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Una buena premisa para pedir la escritura de los alumnos podría ser denominada el ejercicio de la perspectiva: el alumno debe escribir como si fuera otro. Se trata de plasmar los pensamientos íntimos que otras cabezas tienen en su interior, del ejercicio experimental de descubrir a través de un juego de imaginación la posible mirada que alguien distinto de nosotros ejerce sobre el mundo y sobre su propia vida como una manera de encontrar la nuestra.

Trabajando hace unos años en un taller de creatividad con unos docentes secundarios que se quejaban de todo, se me ocurrió un planteo sencillo para generar consignas valiosas para el trabajo en el aula. Esa estrategia es la del uno y uno, lo que quiere decir que cada consigna para proponer a los alumnos debe resultar de la mezcla de un elemento de la cultura de los adultos o docentes y un elemento de la cultura de los alumnos o adolescentes. De esa forma, si se quiere que los alumnos trabajen su escritura (elemento docente), una buena consigna es aquella que les proponga hacerlo poniendo en escena una situación o un pensamiento propio de la cultura adolescente, tales como "La tarde que pasé con mi ídolo" o "Carta a los jugadores de mi equipo alentándolos a ganar" o "Relato de un fin de semana con mi novio" (elemento del alumno).

Además de utilizar la herramienta del diálogo de la manera más simple y directa -pero no por eso poco efectiva-, generando intercambios de pensamientos en la clase, se me ocurre otra forma de usar los diálogos en las clases de filosofía que también puede resultar muy útil. Consiste en pedirles a los alumnos que escriban diálogos imaginarios entre personas específicas.

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