280320071¿Quién es Fabio Tropea?
Experto en semiótica, analista de los lenguajes de la comunicación de masas y profesor universitario. Nació en Barcelona y se graduó en Sociología y Periodismo, con un doctorado en Comunicación Audiovisual. Entre sus publicaciones se destacan La seducción de la opulencia y Tribus urbanas. Hace unos años publicaba la revista Penélope en infonomía.com. Las notas, han conformado el libro Penélope y Ulises: Tramas y exploraciones en la red.
En esta entrevista ambos especialistas se internan más allá de la ecología de los medios y las nuevas tecnologías y reflexionan sobre lo difícil que es poner en concordancia y estrechar los lazos entre culturas tan distintas y con lecturas y valoraciones de la realidad (y del rol de los medios para construir esa realidad) tan diferentes entre sí.

—¿Qué es lo que quería comunicarles a sus interlocutores árabes con su ponencia “Interculturality Media”, presentada en el reciente Congreso sobre Media Education llevado a cabo en Riyahd?

—Yo quería ir un poco más acá del problema superficial de la recepción de las nuevas tecnologías. Quería hablar de dos cosas: de la relación con el otro y de cómo los medios influyen sobre esas relaciones. Y utilicé una metáfora de los enemigos de la comunicación porque pensé que iba a ser una metáfora provechosa para ellos. Aunque no la utilicé al pie de la letra porque sabía que había riesgos de que la tomaran demasiado literalmente, como ocurrió casi al final de mi exposición cuando hablé de una de las últimas metáforas: el virus. Esta metáfora fue vista como una idea de la que realmente hay que defenderse, hasta con medicinas.

—¿Qué otras metáforas usó?

—Utilicé la idea de una evolución de los enemigos de la comunidad, en la que en una época clásica o tradicional, de aldea, el enemigo era el lobo, una fase que ha durado una eternidad en la historia de la comunicación. Luego, con la transformación de la aldea en ciudad, los enemigos de la comunicación se meten dentro del propio tejido urbano. Después deviene una etapa más evolucionada –tanto en miniaturización como en localización, como topología– para la que utilicé la metáfora de la cucaracha, que no sólo está dentro de la ciudad sino que entra en los propios hogares. Y, finalmente, la última fase, la más evolucionada de todas, que es aquella en la que los medios de comunicación entran en el propio cuerpo y crean un cortocircuito, crean el aislamiento total y la imposibilidad de defenderse, porque ya están dentro de uno mismo.

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—Después de haber estado cuatro días, en Arabia Saudita, y de haber escuchado innumerables conferencias en sesiones que duraban 12 o 13 horas cada día, ¿por qué cree que fue tan fuerte el shock que le produjo a la población árabe la metáfora del virus?

—Porque efectivamente se trata de lo que para ellos es la comunicación en este momento. Para ellos, la comunicación hoy es un virus que viene de afuera y del cual hay que defenderse; y la defensa es, según creo, la razón primaria por la que han organizado este evento.

Pero esto no significa que no haya una parte de la población realmente interesada en el uso técnico de las tecnologías. Hay un doble juego, uno que rechaza, niega, quiere defenderse, y otro que quiere conocer, quiere saber para poder utilizarlo dentro de su sistema ideológico, aunque no cambiando nada de lo que es su ideología.

— Hace muchos años una investigadora brasileña, Ana María Fadul, que estuvo viviendo primero en Italia y luego en Alemania Oriental, decía: “Gracias a la televisión occidental se derrumbó el Muro”, una observación algo determinista. En estos días en que Ud. estuvo en Arabia, donde se pudo observar la importancia y el uso que la población hace de internet, de los teléfonos móviles, y donde también hay numerosos satélites que irradian televisión internacional, ¿cree que se podría decir algo parecido, que estas nuevas tecnologías pueden erosionar los valores profundos propios de la cultura árabe?

—Aquí se trata de un muro que está conformado no por una pantalla sino por la ausencia de una pantalla, y entonces la aparición de esta nueva pantalla del teléfono móvil, que es personalizada, que no aparece en otro lugar que no sea el propio cuerpo de uno mismo, creo que va a ser un elemento de distorsión muy fuerte porque permitirá un intercambio de imágenes constante y una tentación (como bien la definen ellos) que puede, si no erosionar los valores, crear con el tiempo las condiciones para que se derrumben.

—Claro, lo que sucede es que la gran diferencia entre Alemania Oriental y Arabia Saudita es que, en el caso de Alemania Oriental, el sistema que predominaba era algo sobreimpuesto por el control ideológico externo soviético, entonces fue fácil derrumbar en pocas semanas lo que había durado 50 años. Mientras que acá la dominación (si es que existe) está tan interiorizada que el cambio no dependería en forma mecánica de la introducción de las nuevas tecnologías. ¿Qué fue lo que le llamó más la atención en este tema más que curioso de la ideología musulmana en términos de relaciones entre géneros, que se traduce en una literal segregación de las mujeres? ¿Cómo lee este apartheid cultural semiótica o ideológicamente?

