A veces nos preguntábamos cuáles eran las razones del éxito. A mi entender todo se debía a la capacitación profesional y humanística que nos había dado la universidad y el Hospital Policlínico de La Plata, merced a la cua, podíamos dedicarnos con abnegación y amor a nuestra tarea de médicos a la que entregábamos todos nuestros esfuerzos. Entendíamos –porque lo llevábamos en el alma– que el acto médico debe estar rodeado de dignidad, caridad, igualdad, piedad, sacrificio, abnegación y renunciamiento. Y por sobre todas las cosas habíamos procedido con honestidad (…) Estoy seguro, por otra parte, de que ese ha sido y sigue siendo el derrotero por donde transita la inmensa mayoría de los médicos rurales de mi país. Buscábamos obtener un sustento económico, pero lo hacíamos cobrando lo justo, de acuerdo con la capacidad de cada uno de los pacientes. A toda hora nuestro esfuerzo personal y la capacidad tecnológica de la clínica estaban al alcance de todos, poniendo en práctica aquello de que la salud es un derecho inalienable que no tolera privilegios” (René G. Favaloro, Recuerdos de un médico rural, Torres Agüero editor. Buenos Aires, 1992).



Uno de los científicos humanistas más interesantes del siglo XX, Gregory Bateson, sostuvo que un explorador no puede conocer nunca lo que está explorando hasta que lo ha explorado, y solo cuenta con la experiencia de otros que lo precedieron en el camino. Comparto su opinión y por ello elegí a otro humanista, el doctor René Favaloro, para que comparta con nosotros su experiencia y nos acompañe a interrogarnos sobre la medicina y la ética.

¿Qué quiere decir medicina moderna en la Argentina y, sobre todo, cómo es posible definirla?
—Creo que para comenzar deberíamos clasificar el momento histórico que nos toca vivir como el de la “era tecnológica”. El gran desarrollo de la tecnología ha alcanzado todos los campos y entre ellos, por supuesto, el de la medicina. Pero antes de continuar, sería bueno esclarecer un desventurado malentendido que confunde a la ciencia con sus derivaciones tecnológicas. Quienes tienen esta confusión cometen el error insensato de juzgar lo que no admite juicio. La ciencia no es buena ni mala, es la expresión de una necesidad propia del ser humano ligada a la capacidad de crear. Buenas o malas pueden ser sus consecuencias prácticas, sus aplicaciones tecnológicas, el uso que se dé al conocimiento; pero nunca el conocimiento mismo. 

El buen o mal uso que se hace de lo descubierto dependerá de razones ajenas a la ciencia. Pero además del compromiso intelectual, la ciencia –en nuestro caso puntual la medicina– no puede dejar de lado sus implicancias técnicas y morales. 

El desarrollo científico ha alcanzado niveles que nos sorprenden día a día. En este desarrollo sin límites, que lo invade todo, no podemos negar que los avances han permitido un cambio sustancial en la sociedad de nuestro tiempo. También debemos confesar que estos adelantos tecnológicos, rápidos y profundos, no marcharon a la par de la evolución social y que no toda innovación fue positiva. Las víctimas de la talidomida y las de Chernobyl nos recuerdan que a veces el avance tecnológico tiene un costo social y humano significativo.

La medicina vive también la etapa tecnológica; ya no es la medicina que yo hacía como médico rural donde lo que más valía era el contacto directo con el paciente, el interrogatorio, la palpación, la auscultación (…) La medicina moderna tiene una mayor complejidad porque el médico hoy cuenta con infinidad de aparatos de diverso tipo. Esta “complicación” genera beneficios, ya que un diagnóstico más preciso permite también un tratamiento más eficaz. 

Favaloro y Leloir

¿La salud de una persona comprende solo el bienestar físico? En otras palabras, además de los posibles daños en los órganos y los tejidos causados por cualquier enfermedad o accidente, ¿hay algo menos evidente en términos físico-biológicos que pueda afectar la salud del paciente y a lo que la medicina actual no adjudica el valor que le corresponde?
—No hay nada que pueda reemplazar a la vieja medicina clínica de “sentir” al paciente, palparlo, tocarlo, escucharlo. El problema, el “síntoma” de la medicina moderna es, tal vez, un olvido. El paciente es una persona y como tal tiene tres dimensiones de existencia: una comprende su fisiología, anatomía y estructura; otra, sus sentimientos, emociones, afectos y pensamientos –todo lo que hace a la psiquis en forma general– y la tercera representa sus relaciones con los otros seres humanos y su posición dentro de la red social. El paciente es la fusión indisoluble de estas tres dimensiones. Es antinatural pretender separar la mente –si se quiere, el alma– del cuerpo del paciente. Como todo está íntimamente relacionado, una palabra, un acto, un gesto son capaces de cambiar, en cierto modo, nuestra fisiología. Una frase o un abrazo pueden herir o reconfortar nuestra salud. 

Favaloro de jovenAllí, frente a nosotros, está sentado el paciente y ¿quién es él?: un ser humano, por supuesto, un “universo” de miedos, afectos, dudas y proyectos. No es una estadística más ni un muñeco para reparar, sino una persona.

Juntos, el médico y el paciente decidirán el tratamiento a seguir. ¿Cómo es eso? El médico debe combinar el criterio científico de excelencia y la capacidad de escuchar “las razones del corazón” del paciente para elegir la terapéutica más adecuada. Si se trata de una persona con problemas coronarios verá qué es lo más conveniente: seguir con el tratamiento médico, realizar una angioplastia o hacer la operación. Pero en la determinación final jamás pueden intervenir preferencias personales ni influencias económicas, tan solo la indicación responsable de base científica.

