aguja, a crochet, además tienen un maestro de huerta, y para el tercer ciclo vienen profesoras de El Bolsón que les dan Plástica, Educación Física e Inglés. En la escuela, los chicos de primaria desayunan, almuerzan y meriendan; los nenes de jardín están solo por la mañana. También tenemos cuatro computadoras en la escuela, que usan los chicos más grandes: dos recibidas por el II ciclo, una ganada en el concurso «Así trabajamos en la escuela» y otra del Legajo Único de los alumnos. Con un golpe de luz se nos quemó una PC y hace poco hicimos una feria de ropa usada, recaudamos cerca de $ 300 y ya la mandamos a arreglar. Pero el problema es que usan solo para procesadores de texto o PowerPoint. No estamos conectados a internet, ni a nada que sea más moderno porque ni siquiera tenemos teléfono.

—Pero sabemos que enviaron su postulación a la convocatoria para conectividad de escuelas rurales de la Argentina que presenta educ.ar. ¿Qué proyectos tienen pensado llevar adelante si ganaran el concurso de conexión a internet satelital?

—Sí, efectivamente hemos enviado nuestra propuesta para la convocatoria. Lo que más nos preocupa es la parte de lectura y comprensión de textos y poder trabajar con otro material que no sean solo libros, que los chicos puedan bajar también información de internet. Por ahora solo trabajan con el procesador de textos y el PowerPoint. De todas formas, nuestra mayor expectativa respecto de internet es que los chicos accedan a una mayor comunicación, para abrirles otro panorama. Ellos en realidad están muy aislados: estamos a 90 kilómetros de Bariloche y a 98 kilómetros de El Bolsón, aquí entra un solo colectivo por semana, los días viernes. Al no tener teléfono, dependemos exclusivamente de una radio que hay en el puesto sanitario.

—La conexión a internet es entonces un gran desafío para el desarrollo y la integración del pueblo y de los chicos...

—Claro, porque no solo servirá para nosotros como proveedor de información, sino también de comunicación con el mundo. Hay una escuela cercana, sobre la ruta, en el Foyel; ellos sí tienen internet en la escuela, trabajan con internet y los chicos se comunican con otras escuelas, algo fundamental.

—¿Los chicos de la escuela ya han navegado alguna vez en internet, cuando van a Bariloche, por ejemplo?

—No, los chicos de computación solo saben lo elemental que les hemos dado en la escuela. En la casa, no tienen computadoras. Imagínese que recién desde 1997 tienen luz. La escuela se creó en 1928, pero el problema era que estaba muy aislada. Hay un río, pero no tenía puente y por lo general los docentes venían un año a trabajar acá y se iban por las malas condiciones. En el 2001 yo hice el censo y me di cuenta de que la mayoría de la población tenía la primaria incompleta, pero no por desinterés, sino por la falta de oportunidades, porque no había docentes. Luego, cuando tuvieron luz y se hizo el puente sobre el río Foyel, la situación fue mejorando de a poquito. Ahora, por ejemplo, tenemos DirectTV, como tienen todas las escuelas rurales.

—¿Y utilizan la televisión como recurso educativo?

—Sí. Además la escuela, por tener Tercer Ciclo, tiene videocasetera. Y como acá llueve mucho y eso se convierte en un gran problema —a partir de abril a veces llueve 15 días seguidos, y los chicos tienen que hacer el recreo en el aula—, se entretienen mirando películas y así pasan los recreos.

—¿Cómo fue para usted pasar de trabajar tantos años en una escuela urbana —33 años de servicio— a una escuela rural? ¿Cómo resulta la adaptación?

—Sí, yo hice toda mi carrera en Sierra Grande (una localidad que queda entre Puerto Madryn y Las Grutas) y hace cuatro años y medio, cuando hubo un concurso para cargo directivo, con mi marido lo pensamos bien y nos decidimos. Lo que más le pedimos a Dios era que nos mandara a algún lugar donde realmente hiciera falta, y si bien habría que preguntarles a los vecinos, porque no quiero pecar de soberbia, los comentarios que uno escucha de la gente es que estamos haciendo algo bueno en la escuela. Por ejemplo, mi marido y el portero hacen todo el mantenimiento de la escuela, y mi marido no cobra un peso por eso.

»La adaptación es buena. Yo siempre le digo a la gente de acá que no sé si ellos aprendieron mucho de mí, pero yo sí aprendí mucho de ellos. El chico rural no es menos que el de la ciudad, hay que apuntar a que conozcan otra realidad, pero sin que pierdan los valores que tienen. Nosotros como docentes tenemos una gran ventaja: los chicos acá son muy respetuosos, están ávidos de aprender. Esto no pasa en todos lados, yo escucho conversaciones de otras maestras que trabajan en zonas urbanas que dicen que los chicos no se portan bien, que molestan. Nosotros no tenemos problemas de disciplina y eso es importantísimo. Todo lo que uno les enseña para ellos es importante y lo valoran mucho. Por ejemplo, si bien hay chicos de diversas edades, en los recreos juegan todos juntos; los más grandes cuidan a los más chicos, los hamacan, juegan en la calesita, porque además son todos medio parientes (primos, hermanos) y se crían juntos.