—Antes que nada, creo que esta experiencia es inenarrable: hay que observarla de cerca porque por mucho que se trate de narrativizarla no se puede percibir sino en la propia piel.

Y si tengo algo para expresar es que la vivo con solidaridad para con la mujer y con curiosidad extrema por entender cómo un sistema puede haberse desarrollado tanto y haber creado una especie de universo paralelo, satelitario, porque las mujeres en los países árabes, pero muy especialmente en Arabia Saudita, son un satélite.

Pero como no he podido tener la ocasión de hablar con las mujeres, no sé si en realidad esta luna gobierna el planeta de los hombres y qué relaciones de poder hay entre ellos.

—Nosotros no pudimos hablar, pero varias de las mujeres occidentales que participaron de la reunión pudieron hablar con ellas y el mensaje que nos trasmitieron fue bastante sorprendente para nosotros. Por un lado, no se sienten serviles, ni domesticadas ni dominadas, y por otro lado, quisieron convertir a las nuestras…

—Sí, quisieron convertirlas incluso con los medios más tradicionales, comprándolas con regalos, tratando de inocular este pequeño virus que viene de afuera a través de la amistad.

Lo más interesante es que la mujer se ha hecho militante de este sistema, mucho más militante que el hombre. Porque en realidad lo que es el fruto de la prohibición (que viene del hombre) respecto de la exposición de la mujer se ha transformado ya en un pudor absoluto por parte de la propia mujer.

—Una mirada simplista occidental –u “orientalista” como diría el extraordinario escritor palestino Edward Said– sería que en realidad lo que las mujeres árabes han hecho (especialmente en Arabia Saudita) es padecer en forma colectiva el síndrome de Estocolmo.

—Puede ser, sí, muy bien dicho. Lo han hecho propio y se han acomodado a ese sistema, con lo cual la imagen –que se ha transformado en el medio constante de intercambio comunicativo de Occidente– aquí se transforma en una especie de eco. En mi opinión, de Narciso-eco. Mientras que en Occidente todo pasa ligado a la circulación de las imágenes de las mujeres, aquí esto es un agujero negro y de allí este eco.

—En el grupo de conferencistas éramos 25 personas de distintos países (de Europa del norte y del sur, de Latinoamérica, etc.). Podríamos dividirlo en dos subgrupos: los que eran más pro Revolución Francesa (iluministas) y hablaban de convertir a las árabes, de mostrarles que han elegido el camino equivocado y que hay que liberarlas de los velos (literalmente digo: “los velos”); y nosotros, los mediterráneos, con una mirada más antropológica, con la que tratábamos de hacer valer menos los juicios de valor. Pero igualmente, ¿no fuimos harto sacudidos por lo que vimos?

—Sí, todos fuimos sacudidos. Pero la reacción de estos dos subgrupos que Ud. bien menciona ha sido distinta. El choque para nosotros fue menor porque venimos de una cultura católica, donde hasta antes de ayer las cosas no eran del todo distintas. En cambio, en lo que hace al alma protestante europea, la de quien se busca a sí mismo y que encuentra el camino de forma personal, esta no puede renunciar nunca al derecho a expresarse y ellos lo han vivido como un auténtico trauma (mujeres y hombres). Creo que nosotros hemos tenido la coartada de la tradición religiosa para transformarnos más fácilmente en antropólogos.

—Desde el punto de vista de la ecología de los medios y de la media education, ¿qué cree que les dimos, qué esperaban ellos, qué nos dieron y qué puede salir de todo esto?

—En esto, y aunque paradójicamente, soy optimista. Porque les dimos –a los dos puntos de vista– las armas actuales de la educación, y por eso hay razones para tener expectativas. A los neoapocalípticos les dimos la razón en el sentido de que les enseñamos el universo del cual ellos reniegan, les dimos armas para poder renegar. Paradójicamente, cada introducción de la problemática de las nuevas tecnologías en la sociedad les ha confirmado que hay peligro.

En cambio, al alma más tecnicista, más abierta, más iluminada, le hemos dado esperanzas para que el disgusto pase de forma intersticial entre los pliegues de la ideología.

—¿Cuál es su reflexión acerca del trabajo que está haciendo actualmente y cómo se conjuga con esta experiencia que acaba de vivir?

—Creo que es una experiencia inolvidable (y no es un tópico). Influirá mucho sobre los próximos pensamientos que nos van a encontrar en las noches de insomnio, es una sacudida a ciertas reificaciones en las que nosotros vivimos respecto de la imagen.


Fecha:
Marzo de 2007