Insisto, tratamos a personas, de allí la importancia de la conversación, del interrogatorio que es el instrumento que le permite al médico reconocer el problema físico y, sobre todo, escuchar el alma del paciente.

Lo valioso es mantener en el tratamiento un equilibrio de estas tres dimensiones de la persona; al mismo tiempo, eso es lo más difícil de enseñar. La tecnología constituye una ayuda invaluable, pero también encandila. No hay que confundir adelanto tecnológico con automatismo. Los pacientes no llegan a nosotros para cambiar “repuestos”; ellos merecen respeto, comprensión y solidaridad. El camino consiste en formar a los médicos jóvenes con un “criterio integral”.

¿El avance vertiginoso en el campo científico-tecnológico, y su aplicación particular a la atención de la salud, se vio acompañado por una evolución en el campo de la sensibilidad y la ética de la práctica médica?
—En este sentido no veo un equilibrio más o menos parejo de los dos campos: el de la aplicación tecnológica a la medicina y el de la ética. Por eso estoy muy preocupado, ya que algunas veces, en nuestra profesión, la tecnología se aplica al paciente pensando únicamente en el dinero que va a redituar. Y digo esto con absoluta convicción de que es así, tanto en mi país como en otros lugares del mundo.

Estamos frente a la punta del témpano. El problema de fondo abarca un terreno más amplio que el de la práctica médica y está relacionado con lo que pasa dentro y fuera de la medicina. Vivimos una época muy materialista, donde los valores que tradicionalmente fundaban lo social, como el respeto por el prójimo considerado como un igual, están siendo reemplazados por los valores "de cambio" que establece el mercado. Todo parece tener una etiqueta con el signo pesos. En medicina, lamentablemente, muchas decisiones se toman con el bolsillo y no con criterio científico. Tenemos que recordar que decidimos sobre personas con rostros, con sentimientos, con familias, y eso me preocupa mucho. Por suerte, esta es una inquietud compartida por muchísimos médicos que aman la profesión y la vida.

¿Usted cree que existe un verdadero humanismo médico? ¿Los estudiantes de medicina son formados con esos principios éticos de los que hablamos?
—La formación humanística es indispensable. Pensemos un poco, ¿qué se pide tanto dentro como fuera de la medicina? Que se proceda con honestidad y que esta vaya acompañada por responsabilidad y solidaridad. Yo me conformaría con que el individuo fuera honesto, responsable y solidario. Eso bastaría para que el ejercicio de la profesión estuviera edificado sobre la base de ese humanismo que todos pretendemos. 

Buen médico será aquel que tenga el suficiente criterio y responsabilidad para tomar decisiones cuando sea necesario y humildad para pedir ayuda cuando lo crea conveniente, reconociendo la necesidad de aprender de los demás. 



El médico íntegro es el que siente sinceramente que lo más importante es el paciente, y que este es el único privilegiado. La persona enferma merece respeto y no se le debe imponer ninguna terapéutica. Todo lo concerniente a su estado tiene que analizarse y discutirse. Se le deben explicar los pros y los contras de cada procedimiento. El paciente tiene que ser partícipe de la decisión final; al fin y al cabo se trata de su salud y de su vida.  

Su respeto por el paciente me conduce a preguntarle qué papel le asigna la medicina como “ciencia de la vida” a la conciencia de esa persona que está enferma y sufre.
—Nosotros tuvimos la suerte, me refiero a mi generación, de tener maestros de medicina que nos inculcaron que la conciencia del paciente era tan importante como su dolencia orgánica. Saber interpretar el alma de la persona enferma ayuda en la decisión del tratamiento a seguir. Fuimos educados en una facultad donde los profesores, de una calidad moral excepcional y una transparencia ejemplar, conocían a sus estudiantes. Eran bellísimos seres humanos antes que médicos. Hombres completos, todos ellos, que hablaban de una forma de vivir y, además, enseñaban medicina.

¿Entonces es un mito aquello de que los médicos tienen que volverse insensibles o tomar distancia del problema del paciente para no sufrir? 
—Puedo contestar a esa pregunta con la última frase de una charla que ofrecí hace bastante tiempo, cuando me nombraron miembro honorario de la Asociación Americana de Cirujanos de los Estados Unidos: "El día en que el médico deje de sufrir con los pacientes es el momento de tirar el bisturí y no operar más". Desgraciado es el médico que no sufre con su profesión. No digo que deba llorar por los rincones todo el día; eso no tendría sentido porque debe mantenerse lúcido para continuar con el trabajo. Pero insisto, el médico que ya no participa del sufrimiento de su paciente y que no experimenta dolor por su muerte, no solo ha dejado de ser médico sino ha dejado de ser... humano.


* Esta entrevista forma parte del libro Conversaciones sobre ética y salud. René Favaloro / Abram Moszenberg / José A. Mainetti / Gregorio Klimovsky / Héctor Ciocchini. Torres Agüero Editor y Centro Editor de la Fundación Favaloro, Buenos Aires, 1996).

René G. Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en La Plata, provincia de Buenos Aires. Fue doctor en Medicina por la Universidad de La Plata. Desde 1962 hasta 1971 ejerció en la Cleveland Clinic, de los Estados Unidos, donde desarrolló el trabajo fundamental de su carrera: el bypass o cirugía de revascularización miocárdica. Fue fundador de la Fundación que lleva su nombre, una entidad sin fines de lucro dedicada a la tarea asistencial, la docencia y la investigación científica. También fue miembro activo de 24 sociedades médicas, y recibió innumerables distinciones internacionales. Fue autor de 348 trabajos científicos de su especialidad, y de libros como Recuerdos de un médico rural, De La Pampa a los Estados Unidos, y Don Pedro y la Educación, entre otros textos. Se quitó la vida el 29 de julio de 2000.