200620071Por Mónika Klibanski y Verónica Castro

—Su estilo de ilustración es fácilmente reconocible para quienes ya están familiarizados con su obra. Pero para quienes no conocen su sello personal ¿podría explicarnos en qué consiste su técnica?

—Básicamente trabajo sobre el mecanismo conceptual y discursivo del collage. La unión de referentes, la transformación de vehículos semánticos, la metamorfosis, las mutaciones de sentido son mis herramientas para pensar y comunicar. Sintácticamente, si bien el collage sigue siendo el término más cercano, mis ilustraciones se empiezan a parecer más a pequeñas esculturas que a papeles pegados. Mis obras no tienen perímetros, no hay un lápiz que defina áreas o formas a llenar. Últimamente estoy explorando el volumen con más cuidado, y la escultura es la actividad más amable y directa para hacer experimentos. Hace poco me preguntaban a qué se parecía mi estudio. La respuesta fue: a un laboratorio peligroso de la imagen.

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—Usted comentó, en una oportunidad, que para su trabajo como ilustrador comienza elaborando bocetos de toda la obra y posteriormente reúne «casi intuitivamente» los elementos necesarios para plasmar sus ideas sobre el papel: «saco fotos, rompo cosas, martillo aparatos, incendio papeles...», decía. Combina objetos de la vida cotidiana con otros para transformarlos en cosas diferentes, inventa cosas. Habiendo sido también docente y dictado varias conferencias sobre Imagen, Diseño editorial, Ilustración Editorial y Collage, ¿en qué cree que hay que hacer foco en la formación de jóvenes que están especializándose en este oficio para trasmitirles la libertad que se necesita y que usted tiene para crear?

—Siempre lo digo, y lo sigo pensando: es necesario que las direcciones que se toman dentro de la plástica no solapen las que se toman sobre la idea, el mensaje. Veo gente muy talentosa en cuanto a manejo de técnicas y habilidad sintáctica, pero no tantos que se preocupen por desarrollar conceptos interesantes, originales o por lo menos efectivos. Creo que es imprescindible buscar la solidez no tanto en los paradigmas estéticos, o en olas gráficas que mutan y se vuelven cada vez más esporádicas, sino en una expresión más íntima, personal, con la cual sentirse realmente cómodo. La ilustración editorial, sobre todo, se vincula mucho con la solución de problemas visuales. Generalmente no hablamos solo de «ilustrar un texto», sino de aportar algo más al mensaje. Esto exige una responsabilidad, y un desarrollo más extenso y programado del uso de la imagen. De todos modos, existen varios ejemplos de ilustradores (y diseñadores) en la Argentina que alimentan este espacio maravillosamente. Yo diría entonces que el foco para los que empiezan y buscan referentes sería tratar de alimentar y ejercitar el costado conceptual. Digamos que si hacen un curso de dibujo, deberían hacer en paralelo otro de semiótica…

—Publicó cinco libros infantiles escritos e ilustrados por usted. En El zoo de Joaquín, el texto parecería estar en un segundo plano frente al impacto que provocan las imágenes. ¿Cómo conjuga su experiencia en el diseño editorial y la ilustración con el oficio de escritor?¿La imaginación y la creatividad tienen más posibilidades para usted en la ilustración que en el arte de la escritura?

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—Mi impresión es que con el paso del tiempo uno va desdibujando conscientemente los límites entre la ilustración y la escritura, para convertirse en otra cosa, en autor. Lo primordial pasa a ser, entonces, la transformación de una idea en algo material, algo comunicable, utilizando para esto los medios y las herramientas que sean necesarias, con las que uno se sienta más cómodo. Si en mi caso ilustro mis propios textos, o escribo frente a mis propias ilustraciones, se debe a que me ayuda a permanecer fiel a mis conceptos básicos, a mi identidad como autor.

»No podría decir que la imagen tiene más posibilidades creativas que la escritura, porque según mi experiencia o mis métodos están cada vez más soldadas. Son como piezas que dependen una de otra para funcionar correctamente.

»Por otro lado, por mi formación profesional, me es más sencillo relacionarme con la imagen que con la palabra. Generalmente empiezo ilustrando, bocetando, proyectando con lápiz, lo que después muta constantemente hasta convertirse en una historia. Pero es solo una cuestión de comodidad, de hábito; lo que importa finalmente no van a ser los recursos, sino el resultado final.

—Para quienes no conocemos la cocina de su oficio, ¿cómo trabaja usted las ilustraciones que le piden para medios de comunicación tan disímiles como el New York Times, la revista Rolling Stone, Clarín, El Gourmet, The Wall Street Journal, además de varias editoriales de libros para chicos, en los que participa? ¿Son proyectos que llevan mucho tiempo? ¿Cómo es su espacio de trabajo? ¿Trabaja sus dibujos con la computadora?

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—La mayor diferencia que existe o encuentro entre estos medios de comunicación no es temática, ni estilística, sino de tiempos. El tiempo para desarrollar una ilustración para un diario se cuenta en horas, el que se tiene para una revista en días, y el de libros en semanas. Esto implica optimizar al máximo la eficacia desde la experiencia y la mecánica de trabajo a la hora de responder.

»Por mi propio método y estilo de trabajo, algunas ilustraciones tienen más alcance y desarrollo que otras: me doy cuenta de que no se debe a una cuestión de inspiración, sino de tiempos. Por otro lado, los medios masivos, los diarios, suelen ser vertiginosos, y esto aporta mucho a la hora de tomar decisiones correctas; no queda demasiado espacio para la equivocación. No se me ocurre mejor entrenamiento para un ilustrador.