»Los progresos que logramos fueron muchos. Yo recibí una escuela en la que las aulas y los baños tenían baldes de pintura como papeleros, que no se lavaban nunca. En el almuerzo, no se usaban servilletas y, cuando iban a lavarse las manos, se secaban con toallas que permanecían en las aulas por meses. Las aulas se barrían y se pasaba un trapo húmedo, nunca se baldeaban. Solo teníamos dos porteras, una de las cuales, en aquel momento, tenía 70 años. Las bolsas de harina, la levadura y la grasa para hacer pan se dejaban en la casa de una de las porteras, que todos los días traía dos panes cocinados en un molde de budín: tenían que alcanzar para 36 personas en el almuerzo y la merienda.

»Convencida de que los niños deben ser modificadores de su propia realidad, hice sacar todos los baldes de las aulas y los baños y cambiarlos por bidones de 5 litros de lavandina, recortados, que debían vaciar a diario. Comencé comprando rollos de papel de cocina para que usaran como servilletas hasta que las familias fueron dándole a cada niño la suya. Después conseguimos una donación, de material de muy buena calidad, de un hotel de Bariloche. Ahora las toallas se cuelgan en los baños y se cambian después de cada recreo. Tanto las servilletas como las toallas se lavan a diario. Las aulas se baldean todos los días; una vez por semana se limpian los vidrios y se repasan los estantes. Al poco tiempo de nuestro arribo, comencé a pedir la creación de otro cargo de portero. Como la señora mayor se jubiló, nos crearon dos cargos: tenemos cuatro porteros, tres chicas jóvenes que se encargan de la limpieza y un varón, que junto con mi esposo realiza el mantenimiento del edificio. El pan lo hacen las porteras en la escuela. Los niños comen todo lo que quieren. Además, algunas veces hacen tortas fritas, buñuelos, berlinas, etcétera.

»Otras de las cosas que nosotros hicimos desde que estoy en la escuela fueron los trámites —muchos— para abrir la sala de jardín. En el año 2002 comencé a elevar notas al Consejo Provincial de Educación para pedir la apertura de una sala anexa de jardín, porque los niños ingresaban en primer grado sin saber tomar un lápiz, una tijera, sin hábitos ni normas de higiene. Un 70 por ciento repetía el primer grado, con la frustración que ello significa. No podemos hablar de igualdad de oportunidades cuando los niños de las zonas rurales son discriminados. Recién en el año 2004 se presentó la delegada regional a fin de comunicarme que el Consejo solo crearía el nuevo cargo de maestra de jardín, pero que la escuela debía hacerse cargo de una habitación destinada a ella. Entonces, como teníamos un galpón, con la ayuda de los vecinos y con eventos que armó la cooperadora conseguimos el piso, el calefactor, la luz, etcétera e hicimos la sala de jardín. Y cuando ya estuvo terminada, recién ahí se creó el cargo de la maestra. Su dormitorio lo hicimos en otra habitación, que era la leñera; también le hicieron el piso, la pintaron. Como la obra les había salido bien y teníamos un gallinero demasiado «lujoso», hicimos un lugar más precario para las gallinas y en esa habitación construimos la biblioteca y la sala de informática.

—¿Cómo consiguen los libros para la biblioteca? ¿Qué tipo de libros tienen?

—Conseguimos los libros a través de nuestros padrinos: como la Fundación Wolf Schcolnik, también nos ayudan APAER, Misiones Rurales y el sacerdote que viene cada 15 días a dar misa al pueblo. La mayoría de los libros que nos han donado son buenos. Hay de cuentos, de información general, manuales, libros de lectura. Tenemos muchos libros de cuentos, pero lo que sucede con los libros de cuentos es que tenemos que estar constantemente renovándolos porque una vez que los leyeron quieren otros distintos.

—¿Les gusta leer a los chicos? ¿Leen mucho?

—Sí, leen mucho. Tenemos la hora de lectura por placer, en la que ellos leen lo que les gusta. En realidad, apuntamos muchísimo a la lectura, la comprensión de texto, la escritura, y trabajamos estas prácticas desde todas las materias porque es lo que les abre un panorama nuevo.

—Ya han vivido la primera camada de egresos. ¿Cómo resultó la inserción de los chicos en la ciudad?

—Desde que estoy yo, ya son cuatro los egresados de la escuela, y la verdad es que no tienen problemas en la integración, aunque siempre el primer año les cuesta mucho porque son muchos los cambios.

»Los chicos que se van del pueblo a estudiar a otras ciudades siempre vuelven los fines de semana a ver a su familia, y vienen a la escuela a visitarnos o vienen a la biblioteca de la escuela a buscar materiales, es decir, que siempre seguimos de cerca sus vidas.

»La verdad es que, desde que llegue acá, volví a tener alumnos como hace 20 años, en el sentido de que hace 20 años los chicos tenían otra relación con el docente. Hoy se han perdido mucho los valores, lo digo tanto por lo que veo en la televisión como por lo que viví en tantos años de docencia en escuelas no rurales. Los chicos de acá, del Manso, siguen manteniendo el respeto tanto que cuando llamo a un padre, por ejemplo, vienen y me preguntan antes que nada qué problema tuvo su hijo, pero no para ver cómo defenderlo, sino para saber cómo ayudarlo.

Fecha: marzo de 2006.