»La computadora, en mi caso, si bien está presente y facilita mucho las tareas, no es el eje de mi trabajo. Todavía me manejo en un porcentaje mayor afuera que adentro de la máquina. La gestualidad, la sensibilidad, la abstracción frente al trabajo de uno sigue siendo primordial.

—Recientemente ilustró la reedición del libro Perro salchicha, de María Elena Walsh, y también ha trabajado en la ilustración de autores destacados de la literatura nacional e internacional, como Ursula Wolfel, Katie McKy, Gustavo Roldán, Fred Phillips. ¿Cuál de todas esas participaciones le dio más satisfacciones? ¿Se siente demasiada responsabilidad al ilustrar a otros autores? En estos casos, ¿trabajan juntos escritor e ilustrador?

—Si bien uno siente una carga de responsabilidad al aceptar crear imágenes sobre las palabras de otro, a veces es necesario correrse y confiar en que por algún motivo lo han elegido. No es un tema sencillo, y exige ciertas negociaciones, ceder cuando es necesario y mantenerse firme cuando se está convencido. Lo bueno es que ambos (escritor e ilustrador) estén de acuerdo en lograr el mejor resultado posible, y teniendo esto en cuenta es difícil que se llegue a un punto donde no haya conexión. Me resulta muy importante que tanto el escritor como el ilustrador estén convencidos de la presencia del otro en el proyecto. Eso genera confianza y consenso, permite que se consideren como iguales, y desaparecen las jerarquías o autoritarismos creativos. Lamentablemente, en la Argentina no hay equidad entre los derechos de autor para uno y otro, como sí la hay en Europa, por ejemplo, y esto produce de por sí un escalafón que los separa, cosa que no ayuda.

—Trabajó junto con la autora Paula Bombara en la colección de Eudeba «¿Querés saber?». Dado que usted no proviene del ámbito científico, como Bombara, ¿cómo trabajaron la elaboración de ilustraciones para esta colección de divulgación científica para chicos?

—Bueno, en realidad, provengo por transitividad del ámbito científico, ya que mis padres lo son (ingeniero y química); de chico estuve rodeado de elementos, contextos, léxicos que seguramente dejaron alguna huella en mí, si analizamos lo que hago y cómo lo hago...

»La relación de trabajo (y más tarde, de amistad) que tuvimos con Paula fue muy provechosa y, debo decir, constructiva. Creo que los dos aprendimos y nos divertimos mucho durante los cuatro libros que hicimos, y eso siempre hace que el resultado valga la pena. Justamente en este caso, y volviendo a lo que explico más arriba, ambos estábamos convencidos de la experiencia y profesionalidad del otro, inmediatamente borramos papeles y jerarquías y cada uno aportó lo suyo. Confiamos, y funcionó muy bien.

—En el caso del libro ¿Querés saber qué son las células?, el texto es escueto pero muy claro y aporta muchísima información. Las ilustraciones combinan técnicas de fotomontaje y toma recursos del lenguaje publicitario, algo así como una especie de afiche callejero, pero que dice: ácido desoxirribonucleico (información científica). Un formato que imagino es atractivo para los chicos, algo que combina el mundo cotidiano y la escuela. ¿Sabe cuál fue la respuesta de los chicos?

—Para decir verdad, no estoy muy al tanto de la respuesta de los chicos. Sé que se tomó muy bien, que funcionó, pero solo por lo que me contaron. En el momento en que los libros salieron yo me mudé a Bariloche y me desconecté un poco de las visitas a escuelas, y del feedback que me hubiese gustado tener.

»Creo que el proyecto fue muy novedoso y extremadamente útil para el material con que contábamos en la Argentina; supongo que los chicos, y los maestros, aprecian eso.

—Su libro El diario del capitán Arsenio lleva una inolvidable dedicatoria: «A mi padre, que me enseñó a volar. A mi madre, que me enseñó a aterrizar», que dice mucho sobre las personas que lo inspiraron. Además de sus padres, ¿cuáles fueron los artistas que más lo influenciaron?

—Podría mencionar a casi toda la escuela del afiche polaco de posguerra, empezando por Roman Cieslewicz y Jan Lenica. Lograron un matrimonio entre la plástica y la poesía inconfundible y revolucionario.

»Me gustan mucho también John Heartfield, Brad Holland, Ralph Steadman, Luba Lukova, Carlos Nine, Craig Frazier, Mark Ryden, Jacek Yerka, Frederique Bertrand.

»Y por supuesto, mi paso por la Universidad de Buenos Aires, como alumno y más tarde como docente, fue completamente decisivo y valioso. Conservo el recuerdo de profesores, compañeros y alumnos a los que les debo muchísimo.

—Usted tiene un sitio web. ¿Los chicos establecen contacto con usted a través de internet? ¿Tiene idea de cómo reciben ellos sus libros?

—Tengo un sitio web, pero soy terriblemente vago para esas cosas, para actualizarlo por ejemplo. Creo que no lo toco desde hace cuatro años, y en la carrera de un ilustrador eso es mucho tiempo.

»Recibo a menudo correos electrónicos y el contacto de gente que leyó mis libros o vio mis ilustraciones, y me hace muy feliz saber que de algo sirvió. Nuestra profesión suele ser muy solitaria, muy ermitaña; siempre es reconfortante encontrarse con personas que entendieron a quién estaba dirigido, para qué lo hicimos.


Fecha: Junio de 2007